Londres declara la guerra (Médico en el Tiempo # 6):

Los zapatos Hugo Boss negros excelsamente lustrados devoraban los metros de la acera a paso firme, indiferentes a todo; el mundo no existía, y el pantalón azul marino perfectamente planchado combinaba elegantemente con ellos. Sin titubear, se abrían paso entre la multitud que tempranamente se dirigía al inicio de sus actividades diarias, todos poeedores de una historia, al igual que él. Con la misma seguridad de su impetuoso andar, los pasos pararon en una esquina con semáforo, y como todos, esperaron la luz verde peatonal; un río de coches interminable pasó frente a ellos hasta que se invirtieron los papeles y los zapatos continuaron su camino. Cruzada la calle, avanzaron unos metros, para luego empezar a disminuir poco a poco su velocidad debido al acercamiento a su objetivo: la entrada del Hospital General de Toronto; al detenerse giraron 90 grados a la izquierda y permanecieron inmóviles mientras su dueño seguramente observaba hacia arriba la magnitud del edificio de 14 pisos; por detrás y por adelante continuaban pasando decenas de seres humanos. Acto seguido, atravesaron la entrada. Su destino: la oficina del director en jefe del nosocomio.

Las miradas eran curiosas e inevitables. La pulcritud en el vestido hacía voltear a cualquiera, sobre todo a las féminas, pero ello no impedía que continuara decididamente su camino. El extraño individuo era visto a lo lejos por varias de las personas de la planta baja, mientras esperaba de frente hacia el elevador y miraba su reloj, con cierta impaciencia. Un tintineo y después, las puertas se abrieron.

La recepcionista tomó los datos de la tarjeta que en silencio la mano del hombre dejó sobre el escritorio. El Rolex dorado remató la seriedad del momento. Mientras telefónicamente se avisaba de su llegada, recorrió la sala de espera vacía, examinando cada detalle. Tomó una de las revistas, que carente de algo de interés para ofrecerle, fue abandonada rápidamente a su suerte, en la mesa de centro. Las manos masculinas tomaron una de las flores que decoraban una esquina de aquel espacio, y acercándolas a la nariz, el enigmático rostro les dio en pago una sonrisa al haberle obsequiado por un par de segundos su fragancia, aprobando el exigente examen.

Dos minutos habían transcurrido desde que abandonó la tarjeta en recepción, cuando la asistente se levantó, mencionando su nombre, y captando su atención. La puerta fue abierta y con la misma sonrisa dedicada a la flor agradeció las atenciones de su anfitriona, quien también devolvió el gesto. El director del hospital se levantó sonriente al fondo, mientras la puerta era cerrada con suavidad y firmeza por el invitado, liberando amablemente a la chica de sus responsabilidades.

15 minutos antes, la misma chica interrumpía el ejercicio clínico del Dr. Kylan Jefferson comandando a 10 jóvenes médicos, como alguna vez él lo fue. Kylan se dirigió hacia la puerta donde la asistente le había realizado una seña y ahí sin mediar palabra, recibió un trozo de papel firmado por el director del hospital. Solo asintió con la cabeza y regresó para agilizar y terminar el encuentro estudiantil del día, explicándoles a los estudiantes con todo detalle los más relevantes datos de la enfermedad con que cursaba el paciente, llamada miastenia gravis, que vale la pena decir, fascinaba a Kylan. “Pocas veces se puede ir del infierno al cielo con una sola tableta”, les diría a los estudiantes, poco antes de partir. Un par de tareas asignadas, y desapareció.

La puerta de la oficina del director volvió a abrirse cautelosamente, dándole paso. En esta ocasión este no se puso de pie. Un rápido vistazo hacia la espalda del hombre que esperaba sentado, acompañado de un gesto de extrañeza, dando dos pasos hacia adelante y finalmente aguardando sin hacer ruido alguno.

“El Dr. Kylan Jefferson, señor Kenneth”, dijo el director desde su silla, con una sonrisa.

Jeremy Kenneth se paralizó un instante, suspendiendo los movimientos tamborileantes de sus dedos en el posa brazo de su asiento. El tiempo pareció congelarse por siglos, y súbitamente, el hombre se puso de pie, girando con seguridad hacia Holmes y Kylan, disfrutando romper la armonía del cuadro tan abruptamente.

Rubio, de tez blanca y delgado, con una camisa blanca, traje azul y corbata en excelente estado, todo era acompañado por una actitud de constante ironía y atrevimiento que de inmediato molestó a Jefferson. Promediaba 45 años.

