Historias bloqueadas (Médico en el tiempo # 4):

El sudor resbalaba por la frente y las sienes de Cara Woodstock, médico de urgencias de esa noche. Sus nervios iniciales ya hacía tiempo que habían elegido su propio camino, e iban a muy buen paso, hacia la impotencia y la desperación: no podía poner el marcaso transvenoso en el corazón de Brian Larson, de 55 años, tras una eternidad de 30 minutos intentándolo. La enfermera asistente en el procedimiento ya se notaba impaciente, mirando constantemente el reloj; hacía 10 minutos había perdido la esperanza de que Cara fuera capaz de solucionar el problema.

De reojo, Woodstok se daba cuenta de ello, mientras maniobraba el electrocatéter a través de la vena subclavia de Brian y ojalá (así lo pensaba), de su corazón. La presión sobre sus hombros era enorme. Sentía su cuerpo empapado de sudor, sin aire circulante; los guantes de látex cubrían y sellaban por encima las mangas de su bata estéril, cortando cualquier acceso del exterior. Sus anteojos poco a poco se empañaban; estaba empezando a dudar de sus habilidades y no había nadie alrededor que pudiera ayudarla, siendo consciente de que solo tenía dos opciones: resolver el problema o resolver el problema.

“¡Vamos, vamos, vamos carajo”, repetía constantemente!. Por más esfuerzos que hacía y reinicio de la técnica de colocación el cable transcutáneo no aterrizaba en el ventrículo derecho. No había captura ventricular en el monitor cardiaco; cada intento terminaba inequívocamente en una nueva desilusión. Mientras tanto, Brian Larson luchaba por aferrarse a la vida con solamente 30 latidos por minuto, y un cuerpo que estaba sufriendo los estragos de un bloqueo cardiaco. El monitor se encargaba de hacer más difícil la situación: Las ondas “P” del trazo electrocardiográfico que mostraba habían dejado ver que la mitad superior del corazón había abandonado a su suerte a la mitad inferior. Aurículas y ventrículos tenían actividad independiente unas de otros que era incompatible con la vida. Una auténtica urgencia.

50 minutos antes, Larson se encontraba en la sala de espera del área de urgencias del Hospital General de Toronto, junto a su esposa, a donde habían ido para manifestar su apoyo a una pareja de vecinos, de los cuales el esposo había requerido atención médica, por un malestar estomacal, que no fue nada grave. Según lo que los doctores habían dicho a la esposa del vecino, el alta estaba muy próxima, y así ella se los estaba explicando.

Mientras escuchaba la historia, la mirada de Larson se paseó por la sala dedicando cada vez menos atención a lo que la mujer decía, hasta que en una esquina su vista se topó con la máquina expendedora de refrescos del hospital, perdiendo definitivamente el hilo de lo que se le contaba. Sin más, se dirigió hacia ella y tras insertar unas monedas, seleccionó su favorito: la siempre infalible manzana. Su mano iba camino al objetivo tras agacharse, pero ya no se sentía bien; el mareo empezó a manifestarse, y pudo ser consciente de como fruncía el ceño al notar esta alteración tan ajena a él; hombre muy sano, se desconoció por completo. Concentrándose un poco más, alcanzo la bebida y empezó a recuperar su posición, pero el mareo no aminoró, sino por el contrario: alcanzó su cenit al estar completamente erguido. Alcanzó a abrir la lata y luego, todo pareció ser irreal: distinguió a lo lejos a su esposa e intentó pronunciar su nombre, pero fue lo último. La mente aún trabajaba velozmente pero la conexión con su boca ya estaba truncada. El aire se tornó del aroma del alcohol, y luces centelleantes inundaron su campo visual. Con lo último que le quedaba, dio un par de pasos frágiles como el cristal, y luego se derrumbó cayendo encima del periódico desplegado de una persona; la lata siguió el mismo rumbo y al contacto con el suelo salpicó de líquido gaseoso las piernas y los zapatos de otra. Quedó tendido e inconsciente a media sala. El tiempo se paralizó en un instante, mientras todos volteaban al unísono a verlo, su esposa corrió a su lado gritando su nombre y pidiendo ayuda, mirando en todas direcciones.

4 personas lo sujetaron de hombros y piernas y lo metieron al área de urgencias, sin esperar permiso alguno, depositándolo en la cama # 23, donde Cara Woodstock había ordenado que lo colocaran, mientras indefenso ante las fuerzas de la naturaleza, Larson solo seguía con la frente arrugada, como si estuviera soñando, murmurando inentendible mente cualquier cosa.

