Sacrificio pulmonar:

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Josefina tenía 84 años, y había llegado al ocaso de su vida, con todo lo que un ser humano podía pedir: un negocio familiar bien posicionado, marchando prácticamente solo y generando grandes ingresos, que había asegurado la vida de las siguientes generaciones.

Una vida ardua de trabajo al lado de José, su esposo, que había muerto hacía 5 años, culminando un matrimonio de más de 50 años, un récord para la posteridad. 4 hijos y 10 nietos, sumados a otros tantos bisnietos conformaban un cuadro con el que muchos soñamos todo el tiempo.

Abuela dulce, consentidora y entregada, nada le negaba a los hijos de sus hijos y menos a los bisnietos, que la adoraban intensamente, esto contrastaba con la mano de hierro con la que había educado a sus hijos, esos que sabían que la palabra de su madre era innegociable, y la última opinión vertida sobre cualquier tema que involucrara la familia y los negocios, aunque Juan, José, Gisela y Román ya estaban a cargo del patrimonio familiar.

Siempre fumó, 2 cajetillas o hasta 3 al día, a pesar de las advertencias y esfuerzos de parte de los médicos porque lo dejara. Su índice tabáquico no la engañó: llegó a las 40 puntos o más cuando se le hizo el cálculo de su intensa manera de fumar, y ya sabía que las cosas podían acabar de mala manera. Terminó desarrollando la Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC) hacía 10 años, situación que la hizo fumar menos pero solo eso. El daño ya establecido siguió recibiendo el bombardeo tabáquico haciendo que su saturación de oxígeno alcanzara menos de 88 % y su presión parcial de oxígeno gasométrico fuera menor de 55 mmHg, así como un aumento en la concentración de sus glóbulos rojos (poliglobulia), una respuesta secundaria de su cuerpo por las bajas concentraciones de oxígeno circulantes, por lo que acabó recibiendo oxígeno suplementario. Tenía su tanque en la oficina y su dispensador en casa.

Ese tanque ya había recibido el nombre de: “el hombre verde”, y le proporcionaba un flujo de oxígeno de 3 litros por minuto, lo que mantenía cargada su sangre del gas más preciado que existe. El alejamiento permanente del mismo empeoraba su trabajo respiratorio, ella lo sabía, y también sabía que fumar con el tanque funcionando podía ser un suicidio, situación que nunca olvidaba.

Al menos 5 veces le habían realizado las consabidas “sangrías”, esa extracción de sangre forzosa cuando su hematocrito (la cantidad de glóbulos rojos en relación al volumen de sangre circulante) superaba el 50 %. Le sacaban medio litro y luego le reponían solución de cloruro de sodio en la misma cantidad, hasta que se normalizaron sus niveles.

Salbutamol, bromuro de ipratropio, entre otras cosas, eran sus permanentes compañeros de viaje, que incluían ya a la teofilina. El daño pulmonar estaba sumamente avanzado, pero no impidió que continuara fumando. Un día, empezó con dificultad respiratoria y tuvo que ser llevada urgentemente al hospital, en donde el médico les indicó que había tenido una exacerbación de EPOC, y que requería quedarse hospitalizada por unos días para recibir un antibiótico, nebulizaciones  y oxígeno, hasta alcanzar la precaria estabilidad de su enfermedad diaria, hasta que la exacerbación pasara.

Estas exacerbaciones, que habían empezado a sus 80 años (llevaba 4 ya de evolución), fueron siendo cada vez más frecuentes. “Su función pulmonar cada vez va disminuyendo, debido a la naturaleza del EPOC y del uso sostenido del cigarro; esto solo puede ir empeorando hasta que llegue el momento en que no haya nada qué hacer y su vida se termine”. Palabras que el médico les dijo a los 4 hijos a solas, que corrieron como reguero de pólvora entre la familia provocando tristeza y desilusión, pues si era un misterio cuándo la vida de la abuela terminaría, lo que no era un misterio es que no iba a cambiar su manera de pensar jamás. No dejaría nunca de fumar.

En una de esas hospitalizaciones, el doctor Mendoza, quien siempre los había atendido y en quien la anciana confiaba ciegamente, les comentó que había una tumoración pulmonar en el lado derecho. Las posibilidades de tratamiento eran nulas, y más cuando le realizaron una tomografía de abdomen en donde encontraron siembras tumorales (metástasis) en el hígado. La suerte estaba echada, imposible pensar en vivir mucho más tiempo.

Josefina, que no era nada tonta, ya sabía que las cosas no estaban bien y exigió a sus hijos le dijeran la verdad, a lo cual no pudieron negarse. Establecido el futuro por venir, la vida continuó, con la abuela y madre enfocada a disfrutar todo lo que pudiera antes de despedirse. En palabras textuales de ella, era su deseo estar junto a su esposo, con quien había vivido tantas cosas en la vida, su “gran amor”.

Para todas las enfermedades que tenía, ciertamente se conservaba muy bien: tenía buen apetito, caminaba sin ayuda, era delgada y bastante lúcida.

