La última tuberculosis (Médico en el tiempo # 3):

Es jueves por la noche, 23:00 hrs., y la ciudad de Toronto, como cualquier otra en el mundo, alberga a cientos de miles de habitantes (2,615,060, para ser exactos). Habitantes con preocupaciones, con sueños, con dilemas existenciales. Muchos de ellos convencidos de ser felices, y otros tratando de encontrar cómo serlo. Gente con una vida, y como todas las vidas de los seres humanos, llena de rituales. El de Kylan Jefferson era sentarse en la terraza de su departamento, con la tranquilidad de la noche, donde podía alejarse de la realidad y meticulosamente pensar, quizás desear.

Reflexionaba constantemente acerca de la vida, de momentos que fueron; de tiempos arcaicos que solo podían asomar de cuando en cuando en un recuerdo, que nunca le alcanzaba para mucho. Pero aunque algunas noches eran generosas, entregando al alma algo más allá del sinsabor acostumbrado, casi convenciéndolo por instantes de que el rumbo establecido de sus días era correcto, la conclusión era la misma, siempre inflexible: no era feliz.

Encontraba siempre motivos para tener una constante revolución en su cabeza, lo que a veces no le agradaba mucho. Al abrazo de un hirviente café contenido en un thermo de color plata, saboreaba los intermitentes sorbos mientras permanecía encendido sobre un cenicero un puro, viejo habano cubano que extrañamente lo acompañaba cada noche que había de salir a perderse en sus pensamientos, concentrándose en la vista mangnificente de la gran ciudad y la espiral del humo del tabaco; Kylan no fumaba. El sitio perfecto para un ermitaño, con la soledad garantizada en las alturas del piso número 10 de la torre de departamentos que habitaba. Fue ahí donde Marcos García invadió sus recuerdos, y lo revivió, tal como lo llevaba dentro. Un nuevo sorbo de café; un nuevo pensamiento.

Marcos había llegado al hospital hacía 1 semana, con franca dificultad respiratoria. Con la edad de 41 años que casi concordaban con los kilos que pesaba, y accesos de tos que no pedían permiso alguno para interrumpir sus palabras o sus pensamientos. Le había mencionado al médico que lo recibió en urgencias que llevaba 4 meses así. Había sido diagnosticado con tuberculosis hacía 2 años y llevaba múltiples tratamientos para la misma.

Uno de los estudiantes sugirió que probablemente pudiera tratarse de una tuberculosis multirresistente, dado el tiempo de duración del diagnóstico hasta la fecha, además de contar con insuficiencia renal muy próxima a recibir diálisis. Todo un lío. Las cosas pintaban muy mal.

“Es muy posible,
aunque no podemos saber si el bacilo desde el inicio fue resistente o aprendió a defenderse de los antifímicos sobre la marcha“. -Pensaba Kylan.

Al mismo tiempo, una incomodidad general fue esparciéndose entre los equipos médicos: nadie quería hacerse cargo. La tuberculosis por sí sola es dura, difícil, y ahora con una bacteria que ha aprendido a sobrevivir al bombardeo antibiótico, pudiera ser peor. El paciente estaba muy grave, tal vez con muy poco tiempo de vida. Si el diagnóstico era ese, representaba un peligro para cualquiera que estuviera cerca, o incluso para el medio hospitalario.

“Pídanle una tinción de Ziehl-Neelsen en la expectoración, para empezar” -dijo el doctor Leonard Thomas, compañero de Kylan, y la orden se cumplió de inmediato. Buscaban detectar al enemigo en las flemas de Marcos, y entonces tener la certeza del diagnóstico.
La tuberculosis es un mundo fascinante. Y eso despertaba en el Dr. Jefferson: una gran fascinación. Antigua como el mundo mismo, acompañó a la humanidad desde los albores de su existencia. Fue vista a los ojos por tantos de aquellos que desde siglos atrás lucharon cara a cara contra la muerte disfrazada de tuberculosis, librando batallas desesperadas y perdidas de antemano, manteniendo una esperanza simplemente porque no sabían contra qué se enfrentaban. Desde su presente, Kylan lo sabía, sabía que siglos después la enfermedad mencionada era un grave problema para la medicina. ¿Qué podían esperar aquellos que carecieron de todos los adelantos farmacológicos y tecnológicos que él tenía a su alcance todos los días?.