“¡Necesito un monitor y oxígeno inmediatamente!”, -dijo con voz firme y autoritaria, tras revisar con una lámpara de bolsillo las pupilas de Brian, que reaccionaban perfectamente. Respiraba; su pulso era lento, pero palpable. Mientras obtenía esta información asentía con la cabeza al enfermero que le mostraba unas tijeras, aprobando la ruptura de la camisa para que que los electrodos aterrizaran en el pecho de Larson. El oxígeno ya estaba colocado.

“¡Quiero una biometría hemática, química sanguínea, sodio, potasio y enzimas cardiacas inmediatamente!”. Todo el equipo de urgencias era un engranaje aceitado y perfecto: instantes después, un cúmulo de sangre rojo oscuro manaba hacia los tubos de ensayo. Los exámenes iban en camino.

Woodstock, con el estetoscopio en el pecho del desafortunado enfermo, empezaba a escuchar los latidos cardiacos, fijando su vista en la pantalla que ya en un par de segundos prometía darle los parámetros vitales, y cumplió. Cara entrecerró entonces los ojos no dando crédito a lo que escuchaba y miraba.

Súbitamente gritó hacia el otro lado de la sala: ¡Alguien tómele a este hombre un electrocardiograma, urge!. Las derivaciones empezaron a correr en todas direcciones hasta que el papel empezó a impregnarse del trazo cardiaco de Brian Larson. Ávidamente, Woodstock tomó el legado de Wilhem Einthoven a la humanidad y lo miró rápidamente. Luego exclamó:

“¡Tenemos un bloqueo cardiaco completo!”.

Cara tenía razón: La frecuencia cardiaca de Larson era de 40 latidos por minuto, y su presión arterial era de 80/40 mmHg, cifras más bajas de lo que acostumbraba. Había mínima sangre circulando; la bomba muscular estaba herida de muerte. Estaba desorientado, poco reactivo, y con un bloqueo cardiaco de 3er. grado: Necesitaba un marcapaso. Los exámenes no arrojaron ninguna anormalidad corregirle. Había que intervenir.

Cara recibió el cable transvenoso, ya que no tenían disponible el transcutáneo, y ello no le gustó mucho: solo había intentado poner uno una sola vez en la vida, sin éxito, pero no había salida: debía intentarlo otra vez.

“Maldición. Vas a quedar colocado, así me muera después, maldito cable”, -insistía Woodstock-, en su desesperante presente, al maniobrar por 5ta. vez sin éxito el electrocatéter. Tan metida estaba en su mundo que no advirtió que la enfermera se había ido, cediéndole su lugar a otro, menos impaciente, cuya voz la sacó de su concentración: “No te queda mucho tiempo. El bloqueo está debajo del nodo auriculoventricular. ¿Ves esa frecuencia cardiaca?, es la frecuencia de escape del sistema His-Purkinje. Tus complejos QRS son anchos, y bastante regulares. Tus ondas “P” no concuerdan con ninguno. Tienes un bloqueo de 3er. grado. Resuélvelo de una vez, a menos que quieras una muerte súbita”.

Cara se incorporó sin alcanzar a saber qué decir. Frente a ella Kylan no mostraba emoción alguna, aunque permanecía sereno, mirando el monitor cardiaco del paciente. Finalmente ella dijo: “¿Y tú quién eres?”.

“Soy el alfa y el omega. ¿A quién le importa?; no te distraigas”, fue lo único que obtuvo, además de una mirada. Lo entendió inmediatamente: no era momento para charlar.

“Necesitamos llegar al ventrículo derecho. Tienes 2 señuelos al final del cable, uno positivo y uno negativo. El primero da el estímulo para la contracción y el segundo es para el sensado, que le permitirá al aparato reconocer la frecuencia cardiaca natural de ese corazón y dar menos o más latidos “artificiales” por su cuenta. Esas rayas de colores están separadas por un centímetro, y así se repiten; son tu guía. El ventrículo derecho es tu meta, debemos entrar entre 35 y 40 cms. Guíate por los colores; Vamos, hazlo”.

Cara dudó. Había perdido toda sus esperanzas, se sentía incapaz, pero él le devolvió todo lo que ella había perdido en 30 minutos cuando le dijo:

“Todos hemos pasado por la misma situacion, y quién te diga lo contrario, miente. No lo dudes; se acaba el tiempo, ¡solo hazlo!”.

