Pulmón moribundo (Médico en el tiempo # 1).

La jornada de consulta en el hospital había sido larga. Tras la salida del penúltimo paciente del consultorio, el médico se tomó un merecido momento y se derrumbó sobre la silla, exhalando largamente tras la inspiración profunda, dejando de lado la pose y el rol que había mantenido continuamente durante toda la mañana, mentalmente al menos se despojó de la bata, puso en orden sus mensajes telefónicos recibidos y sonrió un poco cuando notó que la taza de café estaba vacía, incapaz de ofrecerle un sorbo más como premio al trabajo realizado.

Tras estos minutos de introspección, tomó el expediente que quedaba sobre la mesa, y ante la soledad que había en el consultorio debido a que su enfermera tuvo que acudir a un curso obligatorio en el auditorio del hospital, se puso de pie para abrir la puerta y llamar personalmente al paciente que faltaba. Fue entonces que reparó en el nombre: “Leticia…”.

Asomó a través del quicio de la puerta, y miró en ambas direcciones. El consultorio quedaba en medio de un largo pasillo, en medio de otros dos. Frente a él estaba la pared adornada con los colores blanco y azul del hospital, solamente. A esa hora, todo desierto en comparación de las agitadas aguas de la mañana; Cada consultorio y cada médico y enfermera habían ayudado a vaciar el hospital tras más de 5 horas, preparando todo para en la tarde volver a empezar, otro médico, otro enfermero, otros pacientes; diferentes enfermedades, mismo objetivo: estar mejor.

Tras haber dicho en voz alta el nombre de ella, escuchó un lejano “¡ya va!” femenino. El doctor entró de nuevo al consultorio, se sentó, y abrió en su sistema el expediente electrónico de Leticia tras haberla seleccionado de la lista de citados, listo para hacer la nota del día. Luego ella apareció.

Empujando su tanque de oxígeno portátil de color verde, que reposaba en un armazón con dos ruedas pequeñas una a cada lado, de él se desprendía hacia arriba un pequeño tubo de plástico transparente que terminaba en forma de puntas nasales que le proveían a su dueña la cantidad del preciado gas que por alguna razón en ese momento no podían obtener por cuenta propia sus pulmones. Cabello oscuro que en ese momento estaba recogido en forma de una coleta simple, una tez morena y de constitución degada, sonrió y saludó al médico. Era una mujer feliz: acababa hace dos meses de ser mamá de su única hija.

Iba acompañada de su hermana. La nena había quedado al cuidado de la abuela, en casa.

“¿Porqué usa oxígeno, Leticia?” -preguntó el médico-.

Ella contestó tranquilamente: “Tengo fibrosis pulmonar, doctor”, “llevo un año y medio usándolo”.

El médico se quedó pensativo, preguntando si había habido algún problema en su embarazo, negándolo ella con la cabeza y un sincero “no”. Posterior a esto Leticia le explicó su ginecólogo la había enviado desde antes de su cesárea a consulta de medicina interna, para el adecuado seguimiento de su embarazo, clasificado como “de alto riesgo”, y que después de nacer su nena, el médico que había estado antes en lugar de él había preferido no egresarla, para garantizar su atención más rápida de lo que sería en otro hospital. El doctor empezó a preguntarle sobre su enfermedad.

“Duré aproximadamente 8 meses con dificultad para respirar. Al principio lo sentía muy rara vez, sobre todo con esfuerzos más grandes, como cargar cosas pesadas, pero luego se fue haciendo más evidente, hasta que caminar se tornó más complicado. La tos también me dio, pero no era tan molesta. Me estuvieron dando inhaladores (2 diferentes) y mejoré mucho. Casi podía decir que era la misma, pero no lo he vuelto a ser”.

“¿Hubo algún otro síntoma, Leticia?”.

“Perdí peso en esos 8 meses. Creo que unos 10 kilos. También tuve fiebre, muy de vez en cuando, pero aparecía. Eso fue todo”.

“En ese tiempo acudí a consulta algunas veces. Me dijeron que tenía asma, y el internista buscó alguna causa para la pérdida de peso que estaba teniendo pero no encontró nada. Después de esos 8 meses, uno de los doctores me dijo que no se veía bien mi radiografía”.

El doctor seguía atento. Antes de pasar a Leticia había olvidado ponerse la bata así que al reparar en ello empezó a desabotonarse las mangas para arremangarlas mientras le preguntaba:

“¿Y qué pasó después de la radiografía?” -prosiguió el médico.

Leticia continuó, mientras su hermana, cruzada de brazos y si acaso 3 años más que ella, estaba absorta en la conversación con la mirada clavada en el suelo, con mucha seriedad.

“El internista me comentó que debido a lo que apareció en la radiografía me tenían que hacer una tomografía de tórax, para complementar todo. Cuando llevé el resultado, vio mis imágenes y el reporte del radiólogo en donde mencionaba que había unas imágenes que parecían como un panal de abeja, por lo que había que considerar la posibilidad de que yo tuviera fibrosis pulmonar idiopática“.

(Arriba imágenes en forma de “panal de abeja”, principalmente en pulmón derecho, en tomografía de tórax).

El doctor por instantes parecía que no respiraba. Iba hilando los acontecimientos conectándolos desde pasado a presente, siempre con los ojos puestos en ella. “¿Le hicieron biopsia, Leticia?” -preguntó-.

“Sí doctor, no recuerdo como lo nombraban, pero me dijeron que era un procedimiento muy avanzado. No me abrieron todo el pecho…”…

Cirugía toracoscópica asistida por video, ¿verdad?” -la interrumpió el galeno.