Kenneth extendió su mano con una media sonrisa en los labios, gesto que no pasó desapercibido para Kylan, que por supuesto lo interpretó como una especie de burla, diciendo: “sé quién es”, mientras en un segundo lo repasaba de pies a cabeza, para luego sostenerle la mirada inquebrantablemente.

Kylan correspondió con un apretón firme, asintiendo con la cabeza, preguntándose cómo ese individuo al que jamás había visto estaba tan seguro de conocerle. Por supuesto que mientras esto pasaba por su mente, también se encargaba de bombardear con fuego al nuevo personaje que se cruzaba en su vida.

“Zapatos impecables después de todo, ¿no?; vaya que se puede tener buen gusto sin ser inglés”, dijo Kenneth casi de forma automática con una intención clara de provocación hacia el joven. La sonrisa se hizo más evidente. Las manos continuaron unidas.

Kylan correspondió apretando la mano de Jeremy más de la cuenta, haciendo que por un instante este desviara los ojos hacia las manos, inclinando levemente la cabeza y frunciendo el ceño, divertido, como si fuera ajeno al dolor, diciendo: “interesante”. Nunca retiró la mano.

Las miradas se sostenían. Estaban listos para incendiarlo todo.

El Doctor David Holmes rompió la tensa situación, sin que al parecer le preocupara lo que era evidentemente perceptible. En cuanto empezó a hablar, los recién presentados se separaron.

“El señor Kenneth es el dueño de -Worldwide Airlines, y-hace unos días me llamó preguntando por la posibilidad de conocer el hospital y evaluar cómo puede contribuir con él, como antes ya lo ha hecho. Es un reconocido filántropo de nuestra ciudad, y miembro del club rotario de la misma. Son tiempos difíciles para la institución y cualquier ayuda es bienvenida, sobre todo de alguien que siempre ha estado dispuesto a escuchar las necesidades de los demás”.

Las miradas continuaban, Jefferson petrificado y Jeremy sonriente. Holmes continuó:

“El señor Kennteh ha pedido que usted sea quien lo guíe en este recorrido, Dr. Jefferson”.

Kylan rompió el contacto visual con Kenneth y miró al director. “¿Y porqué yo?; hay al menos una docena de personas con cargo administrativo que pueden hacerlo, encantados de participar en protocolos diplomáticos”. Los ojos de Kenneth seguían profundamente clavados en Kylan.

“El señor Kenneth podría tener algunas dudas sobre las diferentes áreas que nos conforman, incluyendo su participación en la gestión de las diferentes enfermedades, así que qué mejor que el mejor médico del hospital para guiarlo. ¿Estoy en lo correcto, señor Kenneth?”, dijo con seguridad el Dr. Holmes.

Este se había ya recuperado de la abtracción practicada con Kylan, y sonriendo hacia Holmes continuó la charla: “Así es doctor, me gusta anticiparme a todos los imprevistos posibles, y quedarme con la sensación de mi tiempo mal aprovechado al terminar de recorrer el hospital sé que no será de mi agrado. Doctor Jefferson, por favor…” -la mano previamente estrechada le señalaba a su futuro guía la silla donde le ofrecía sentarse, pero Kylan no se movió-. “Prefiero estar de pie”. Jeremy sonrió y desentendiéndose de él llegó a su silla y tras verla un instante, miró al joven médico, se encogió de hombros y se dejó caer sobre ella. David hizo lo mismo del otro lado del escritorio. Jefferson quedó de pie en el lado donde la silla quedó vacía.

“No puedo dejar descubierta mi área, es de primera necesidad, Dr. Holmes”, -Kylan continuaba tratando de oponer resistencia-.

“Si ese es el problema, me encargaré de resolverlo. Hablaré personalmente con el Dr.Foster”. Kylan sabía que estaba perdido. tendría que acatar la orden. Lo más pronto que pudo, intentó resignarse.

“Agradezco enormemente las facilidades que me otorga, Dr. Holmes. Me hace sentir como en casa. Trataré de corresponder de la mejor manera. Hágamelo saber si no lo estoy consiguiendo”. El acento británico de Kenneth irritaba bastante a Kylan por el lenguaje corporal y teatral que lo acompañaba. Mientras este comentario inundaba el aire y las miradas del director y de Jeremy se cruzaban, aprovechó para echar los ojos hacia arriba y negar con la cabeza. Le hartaba tanta formalidad. “Los modos que los hombres habían creado ni ellos mismos se los tragan cuando los utilizan”, pensó.