Todo pasó bastante rápido: Jacinto, uno de sus trabajadores, con un par de años en funciones, y sabedor de la rutina diaria familiar que incluía el poder de Josefina para manejar los negocios, organizó junto a otros tres individuos el secuestro de Josefina, por el cual sin duda pagarían un jugoso rescate. Una tarde cuando la abuela salía de la plaza a donde iba de compras regularmente, siempre acompañada de su tanque portátil de oxígeno y alguno de sus trabajadores; se le acercaron los dos tipos, la encañonaron por la parte de atrás y la amenazaron con disparar si hacía algún escándalo. Un coche se acercó y en él se la llevaron. No hubo violencia.

Llegó a un lugar desconocido, en donde ya la esperaban con un tanque de oxígeno, cosa que llamó la atención de Josefina y al ver a Jacinto, sonrió, mientras le decía: “Jamás me hubiera imaginado que tú llevaras a cabo algo así; tienes muchas agallas, parece”. Josefina hablaba con el aplomo de alguien que no le teme a la muerte.

Jacinto balbuceó algunas palabras y con movimiento de cabeza indicó a sus cómplices que la pasaran a un cuarto donde le retiraron el tanque portátil y la conectaron al fijo. Para sorpresa de Josefina, todos sus medicamentos estaban sobre la mesa y tenía un camastro disponible y un sencillo baño. Le quedaba claro de qué iba todo ello. No era una suite pero tampoco una miseria. No había ventanas y solo un foco en medio del techo daba cierta luz.

Durante aproximadamente 3 días solo vio entrar y salir a quien le llevaba la comida y recogía las cosas. No había palabra entre ellos a pesar de la insistencia de ella.

Josefina había estado requiriendo mayores concentraciones de oxígeno debido a que les decía que no alcanzaba “a respirar”, situación que alarmaba a sus cuidadores porque lo que menos querían era que por esa cuestión perdiera la vida quien les haría ganar mucho dinero. Por recomendación de la misma josefina, habían traído 4 tanques más que estaban junto a aquel de donde estaba conectada.

Hubo una llamada a su familia en donde por unos breves segundos les dejó en claro que no había sufrido daño alguno y se encontraba bien, que siguieran las instrucciones que les proporcionaban quienes la tenían presa.

Jacinto siempre le tuvo mucho respeto y hablaba un poco más cada vez con ella, de vez en cuando, incluso le llevaba los tan ansiados cigarros, situación que la anciana agradecía. Hábil mentalmente, Josefina pudo darse cuenta que si las cosas no resultaban con ella irían con algún otro miembro de su familia, hasta que obtuvieran lo que deseaban, porque si bien Jacinto era bastante “blando”, Tomás era un tipo de armas tomar, quien lideraba la situación y no perdía el tiempo en nimiedades. Este era el que prendía los focos de alarma en ella, aquel al que había escuchado dirigirse en tono autoritario y grosero hacia alguno de sus hijos, en alguna llamada.

Tras 7 días, pidió hablar con su hija Gisela, a cambio de reforzar las peticiones de sus secuestradores sobre todas las demandas que habían hecho a la familia. Fue muy clara: “hagan todo lo que les pidan y denles lo que soliciten, yo estaré bien. Extraño a tu papá”.

Al colgar el teléfono, Gisela comentó a sus hermanos que su madre había externado cuánto extrañaba a su papá. El silencio entre los hermanos fue total. Esa frase ella se las había dicho hacía más de 20 años, pues sabía que la situación que se estaba viviendo en ese momento podía pasar, y si las cosas se ponían muy críticas habría que tomar soluciones radicales. Los hermanos se daban una idea, pero no se imaginaban qué iba a suceder.

Esa noche, cuando colgó el teléfono, pidió hablar con todos aquellos que la tenían encerrada, para saber qué iba a suceder con ella. No hubo mucho qué agregar, al confirmarse sus temores: si obtenían lo que buscaban después buscarían a alguien más, y obviamente ella perdería la vida.

Dueña de sí misma a más no poder, le preguntó a Tomás si le podían dar un cigarro. “¿Es lo menos que me podrían conceder, no?”, dijo con voz firme. Tomás asintió con la cabeza, mientras Jacinto y los otros 2 cómplices estaban alrededor de la mesa. Josefina encendió el cigarro, se levantó de la mesa, dio una profunda inhalación a su cigarro, viendo como se tornaba incandescente el extremo donde se quemaba el tabaco; fingió un acceso de tos importante y un empeoramiento de su trabajo respiratorio que desconcertó a todos, y abrió a tope la llave del oxígeno de su tanque que reposaba junto a otros 5 más, para acto seguido arrancar la manguera verde que le llevaba el oxígeno a la nariz y llevar el cigarro a encontrarse con el flujo de oxígeno…

Una explosión estruendosa…

Cinco vidas que terminaron, una de ellas,  vivida al máximo.

Un último sacrificio, por los que más amaba.

Tenía cáncer, le quedaba poco de vida, deseaba estar junto a su esposo…

Un trato justo.

Dr. Luis E. Zamora

Médico internista.

 

 

 

 

 

 

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Médico Internista, expositor, conferencista, docente y ¡blogger!. Ejerzo desde el 2007. Te acercaré a la medicina como nunca antes lo has visto. Lo que aprenderás en mi blog te será útil todos los días. Tal vez no te guste enterarte de todo lo que leas, pero cambiará tu vida, te lo aseguro.

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