Carta a la penicilina (porque envejeceré gracias a ti):

Te conozco desde siempre. He estado en contacto contigo desde que era niño y desconocía que la medicina sería mi elección en la vida.

Te conozco desde esas interminables esperas en el Instituto Mexicano del Seguro Social, a donde mi madre me llevaba porque me dolía la garganta y tenía fiebre. El médico familiar me preguntaba algunas cosas, luego me revisaba y minutos después salía con mi receta para cambiarlas por frascos de penicilina Procaínica o Benzatínica. 

Siempre rezaba para que me dieran tabletas, pues odio las inyecciones. Nunca funcionó. Después de esa visita al médico la siguiente semana era ir diario con una vecina para que me la aplicara. Un horrible tormento. A lo lejos hoy, valoro aquellos momentos: son parte de mi infancia.

Dicen que todos tenemos una historia, con aciertos y fracasos. La tuya no es la excepción. Tuviste suerte de ver la luz del mundo, aunque hoy ya no lo parezca. Obtenerte fue difícil, pero creo que fue justo: tenías mucho qué ofrecer; mucho en forma de amaneceres continuos que juntos harían semanas, que harían meses, y luego años. Años que permitirían soñar a la humanidad. Aún cuando esta carta apenas empieza, te doy las gracias por todo.

Alexander Fleming volvería de vacaciones procedente de Suffolk, un condado metropolitano ubicado al este en Inglaterra. 15 días había dejado su laboratorio, pero el tiempo corrió y llegó el 3 de septiembre de 1928, habiendo llegado el momento de regresar al trabajo. Todos sabemos el nombre de tu descubridor inicial, y parecería que este regreso le daría forma a tu irrupción en el mundo, pero eso está completamente alejado de la realidad. Es apenas el 3 de septiembre de 1928. Dos días antes, había sido nombrado profesor de bacteriología del St. Mary´s Hospital School en Londres.

Hombre y desorganizado al fin, había dejado todos los frascos de cultivos de diferentes bacterias arrumbados en una esquina, para dejar libre su banca principal y que algún otro joven estudiante o investigador la utilizara mientras estaba de vacaciones. Esos frascos, abandonados temporalmente a la penumbra del laboratorio, encerraban un secreto que cambiaría el destino de la humanidad para siempre.

En el laboratorio de abajo, un micólogo había estado trabajando con esporas de Penicillium notatum, un hongo, y estas inundaban el aire. No eran tóxicas para los investigadores. En algún momento de esos caprichosos que el destino siempre guarda, este quiso que cuando Fleming sembró el estafilococo en dicho frasco, al mismo tiempo, dichas esporas se asentaran también en el cultivo. Llegaron las vacaciones, y en lugar de que Fleming buscara temperaturas altas para el desarrollo de la bacteria, ya sin más tiempo de por medio, el frasco quedó precisamente ahí, a 20 grados centígrados, en una esquina, lejos del sol. Charles Tom identificaría al hongo invasor. Tal vez soy un exagerado, pero un escalofrío recorre mi cuerpo. Tantas coincidencias tan afortunadas. Si no me crees, detente un segundo y piensa: La variante de Penicillium notatum que contaminó el frasco donde estaba el estafilococo, es la única que produce penicilina. ¿Qué más podría decirte?: era el 28 de septiembre de 1928, habían pasado 25 días desde que Alexander había llegado de nuevo a su laboratorio.

Cuando Fleming regresó, notó un área limpia en el frasco, acompañada de una más pequeña adjunta a ella, lo que indicaba que todo lo que había estado ahí celularmente hablando, había muerto. Continuó trabajando en base a este hallazgo y el 7 de marzo de 1929 esa sustancia destructora recibió un nombre y fuiste llamada penicilina, derivado esto del hongo del que provienes. 2 meses después, Fleming reportaría sus hallazgos al British Journal of Experimental Pathology, y hasta aquí parecería que era cuestión de poco tiempo que empezaras a salvar vidas,pero lamentablemente no fue así.