“Excelente, Sr. Kenneth. Debo ir a una reunión estatal por lo que he de dejarlos. Siéntase en su casa. Kylan: estoy seguro que serás el mejor anfitrión posible, sé que dejo a nuestro invitado en las mejores manos”.

Kylan miró fijamente a su jefe, sin hacer gesto alguno, y no lo perdió de vista mientras se levantaba de su silla, se despedía con un apretón de manos y un abrazo hacia Jeremy, y luego desapareció por la puerta de la oficina. Sumido en sus pensamientos se encontraba cuando el inglés volvió a la carga desde su cómoda posición en la silla: “Me gustaría realizar este recorrido mañana mismo por la tarde, ¿qué te parece?”, dijo Kenneth mientras lo miraba con la barbilla apoyada en su mano izquierda y los labios haciendo curvatura hacia abajo en ambos lados de su cara, bastante despreocupado.

Con ambos brazos cruzados, Kylan trasladó hasta Jeremy la mirada que había estado clavada en la puerta que había visto desaparecer a Holmes. La pose de dueño del mundo del inglés con su pierna derecha cruzada sobre la izquierda y girado hacia él lo irritaba bastante. Era obvio que le encantaba ser el dueño del mundo, del tiempo y de todos. Ante la prolongación del silencio, este separó su mano de la barbilla para ponerla con la palma hacia arriba mientras al mismo tiempo movía su cabeza de un lado a otro y una de sus cejas se elevaba. No se requería más para presionar al médico.

“Si quieres podemos hacerlo en este mismo momento; de todos modos será rápido” -dijo de un modo apresurado y mal disimulado. Mostraba su impaciencia, y eso le agradaba a Jeremy, quien siempre gustaba de tener la ventaja sobre los demás, tal como estaba sucediendo.

Amo y dueño de la situación, le dijo: “Hoy tengo aún varios asuntos qué atender, mi querido doctor, por lo que quedarme podría ser mi deseo pero no mi intención; Debo irme. Mañana te veré aquí a las 16:00 hrs”. Se puso de pie y se cerró el saco, mientras estudiaba cada palmo de la habitación. “Sin duda este lugar es cómodo, aunque yo sacaría todos esos libros que están detrás de la silla de tu jefe; menos es más en decoración, pero ustedes siempre están tan ocupados que no creo que reparen en estas pequeñeces. Lo pasaré por alto, nadie es perfecto”. Jeremy puso sus manos entrelazadas en su espalda, y mirando fijamente a Kylan, dijo altaneramente sin perder la postura.

“Veo que no te agrado mucho. ¿No crees que deberías disimular eso si es que de mí depende que tu área de trabajo reciba ciertos privilegios?”. Kylan no esperaba semejante muestra de sinceridad, pero contragolpeó:

“Si quieres dejar tu dinero aquí, o en cualquier otra parte me importa un comino. Con él o sin él este lugar continuará funcionando y aún con todas las limitaciones que pueda tener seguirá salvando vidas. Si te ofenden mis palabras o no te hago reverencias y eso hace que desistas, el problema es de Holmes, no mío. Yo no te necesito”. Fue la contestación del siempre árido Dr. Jefferson, sin dejar de mirar a Jeremy.

Una nueva sonrisa se dibujó en la cara de Kenneth, mientras asentía con la cabeza, mirando al médico. Con paso lento y medido caminó hasta él, quedando a su mismo nivel, ambos hombro a hombro mirando hacia el frente, en sentido contrario; Kylan no se movió. Permanecieron en silencio por unos segundos hasta que sus labios se abrieron:

“Posiblemente haya 5 cosas en este mundo que me ofendan, pero te aseguro que tú no estás entre ellas. No te des tanta importancia, Dr. Kylan Jefferson. Aunque ciertamente no eres tan ordinario como la mayoría de las personas que conozco, te daré eso”. Acto seguido salió de la habitación mirando hacia la recepcionista con su coqueta sonrisa y guiñándole un ojo. Salió de la sala de espera y luego miró con desdén el elevador, decidiendo mejor abrir la puerta hacia las escaleras, mientras silbaba “Revolution”, de Los Beatles. Un segundo después, desapareció.

Kylan permaneció negando con la cabeza por unos instantes, y finalmente tras una profunda exhalación, salió también de la oficina. Había mucho por hacer esa mañana, pero lo que verdaderamente lo molestaba estaba totalmente decidido. El breve encuentro lo mantuvo profundamente pensativo el resto del día, pues obligaciones de este tipo se le dificultaban más que atender un paciente con una grave enfermedad. Había crecido como un ermitaño; socializarse no era una de sus habilidades ni tampoco uno de sus deseos, y menos hacerlo con un británico engreído que se creía el ser supremo del universo, aunque tal vez la actitud de Jeremy no era muy distante de aquella que él había tenido con Cara Woodstock. “Tal vez es lo que me merezco”, se dijo en algún momento de sus pensamientos.