Cara miró hacia abajo, hacia la piel maltratada por los intentos vanos. Pequeñas perforaciones adornadas del rojo escarlata de la sangre. Respiró hondo, y conteniendo el aire, introdujo de nuevo la aguja, hasta obtener la sangre que indicaba que había camino listo para de nuevo hacer pasar el cable. Larson seguía aguantando, era un guerrero. La muerte podía aparecer en cualquier momento. Sudaba profusamente.

“Ve lentamente, iremos tomando electrocardiogramas intracavitarios hasta asegurarnos que estamos en el ventrículo derecho” -le advirtió Kylan, sin apartar ya la vista de las manos de Cara-.

Así fueron repitiendo el procedimiento. En lugar de jugarse todo a una carta, Kylan le indicó a Cara la manera de cimentar su éxito con seguridad, alejada de la prisa necesaria que el momento requería, recordando por momentos aquellos años donde a él también lo rodearon las inseguridades y alguien le enseñó el cómo. El electrocatéter transcutáneo se fue adentrando en el cuerpo de Larson, y a la indicación de Kylan Tomaron 1 electrocardiograma, sin obtener nada. Acto seguido el catéter siguió su camino, parando centímetros después para tomar otro, sin buenas noticias; un nuevo avance, otra prueba sin resultados y al final un último recorrido y un 4to electrocardiograma, donde de pronto Woodstock encontró el tan ansiado complejo QRS con forma de bloqueo de rama izquierda que indicaba que lo había conseguido: el corazón había cedido ante el empuje y la perseverancia de la médica.

Unos cuantos movimientos a la perilla del generador para aumentar la frecuencia cardiaca o disminuirla; todo respondía perfectamente. El corazón antes abandonado a su suerte, perdido, ahora acudía al llamado y tomaba el camino señalado. La espiga del marcapaso presente y capturando actividad. El infierno había pasado.

“Regula tu amperaje, y ajusta la sensibilidad para que se mantenga estable hasta que le coloquen el marcapaso definitivo. No más sorpresas por hoy”, -Dijo Kylan mientras seguía contemplando la pantalla, bastante abstraído. No le agradaba el papel de maestro o supervisor que voluntariamente había tomado. Era un tipo solitario que aprovechaba las ventajas que da la medicina a quien desea trabajar solo: sobran oportunidades.

Miró fijamente a Cara, asintió milimétricamente y luego se marchó sin dar tiempo para más.

Atónita por su éxito, por la intromisión inesperada y la súbita partida, Cara lo vio alejarse a paso rápido mientras inmóvil, con sus guantes llenos de sangre, no sabía qué hacer, si quitarlos e ir detrás de él o continuar al lado de Larson, quien ya había dado muestras de una mejoría casi milagrosa y una quietud reconfortante se había apoderado de él, coincidente con los nuevos 80 latidos por minuto con los cuales trabajaba su corazón.

“¡Oye!”, -dijo una voz femenina firme y amable unos metros atrás, obligando a Kylan a voltear a su izquierda fríamente, mientras su cuerpo apuntaba hacia el frente, al elevador-.

“Gracias por tu ayuda hace un momento” -dijo mirándolo fijamente todavía sacudiendo de sus manos el restante talco de los guantes de látex.

“De nada”, -dijo él secamente.

Una mano se extendió rápidamente acompañada de las clásicas palabras de presentación:

“Cara Woodstock, anestesióloga del hospital. Estoy de turno en urgencias hoy por la noche. Le dijo mientras con la mano izquierda se despojaba de su gorro estéril y dejaba escapar una trenza de color castaño claro. Kylan reparó en el armazón rojo envinado de sus lentes, y su probable 1.65 mts. de estatura.

“Kylan Jefferson”, -contestó sin salir del todo de su asombro sobre lo que estaba sucediendo, estirando su mano de manera automática. Enfrentarse a un bloqueo cardiaco y poner un marcapaso temporal eran una cosa, pero entablar una conversación social con una mujer no era algo que tuviera previsto, y lo no previsto no era de su agrado.

“Muchas gracias por ayudarme a salir de ese atolladero. No sé qué hubiera hecho” -continuó Cara-. “Creo que hacemos buen equipo, ¿no?”. Al terminar esta frase su sonrisa era enorme y radiante. Se notaba rebozante de orgullo al haber echado a andar un corazón que estaba casi muerto.