“Sí. Después de eso mandaron los resultados al patólogo, y tras llevarlos al internista me dijo que lo que encontraron era compatible con fibrosis pulmonar, desde la tomografía hasta la muestra que tomaron de mis pulmones. Ya me habían hecho a mí exámenes respiratorios y también detectaron problemas de flujo del aire, cosa que también tomó el internista para sumarlo a todos los resultados y dar ese diagnóstico”.

“Ya para entonces mi oxigenación había bajado y me recetaron el oxígeno, primero por unas horas, hoy ya todo el tiempo. Posterior a esto empecé a notar que se me hinchaban un poco las piernas”.

El doctor le dijo: “Y por lo que veo aquí en su expediente, le realizaron un ecocardiograma y resultó con hipertensión pulmonar y crecimiento de la mitad derecha del corazón, que los médicos conocemos como cor pulmonale, y que es lo que provoca que se hinche. Solo 2 a 4 pacientes de cada 10 tienen hipertensión pulmonar en la fibrosis pulmonar. Le tocó a usted”.

Leticia repitió la pregunta que seguramente había hecho tantas veces: “¿Porqué pasa esto, doctor?”.

“No lo sabemos. No hay una explicación aún, Leti. Solo le puedo decir que la idea original de que simplemente se inflama el pulmón y se daña, es cada vez más cosa del pasado. Seguimos buscando la respuesta”-dijo el médico-.

“¿En estos casi dos años ha estado hospitalizada por descompensaciones respiratorias?”, preguntó.

“Sí doctor, un par de veces. Me ponen un antibiótico, me nebulizan, me brindan oxígeno, y siempre he regresado a casa, cuidándome lo mejor posible” -dijo orgullosamente Leticia.

No pudiendo resistirlo, el médico le preguntó: “¿Contenta con tu bebé”. No pudo evitar sonreír cuando lo hizo.

Leticia se desvivió con el rostro iluminado acerca de cuánto ella y su esposo habían deseado a esa pequeña, tras haberlo pensado mucho y decidiendo finalmente embararzarse, corriendo los riesgos. Hoy era la mujer más feliz, y aunque tuviera un tanque de oxígeno a su lado, no importaba. El milagro de la vida florecería ante sus ojos, y la vería crecer con los años. Estaba convencida de que tendría un hermoso 14 de febrero junto a su esposo. El médico sonrió, y la felicitó.

No hubo muchos cambios en la consulta. Leticia atravesaba uno de esos períodos de estabilidad en donde no se mueve nada al tratamiento. Tal cual el dr. le comentó. Unos tecleos finales, y segundos después la impresora ponía de su parte entregando las recetas que Leticia surtiría en la farmacia del hospital, antes de irse a su casa. Recetas selladas y entregadas, ambas se pusieron de pie y tras un apretón de manos al doctor, salieron caminando, con la mirada de él sobre Leticia, hasta que desapareció de su vista al doblar a la izquierda en el pasillo. Súbitamente, ella regresó y le preguntó de nuevo su nombre, disculpándose de ser poseedora de una muy mala memoria.

“Kylan”, le dijo él, también sonriendo. Ahora sí la despedida fue definitiva.

Se levantó, cerró la puerta y una vez más como hacía casi 45 minutos, se desplomó en la silla, con la mirada perdida en el teclado de la computadora, permaneciendo así un minuto, hasta que se dio cuenta que había que terminar la nota médica. El mundo que cargaba sobre sus hombros empezó a ser trasladado a la máquina, sintiendo como cada palabra taladraba su cabeza, y también su corazón.

“La fibrosis pulmonar idiopática es la más frecuente de las enfermedades intersticiales pulmonares, que se caracteriza por un declive paulatino y progresivo de la función pulmonar. Aunque se presenta más allá de los 50 años, puede aparecer a cualquier edad, siendo más frecuente a mayor cantidad de años. se estima que hay hasta 18 casos por cada 100,000 habitantes. La hipoxemia (disminución en la cantidad de oxígeno en sangre), es muy común, pero no así la poliglobulia (exceso en la cantidad de glóbulos rojos circulantes), como en otras enfermedades. No hay manifestaciones en otras partes del cuerpo más allá de lo encontrado en los pulmones.
6 de cada 10 pacientes mueren por una exacerbación (descompensación) de la función pulmonar por una infección (neumonía, muchas veces), y los demás principalmente por un infarto al corazón.
La posibilidad de vida de quien tiene fibrosis pulmonar, oscila entre 2 y 5 años una vez que se establece el diagnóstico. NO HAY TRATAMIENTO CURATIVO”.

Al terminar de escribirlo, lo leyó mil veces, y una daga se clavó profundamente en su ser.

Los sueños de Leticia no podrían cumplirse, no como ella pensaba, no en este tiempo, no en esta época. Era obvio que ella no lo sabía, y si lo sabía, jamás lo externó. Estaba condenada. Sería tal vez su último 14 de febrero, tal vez el golpe mortal para una familia llegaría en cualquier momento.

Imaginar ese futuro no tan distante ya, destrozaba a Kylan, no lo podía soportar. “Qué cruel es la vida” -alcanzó a decir en un murmullo. Hacía tiempo que no le llegaba tan profundamente cualquier cosa.

Totalmente derrotado, tomó su bata tras apagar la computadora, tomó el resto de sus cosas, y se marchó, percatándose de que algo dentro de él, ya no era lo mismo.

Dr. Luis E. Zamora

Médico Internista.

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Médico Internista, expositor, conferencista, docente y ¡blogger!. Ejerzo desde el 2007. Te acercaré a la medicina como nunca antes lo has visto. Lo que aprenderás en mi blog te será útil todos los días. Tal vez no te guste enterarte de todo lo que leas, pero cambiará tu vida, te lo aseguro.

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