¡Hoy cambió para siempre la vida de los pacientes con diabetes!

Para los que no entendemos, 43°42’N 79°24’O / 4.7, -79.4 podrían ser números sin sentido alguno, carentes de vida, sin embargo, son todo lo contrario: matemáticamente nos da la ubicación geográfica donde se ubica la hermosa ciudad de Toronto, capital de la provincia de Ontario, en Canadá; un fastuoso monumento cosmopolita que al día de hoy presume de ser la más grande de dicho país y la quinta más grande de Norteamérica. Los franceses, primeros moradores de ese territorio, jamás se imaginarían la magnitud futura de lo que iniciaban.

Como pasa siempre en una urbe en expansión, cada casa, cada construcción, fue consumiendo un número, y cada calle un nombre. La relevancia demográfica local que cada una de estas variables alcanzará es muy difícil de predecir, y aventurarse a pensar además en la posibilidad de que la dirección que juntas conforman se incruste en la historia del mundo para siempre puede parecer hasta imposible.

En la 200 Elizabeth Street, quiso el destino que en el año de 1812 se construyera un hospital de guerra para la armada británica, y 17 años después, en 1829, se fundase el que hoy es conocido como el Hospital General de Toronto. Un lugar moderno y enorme, con 471 camas disponibles. Un lugar donde la medicina diariamente lleva a cabo hazañas impensables hasta hace 50 años. Un recinto a la ciencia donde se lleva a cabo el programa de transplante hepático más grande de Canadá y donde en la década de los 80’s se llevaron a cabo los dos primeros transplantes de pulmón en el mundo, y por si una credencial le faltase,, en el 2015, el primer transplante triple en un paciente de 19 años, que requirió hígado, pulmones y páncreas. En esas paredes donde se han acostumbrado a convivir con los límites de la ciencia parece como si nunca hubieran existido el miedo, la incertidumbre, la duda.

Pero existieron…

Gracias a esas sensaciones tan propias de los seres humanos, cobijada bajo ese techo tuvo lugar una de las más grandes hazañas de la medicina; un momento forjado con fuego en la lucha del hombre contra las enfermedades.

Los 4 científicos estaban muertos de nervios. ¿Quién no iba a estarlo?. Sobre sus hombros estaba la responsabilidad ancestral de vengar la impotencia de tantos médicos que vieron con desesperación como los cuerpos se iban consumiendo. Lustro tras lustro, generación tras generación, hombres jóvenes muertos sin piedad alguna ante la despiadada enfermedad, esa que con su sola mención hacía temblar a cualquiera. El momento más importante de sus vidas simplemente había llegado.

Las primeras menciones de la diabetes datan del año 1500 a.C. en Los Vedas, libros sagrados de la India. Al mismo tiempo se posee de esa fecha un papiro egipcio descubierto en la ciudad de Tebas por el egiptólogo Ebers, en donde se describe por igual. Es en la India donde en el año 400 a.C. se describirá por primera vez ese sabor dulce de la orina del enfermo.  En el año 1000 d.C. Avicena describirá las gangrena que implacables condenarán a muerte a quien las padezca.

Los años se acumularon, mil personajes entraron y salieron de esta historia, todos con poco o ningún éxito. L, no había manera de doblegarla. La primera piedra a favor en la balanza la coloca en 1868 un estudiante de medicina de Berlín llamado Paul Langerhans; describe unas células especiales en el páncreas, unas células en “forma de racimos”, bien diferenciadas del resto del órgano. Hacía su tesis, siguió su vida pero el hallazgo quedó, al menos, descrito. (Las células que el describió se llaman hoy en su honor “Islotes de Langerhans”, término acuñado en 1893 por el médico Edoard Laguesse, de Bélgica).

Posteriormente, Meyer especuló sobre la posibilidad de que esas células especiales produjeran la sustancia que controlaría la glucosa, pero nunca encontró nada.

Poco a poco, cada gramo de voluntad puesto a lo largo de los siglos por todos los que habían entregado su vida para luchar contra la diabetes, empezaron a formar las toneladas que se necesitaban para inclinar la balanza a favor de la medicina, en la guerra contra este misterio milenario. Faltaba un último intento, y sin duda, iba a llevarse a cabo. Hay siempre un oasis al final del más árido camino de la ciencia. Siempre.

Fue al final de la primera Guerra mundial cuando Banting buscó a Macleod quien ya era jefe de fisiología en la Universidad de Toronto, accediendo a prestar las instalaciones de su laboratorio para que se llevarán a cabo los experimentos. El joven estudiante de medicina Best fue designado como asistente y James Collip el químico responsable de purificar las sustancias que se obtuvieran. El círculo alrededor de la diabetes se había cerrado. Nunca más de rodillas contra ella.

Para el verano de 1921, habían conseguido aislar la insulina. Las pruebas hechas en perros diabéticos a quienes se les había quitado el páncreas indicaban que mediante la administración de la misma se revertían los síntomas. Siguieron perfeccionando el método. Pasó el verano, pasó el otoño, y llegó ese maravilloso invierno. Banting, canadiense, tenía 30 años; Macleod, escocés, 45; Best, naturalizado canadiense, 22 y James Collip 29, también canadiense.

Leonard Thompson tenía 14 años y pesaba 32.5 Kgs. La diabetes lo estaba matando. La descripción médica de la época lo sitúa en una situacion inminente de coma diabético. Estaba sentenciado a muerte.

Suficiente tiempo para pruebas, había llegado el 11 de enero de 1922. La jeringuilla estaba lista y cargada con en extracto de páncreas canino. Best tomó el brazo de Leonard, y tras limpiar la superficie con alcohol, en un instante que pareció eterno, hizo desaparecer la primera dosis de insulina bajo la piel, en toda nuestra historia. Sin ser un cuento de hadas, esta primera aplicación conllevó una reacción alérgica que obligó a Collip a trabajar unos días más para obtener un derivado más purificado y la siguiente aplicación llegó el 22 de enero. A partir de ese momento Leonard continuó recibiendo sus inyecciones, recuperándose milagrosamente y logrando vivir 13 años más. Moriría a los 27 años, víctima de una neumonía, lo típico de la época. Los antibióticos aún tardarían en llegar. Una promesa por cumplir de parte de la ciencia. 

Más de 3400 años pasarían desde las primeras descripciones de la diabetes hasta la obtención de la principal arma contra ella. Sin duda, una eternidad. Todo, para poder decir:

Que ha empezado una nueva era para los pacientes con diabetes…

Hoy, es el día que cambió su historia para siempre…

Hoy es 11 de enero de 1922…

Hoy, ¡aplicamos por primera vez la insulina!.

Dr. Luis Enrique Zamora.

Tú médico internista.

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Médico Internista, expositor, conferencista, docente y ¡blogger!. Ejerzo desde el 2007. Te acercaré a la medicina como nunca antes lo has visto. Lo que aprenderás en mi blog te será útil todos los días. Tal vez no te guste enterarte de todo lo que leas, pero cambiará tu vida, te lo aseguro.

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Dr. Luis E. Zamora

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