(Abajo el bacilo de la tuberculosis).

“Bien, puede ser tuberculosis, ¿pero qué más?”. “Es muy joven. ¿Tiene cáncer; tiene SIDA?”. “No hay muchas posibilidades: tiene 41 años”. Todo eso pasaba por su mente mientras los médicos de guardia nocturna terminaban de informar a los matutinos sobre los casos que habían llegado durante su turno, y nombraban a aquellos que lamentablemente habían perdido la batalla por la vida (2 personas en esa noche). Cuando el informe terminó, con la vista clavada en el suelo, pensativo, puso en orden a las incomodidades al decir: “Dejen a Marcos García a mi cargo”.

Nadie objetó nada. Siguieron algunas preguntas hechas por el Dr. Thomas a los residentes, quien durante un par de segundos previos miró fijamente a Kylan. Sea lo que sea que hayan preguntado, el Dr. Jefferson no lo escuchó. Seguía absorto en sus pensamientos.

Sin más, súbitamente tomó el informe médico y se dirigió al área de informática del hospital. Hubo algunas miradas entre los médicos, pero tampoco mucha sorpresa, ya estaban acostumbrados.
George Lawrence era prácticamente un ermitaño, no porque quisiera, sino porque las circunstancias lo obligaban a serlo. Poca gente le hablaba al que decían era el más raro del departamento. Delgado, de cabellera rizada y anteojos, las computadoras guardaban pocos secretos para él. En su tiempo libre se metía siempre en algún problema cibernético, como cuando retrasó el pago de toda la nómina del hospital durante un día entero, si bien nunca descubrieron que él era el culpable. Una hazaña que siempre le traía una sonrisa a los labios cuando sentía que era desdeñado por sus compañeros, incluso no despreciaba la idea de hacerlo de nuevo muy pronto, quizá por más días.

El expediente cayó sobre el escritorio, haciendo que levantara la vista del teclado, para encontrarse con la mirada de Kylan, que acto seguido le dijo: “Necesito información sobre este paciente”.

“¡Hola Jefferson!; ¿puede esperar unos minutos?, estoy a punto de romper mi propio récord; anda siéntate”, contestó Lawrence mientras hacía unos bruscos movimientos con el ratón en su mano derecha. Los ojos fijos en la pantalla y el labio inferior mordido dejaban ver la profunda concentración en la que estaba metido.

“El paciente está muriendo, Lawrence. No vendría a interrumpirte si no fuera necesario”.

Lawrence dejó el juego con una sonrisa y se extendió sobre el respaldo de la silla estirando hacia arriba sus brazos, para después tomar el expediente mientras miraba a Kylan y le preguntaba: “¿has jugado -Evil Maze-?”.

Kylan inclinó su cabeza ligeramente a la izquierda, y lo fulminó con la mirada.

En soledad, Marcos luchaba por su vida, aunque el espectáculo que se desprendía dejaba en claro que la batalla se perdía, a cada minuto: con no más de 50 kilos, el que antes fuera un hombre rozagante y bien parecido ahora era poco menos que la sombra de aquel recuerdo. Despierto, con una mascarilla para oxígeno abarcando su nariz y su boca, toda la fuerza vital que ese cuerpo era capaz de reunir lo mantenía respirando trabajosamente. Tan concentrado estaba en ello que solo reparó en el Dr. Jefferson cuando este se paró frente a él viendo todos los aparatos de infusión que estaban trabajando para mantenerlo vivo.

Marcos susurró: “Solo espero el momento. No me falta mucho. ¿No tuviste miedo de contagiarte de mí?. Aquí ha venido muy poca gente y cuando lo hacen están tan equipados que parece como si fueran a una guerra biológica”.

Sin rodeo alguno, Kylan inquirió:

He recibido las pruebas de tu expectoración y tienes tuberculosis de nuevo. Los informes de diferentes hospitales en Boston, San Francisco y Los Ángeles en donde has estado, y concluyen que tu enfermedad resiste a los antifímicos. Te han diagnosticado con tuberculosis multirresistente. Has agotado los esquemas de tratamiento, Marcos. No podemos hacer mucho por ti; necesito intubarte para que sigas viviendo”.

“Bueno, eso no lo permitiré. No lo deseo. Ya estoy cansado” -dijo Marcos-, con el gesto un poco más serio.