Luchando por salir del confort en que Woodstock lo estaba envolviendo, y en donde muy a su pesar casi podía sentirse cómodo, Kylan fue crudo y tajante, tomando a Cara por sorpresa:

“No debería darte tanto gusto este éxito transitorio. No curamos nada, solamente ganamos tiempo a través de la implantación de un aparato electrónico que no está exento de fallo o complicaciones y que se convertirá en uno permanente. Es una vergüenza que tras tantos años la medicina no pueda curar las enfermedades”.

“¿Disculpa?, ¿Qué es lo que has dicho?”, -dijo Cara con un gesto de sorpresa y sin poder reponerse del todo acerca de lo que había escuchado, sin dar crédito sobre cómo un encuentro que a ella le parecía afortunado había terminado en el abismo. “¿Acabas de salvar la vida de un paciente que estaba condenado usando todos tus conocimientos y reaccionas así?; ¿qué demonios te pasa?” -dijo mientras su brazo señalaba a lo lejos el sitio en donde estaba Brian Larson.

“No resolvimos la causa, solamente recuperamos la normalidad. El porqué sucedió es un misterio y lo seguirá siendo. ¿Eso te enorgullece?, ¿no saber el porqué?. ¿Para eso te alcanzan tantos años?. No hubo medicina que pudiera hacer latir el corazón de nuevo, tuvimos que colocar un dispositivo artificial” -continuó Kylan con cierto enfado en su voz, mirando fijamente a Cara-.

“Y si hubiéramos tenido que colocar veinte dispositivos más, ¿cuál es el maldito problema, Jefferson?, salvaste una vida. Hay un hombre en la cama 23 de urgencias que mañana le dará consuelo y felicidad a los suyos cuando lo vean tan bien, como en este momento no lo imaginan. Un hombre que podrá seguir escribiendo su historia y haciendo felices a los que lo rodean. Con eso deberías quedarte”.

Kylan guardó silencio. No esperaba que Cara le plantara resistencia de esa forma. Para su suerte, el elevador sonó acudiendo a la cita pedida un minuto antes.

“Ahora puedo confirmar que eres un grosero irrespetuoso”. Dijo ella mientras negaba con la cabeza lanzando un reproche a través de sus anteojos, ya con los brazos extendidos hacia abajo, inmóviles y los puños apretados. Hervía de furia.

Las puertas del elevador se abrieron, y Kylan entró en él. Una vez ahí, se giró y detuvo el elevador presionando continuamente el botón de puertas abiertas. Miró fijamente a Woodstock y le dijo: “No me importa lo que creas que soy; tenías un problema y ha quedado resuelto. Lo que yo pienso sobre lo que hacemos es solamente mío, y no necesito tu opinión”.

“No me interesan las historias. Nunca tienen un final feliz” -le dijo Kylan firmemente, para luego rematar señalando con la cabeza hacia la cama #23 dando por terminada la conversación que cada vez era menos de su agrado:

“Te estás retrasando mucho con esa terapia intensiva. Tus problemas están en otro lado, Cara Woodstock”.

La mano liberó el botón y la puerta empezó a cerrarse, ocultando poco a poco a Kylan de la vista de Cara, quien lanzaba rayos y centellas con la mirada pero que no alcanzó a decir palabra, quedándose estática unos segundos, rompiendo el trance al ver que el elevador ya iba hacia arriba. Clavó la mirada en el piso un instante, para después mirar a Larson y dirigirse hacia él, a paso apresurado.

“Pídanme una cama a la unidad de cuidados intensivos. Motivo: Bloqueo auriculoventricular de 3er. grado con colocación de electrocatéter transvenoso temporal exitoso”.

La jefa de enfermería tomó el teléfono e inició el protocolo administrativo. Minutos después, Brian Larson se dirigía con su improvisado marcapaso, a la terapia intensiva, mientras Cara Woodstock enteraba de la situación a su esposa, que ansiosamente escuchaba el plan a seguir.

A la esposa de Brian Larson no le importaba si las historias tenían o no final feliz.

Más allá de músculos, huesos y órganos, los seres humanos estamos llenos de historias. Claro que importan.

Kylan Jefferson estaba a punto de revivir la más importante de su vida…

(Continuará)…

Dr. Luis Enrique Zamora

Médico Internista, expositor, conferencista, docente y ¡blogger!. Ejerzo desde el 2007. Te acercaré a la medicina como nunca antes lo has visto. Lo que aprenderás en mi blog te será útil todos los días. Tal vez no te guste enterarte de todo lo que leas, pero cambiará tu vida, te lo aseguro.

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Dr. Luis E. Zamora

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