 
Tu descubridor llegó a probarte contra diferentes bacterias, encontrando que eras efectiva contra muchas y otras no tanto. Eras difícil de obtener, y una vez hecho esto, muy lábil al medio ambiente. Te rehusaste a tu descubridor y en 1934 aproximadamente, este pasó a trabajar en otra área de investigación. En su mente quedaste como un compuesto con actividad cutánea contra bacterias pero nada más. No pensó que podrías actuar de modo sistémico. ¡No se podía extraer la sustancia activa!, y perdías efectividad de manera muy rápida. Preparaste tus maletas y esperando el tren que te llevaría al olvido, pasaron 5 años.

La tarea pendiente recayó entonces en el  Sir William Dunn School of Pathology de
Oxford encabezado por el Dr. Howard Florey, profesor de patología de la universidad de Shieffield, quien tendría el acierto de reclutar en su equipo a Ernst Boris Chain, poco antes de que partiera rumbo a Australia y posiblemente, quedara fuera de esta historia, con impredecibles consecuencias para ti. Por fortuna no fue así. Ernst ya había leído sobre ti, y te admiraba. El destino había puesto en sus manos una oportunidad dorada. Él lo sabía, y por eso, invitó a trabajar con él a Norman George Heatley. Cada quien sabe en manos de quien puede dejar su destino. Un equipazo. Florey buscaría fondos y se encargaría de los aspectos biológicos; Ernst de tu bioquímica y Heatley de cultivar el hongo para después separar del caldo de cultivo el compuesto activo llamado “Penicilina”. Eras tan pequeña, tan indefensa. Me atrevo a decir que no imaginabas aquello que llegarías a ser y representar para nosotros. No todos los días te puedes dar cuenta que sobre tus hombros reposa la posibilidad de cambiar la historia de la humanidad.

Es 1939 y está trazado el camino: te estudiarán de manera bioquímica, para obtenerte, pero no hay fondos. Inglaterra destina todo su presupuesto a la segunda guerra mundial, que empieza recién. Pasa 1 año y en 1940 apenas, se obtiene una pequeña cantidad de extracto para estudio, llegando el 25 de mayo de este mismo año, la prueba terapéutica, en 8 ratones. Los resultados son sorprendentes. A pesar de la inoculación de estreptococo 3 de ellos se salvaron. Los otros cuatro infectados (conocidos como controles), todos murieron. El primer paciente en recibirte al fin es Albert Alexander, en el hospital John Radcliffe, un 12 de febrero de 1941, con septicemia. Mejoró transitoriamente, pero se necesitaban grandes cantidades del fármaco que no estaban disponibles; volvió a agravarse y falleció. No hubo buenos rsultados, pero Florey había cruzado la línea que Fleming nunca cruzó: Tu uso sistémico era plausible. Te podías administrar por vía venosa.

Ahora se requería resolver otro problema: producirte en grandes cantidades, y para eso había que dirigirse a un país donde hubiera los medios económicos y de infraestructura suficiente para cumplir esa tarea. Si estás pensando al leerme que hablo de los Estados Unidos de Norteamérica, tienes razón. Como oro puro, en sus manos fuiste sostenida por Heatley (fotografía abajo), todo el camino. Habría dado su vida por ti, estoy seguro. La Universidad de Oxford los vio partir un 9 de julio de 1941.

Los recibieron en laboratorios Peoria, en Illinois, donde bajo métodos de fermentación, obtuvieron lo que buscaban. Bajo ese techo recibiste el impulso para florecer. Hoy, ese laboratorio es considerado monumento histórico químico internacional. No es para menos.

Fleming acude con Florey y sus colaboradores, e incluso le obsequian una parte del nuevo preparado. Una retribución a tu descubridor oficial, quien volvería a Londres a utilizarla en sus pacientes. Deciden no patentar su invento, al considerar esto poco ético. Finalmente, los laboratorios ingleses y americanos lo hacen y la producción en masa de la penicilina al fin se lleva a cabo, lo que permite que los costos disminuyan increíblemente. En 1943 una dosis valía 20 dólares americanos y para 1946 solo ¡0.55 dólares!. La ciencia y la tecnología al servicio de la humanidad, al fin.

Las investigaciones continuarían, lo que daría origen a la penicilina “V”, que era estable contra el jugo gástrico, pero más limitada en su acción contra las bacterias. Era muy específica, y se necesitaba un compuesto que destruyera mayor número de bacterias. Fue entonces modificada y finalmente se obtendría la ampicilina, y más tarde la amoxicilina, tus descendientes directos, tu legado moderno.