“¿Porqué echaste a perder 4 tipos de tratamiento, Marcos?”.

“Somos humanos, doc, y nada es más fácil que dejarse llevar por la soberbia de la mejoría y hacer lo que te venga en gana con el tratamiento, especialmente si no tienes a alguien que se preocupe por ti”.

“¿No te aterra la posibilidad de la muerte?”, preguntaba Kylan un poco sorprendido por la sinceridad de García.

“Sé lo que fui y soy consciente de lo que ahora soy: una piltrafa humana castigada por sus malas decisiones y por los efectos secundarios de los tratamientos que siguieron. No tengo motivos para seguir adelante. Morir sería un alivio, sé que no tengo esperanzas de más medicamentos exitosos, y no quiero volver a esclavizarme con el horrible tanque de oxígeno color verde que tengo en mi casa, y no quiero volver a tomar diario 20 tabletas y terminar de hacerme más daño, ¿o de dónde cree que adquirí la insuficiencia renal?. Igual podía haberme quedado sordo”.

(Abajo radiografía típica de afectación pulmonar por tuberculosis).

“¿Y tu familia?”.

“En este momento tú podrías serlo si deseas. No tengo a nadie, doc”, dijo Marcos con cierta resignación en sus ojos y un poco de burla en su voz.

“Me fui hace ya más de 5 años. Malas decisiones tomadas con malas compañías. Nunca supieron más de mí”.
Tu tuberculosis es resistente prácticamente a casi todo: isoniazida, rifampicina, capreomicina, estreptomicina, kanamicina, levofloxacina, pirazinamida. Solo nos queda la bedaquilina y el delamanid, pero estás muy grave. Tus pulmones están completamente destrozados. La fibrosis los ha consumido. Dudo que los medicamentos que quedan marquen una diferencia, tendríamos que sacarte de esta primero”, respondió tajantemente Kylan.

“Lo entiendo, Dr. Jefferson, créame: estoy listo para irme. No deseo más nada.”.

Un monitor cardiaco que marcaba 128 latidos por minuto; una saturación de oxígeno de 70 % a pesar de las altas concentraciones del mismo; una frecuencia respiratoria de 35 por minuto, y la necesidad de noradrenalina por vena para detener la caída libre de su presión arterial que se mantenía en 80/40 mmHg, sustentaban su deseo. No faltaba mucho.

“Pase lo que pase no quiero que me conecten a un respirador; usted puede ayudarme con eso, por favor hágalo”, dijo Marcos nuevamente, y tras esto desvió la mirada y guardó silencio. Tras unos segundos de observarlo fijamente, Kylan se fue.

Esa mañana del jueves, Marcos garcía perdía la batalla contra la tuberculosis. Uno más de los 1000 millones que ha matado en toda nuestra historia. Esa a la que le permitió aprender a resistir a los medicamentos, finalmente le cobraba la apuesta con la vida. Murió en soledad. Tras el final, era atendido por un enfermero y una enfermera mientras Kylan lo observaba al serle retirados todos los aditamentos que se habían utilizado para monitorear sus signos vitales. Admiraba el coraje de ese hombre, de aceptar la muerte y hasta desearla como llave liberadora de su sufrimiento. Lo siguió con la mirada, amortajado en esa bolsa gris hasta que dobló el pasillo y desapareció de su vista. La tuberculosis le había quitado no solo sus pulmones, sino su dignidad, y el mejor recuerdo de sí mismo. Más allá de si había echo lo necesario para ganárselo al incumplir sus tratamientos, no era el papel de Kylan juzgarlo, sino resolver el problema, y no pudo hacerlo.

Ya eran las 02:00 hrs. Todo era silencio. Coincidía con Marcos acerca de lo liberadora que era la muerte, pero lo demolía haber presenciado el deceso de un hombre joven. Podría haber sido él. Parecía un callejón sin salida para la humanidad: o morías y desperdiciabas tu única posibilidad de disfrutar esta vida, o quedabas muerto en ella, atrapado sin llegar a la muerte. Sintió que la sangre se calentaba en sus venas al sentirse tan limitado en su profesión. ¿En verdad era la mejor etapa de la medicina para la humanidad la que estaban viviendo?; ¿cómo no sentirse tan insignificante y tan pequeño cuando la naturaleza y el destino podía dar un golpe en la mesa y atarlo de manos para solamente poder atestiguar la muerte de un paciente o la entrada a una humillante cárcel en su mismo cuerpo, incapaz de retomar el control de su propia vida?.