Cuando salió del hospital, hizo una parada en “U-Rock””, el sitio donde ocasionalmente llegaba a cenar y beber una cerveza. Las paredes y el piso decorados en madera y el predominio de las diferentes tonalidades del color café con rojo que tenían le hacían sentir una paz que no obtenía ni en su propio departamento. Aquí todo le resultaba familiar, y su presencia no había pasado desapercibida desde hacía meses para las meseras, que lo trataban más que bien, seducidas por la imagen reservada y enigmática del médico, más allá de las buenas propinas que Kylan siempre dejaba sobre la mesa, antes de desaparecer, hecho del cual casi nunca se daban cuenta. El tipo parecía un fantasma.

La Sapporo servida estaba al borde de la congelación, según lo atestiguaba la tonalidad blanquecina del envase debido a la escarcha. Kylan se encontraba poniéndose brevemente al día sobre las noticias médicas más relevantes y al mismo tiempo resolviendo alguna duda sobre sus pacientes. La mesera le dejó una mirada y una sonrisa junto con la cerveza, él solo conservó la última. El Rib Eye bien cocido nuevamente le agradó tanto como aquella primera vez hacía varios años, como para volver a pedirlo siempre que tuviera el tiempo necesario para cenar en “U-Rock”. Por supuesto no era el mejor que había probado en su vida, pero sí ya el mejor existente en su mundo, y lo apreciaba. Transcurrieron un par de horas, en donde intercambió algunos mensajes con su madre. Una nueva velada en su historia, solo.

Dieron las 23:00 horas. Kylan se aseaba la boca con la servilleta de tela, determinado a irse a casa. Tomó el vaso que contenía los restos de la 4ta. Sapporo de la noche y lo llevó a sus labios para terminar la faena, mientras paseaba la mirada por las afueras a través del gran cristal del establecimiento, disfrutando el rock en turno de la noche, que se había vestido con ligera llovizna un frío infaltable a la cita. Kylan se paralizó, aunque nadie se dio cuenta. Al otro lado de la avenida, bajo la sombra de la lámpara, una figura con el rostro sumido en tinieblas y el cuello del abrigo totalmente elevado lo miraba fijamente, inmóvil, ajeno a la lluvia. Escasos transéuntes seguían su camino sin perturbarlo.

Jefferson sostuvo la mirada, con su frente arrugada. Hacía mucho tiempo que había perdido la capacidad de sentir temor. Sin romper el contacto, apuró lo que quedaba de su bebida y dejó el vaso en la mesa. Tras unos instantes que parecían horas, el extraño individuo metió su mano enguantada en uno de sus bolsillos y sacó un puro a medio consumir. Agachando su cabeza acercó sus manos hacia él, proveyéndole del fuego necesario. La oscuridad siguió reinando, su rostro continuó sumido en ella. Un par de inhalaciones que avivaban el color rojo brillante del tabaco encendido, y bocanadas de humo liberadas a la atmósfera; luego, ambas manos descendidas a los lados de su cuerpo, y el puro en la derecha, humeante, cómplice.

La mesera rompió el trance de Kylan al repetir la palabra “señor” 3 veces, para entregarle su cuenta. Este agradeció asintiendo con la cabeza y volteando por instinto a ver el trozo de papel, pues nunca reparaba en lo que pagaba, ni tampoco revisaba el cambio que se le daba. De pronto recordó en qué estaba y rápidamente su mirada viajó hacia el otro extremo de la calle, pero era demasiado tarde: quien estuvo ahí segundos antes, se había esfumado.

Confundido, Kylan se quedó unos minutos más mirando hacia esa esquina, pero en esta ocasión, sus pensamientos no lo llevaron a ningún lado; notenía ninguna explicación para lo que acababa de suceder.

Dejó la acostumbrada propina, se colocó su abrigo, sus guantes, y se marchó. Dentro de él, algo le decía que volvería a ver al tipo misterioso…

Y tenía razón.

(Continuará)…

Dr. Luis E. Zamora.

Médico internista.

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Médico Internista, expositor, conferencista, docente y ¡blogger!. Ejerzo desde el 2007. Te acercaré a la medicina como nunca antes lo has visto. Lo que aprenderás en mi blog te será útil todos los días. Tal vez no te guste enterarte de todo lo que leas, pero cambiará tu vida, te lo aseguro.

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