Fleming, Florey y Chain obtendrían el premio Nobel en Fisiología y Medicina en 1945, 17 años después de aquel accidental hallazgo, quedando en el olvido histórico el buen Heatley, que tal vez fue quien más te amó, ese que jugó contigo tantas veces. Tal vez no sea lo más justo, pero siempre lo consideraré tan importante como los demás premiados. Heatley seguiría investigando y producto de eso llegaría la “Cefalosporina C”, la primera de todas ellas, de donde vendría la hoy conocida ceftriaxona y la cefotaxima. Cuántas historias tiene la vida ¿no?.

Ciertamente la historia nos demuestra que el encuentro de la humanidad contigo era inevitable. Ya en 1875 John Tyndall al cultivar bacterias en tubos de ensayo notaba que se desarrollaba un hongo que a su alrededor destruía a sus bacterias. Notificó el hallazgo pero nada más. Faltaban 7 años para que Robert Koch, en 1882, estableciera que las bacterias provocan enfermedades. Toda una odisea por venir.

Más atrás aún, desde el siglo II existen registros, vestigios del uso de “moho” untado en las heridas para curar las infecciones, gracias obviamente a la producción de una sustancia bactericida por parte de este moho. Era imposible para ellos ponerle nombre y apellido. Viste pasar siglos, y hoy, estás con nosotros, pero aún hay más…

En el año 2000, miembros del Hospital San Juan de Dios en San José Costa Rica, publicaron los estudios del Dr. Clodomito Clorito Picado Twilight (1887-1944), en donde describía concretamente la acción de los hongos del género Penicillium sobre estreptococos y estafilococos. Notificó los hallazgos pero no los patentó, por eso el trabajo de Fleming y los demás fue galardonado con el premio Nobel y se considera a Alexander tu descubridor oficial. Imagino a Clodomito con la satisfacción de ver que él ya había descubierto eso previamente, y que con eso le bastò. Tal vez tu padre podría haber tenido otro nombre, pero es historia y como tal, lo que se diga aquí y allá poco puede cambiar lo que terminó sucediendo. Si me preguntas, a partir de hoy para mí, lo considero uno más de tus descubridores y me llena de emoción saber que posees una parte de ti que es latina.

Hasta 1935, en la época de la gran depresión norteamericana, la esperanza de vida era máximo de 35 años. Fuiste la pionera que nos permitió superar esa barrera. Hubo algunos intentos antes, pero aquellas bacterias nada tenían que ver con las que tú atacaste, con las que destruiste permitiéndonos vivir más tiempo. Esto se combinó con los avances en medicina cardiovascular y hoy, la expectativa de vida en mi país es de 77 años y en otros, hasta más. No te lo puedo pagar con nada.

Si veré a mis nietos, si podré mirar hacia atrás algún día en mi vida para disfrutar del camino recorrido. Si mis hijos convivirán con sus abuelos, es gracias a que alguien libró la guerra más grande por la que esperaba la humanidad desde hacía miles de años. Soy afortunado de haber nacido en esta época, donde gracias a ti, y a partir de ti, fueron surgiendo los antibióticos necesarios para permanecer con vida, y aunque hoy tu uso está reducido, porque las bacterias han aprendido a defenderse de ti, tu trabajo ya está hecho. Nunca me alcanzará el tiempo para expresarte lo agradecido que estoy de que existas, porque nunca me canso de dar gracias por estar vivo.

Siempre conmigo, tu más ferviente admirador:

Dr. Luis Enrique Zamora.

Tu médico Internista.

PD.- ¡Pura Vida!.

Fuentes Bibliográficas:

Wikipedia: Historia de la penicilina

Wikipedia: Clodomiro Picado Twight

Barcat, Juan: MEDICINA – Volumen 66 – Nº 4, 2006

Acuña, Guillermo, MD: Descubrimiento de la Penicilina: Un Hito de la Medicina Cómo el azar puede ayudar al Científico; Enero 2002

 

 

 

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Médico Internista, expositor, conferencista, docente y ¡blogger!. Ejerzo desde el 2007. Te acercaré a la medicina como nunca antes lo has visto. Lo que aprenderás en mi blog te será útil todos los días. Tal vez no te guste enterarte de todo lo que leas, pero cambiará tu vida, te lo aseguro.

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Dr. Luis E. Zamora

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