El puro seguía ardiendo apoyado en el cenicero. A la primera cerveza se le habían sumado 5 más. Todas estaban vacías. Los envases y el tabaco miraban la espalda de Kylan, que se había acercado al borde de la terraza, con los brazos apoyados en la baranda de protección, mirando hacia lo lejos primero las luces más bajas de la ciudad, y luego los edificios más altos.

La actitud y la decisión de Marcos García lo llevaron a preguntarse si no desearía él mismo mejor la muerte para aquel que ocupaba siempre sus pensamientos y que ya no podía tener el privilegio de decidirla para sí, aquel que le fue arrebatado por una enfermedad que ni los médicos ni su ciencia pudieron detener.

No tuvo el valor de pedir la muerte para esa persona. Su sangre rebelde, y el rencor que tenía hacia la vida lo sacaron de la tristeza y la lamentación; dejó de estar de rodillas ante la adversidad para levantar entonces el rostro hacia la luna y con los dientes apretados poco a poco empezar a preguntar en voz alta: “¿Porqué?”, repitiendo cada vez más alta dicha palabra. Primero fue un pensamiento. Luego un susurro, luego un tono habitual, después una ira contenida y por último, un corto pero intenso grito: “¡¿PORQUÉ!?”, que retumbó en el aire.

Y entonces lo deseó; lo pidió tan vehementemente como jamás en su vida había pedido nada, pero no lo dijo.

Carne y alma de un solo ser cuestionaron los designios del destino y reclamaron una oportunidad, con los puños apretados y el rostro tenso, erguido, desafiante. No hubo lágrimas, solo unos instantes de furia desesperada.

Luego, la derrota obligada de aquel cuyo sufrimiento era incapaz de inmutar el universo. Un suspiro de tristeza; pesadaresignación, más que aceptación; la media vuelta con pasos lentos y su posterior desaparición hacia las entrañas del departamento. Unos instantes después, las luces se apagaban, y ya no se dio cuenta…

Un aire helado empezó a correr, apagando el tabaco que había quedado ardiendo, haciendo a la par temblar a las botellas, que apresuradas, chocaban unas con otras, produciendo un tintineo escalofriante. La terraza se tornó oscura, fría, ajena a este mundo; las cortinas se movían indefensas hasta que de pronto, la corriente de aire cesó.

Las luces de la ciudad permanecían encendidas.

Una mano enguantada finamente en color negro descendió hacia la mesa de la terraza para tomar el puro, inevitablemente inerte.

Después, alcanzó los fósforos, y luego un chasquido rompió la quietud de la noche al encender uno.

La caja cayó en la mesa, y después, en el mismo lugar en donde Kylan había estado, una silueta parecida a la de él, también de espaldas a la mesa, daba unas bocanadas al puro, saboreándolo, deleitándose durante un par de minutos; lo contempló como aprobando su existencia, exhaló el humo nuevamente y luego murmuró, poniendo los ojos otra vez hacia el horizonte de concreto y acero iluminado:

“Parece que nadie te dijo nunca que tuvieras cuidado con lo que desearas, Kylan Jefferson”.

La luna inamovible, fue testigo de una silueta en el piso 10 de una torre de departamentos, que calmadamente fumaba un habano, con una sonrisa en el rostro, mientras tarareaba una melodía que repetía infinitamente sin despegar la vista de las profundidades de la ciudad.

Tal parecía que ni Kylan, ni los 2,615,060 habitantes de la misma, eran los únicos que tenían rituales.

Continuará…

Dr. Luis E. Zamora.

Médico internista.

Himasree Y, Sukanya K, Bhavya sri K, Amrutha K, Hari Prasath K (2017) Recent Trends in Treatment of Multidrug ResistantTuberculosis-A Review. Mycobact Dis 7: 250. doi:10.4172/2161-1068.1000250.

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Médico Internista, expositor, conferencista, docente y ¡blogger!. Ejerzo desde el 2007. Te acercaré a la medicina como nunca antes lo has visto. Lo que aprenderás en mi blog te será útil todos los días. Tal vez no te guste enterarte de todo lo que leas, pero cambiará tu vida, te lo aseguro.

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Dr. Luis E. Zamora

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