mié. Jun 26th, 2019

DEPRESIÓN: cuando te niegas a todo (desde el diagnóstico hasta al tratamiento).

Una reflexión muy particular sobre quien decidió cambiar su vida…

Tengo una paciente de 50 años (le llamaré aquí “Rosa”) a quien he visto desde hace 3 de manera regular en mi consultorio. Nuestras consultas son prácticamente una visita social más que entre médico y paciente. Son muy relajadas. Incluso en ocasiones la bata queda de lado y solo nos enfocamos en lo bien que se ha sentido, pero si esto sucede así, es porque hemos alcanzado nuestros objetivos.

La depresión no la dejaba vivir. Llevaba aproximadamente 5 años prácticamente dando tumbos: dolores en diferentes partes del cuerpo; insomnio; llanto frecuente y sobre todo, una relación familiar ya muy desgastada con su esposo y sus hijos. Todos los días le pasaba de todo y era muy difícil para ellos lidiar con la situación.

Rosa había sido etiquetada ya como problemática y quejumbrosa (erróneo por supuesto de parte de sus familiares). Un buen día fue demasiado y acabó en el hospital lo suficientemente mal para quedarse internada 24 horas. Por ahí alguien le dio mi teléfono, hicimos una cita y la historia empezó cuando el día establecido su hija y ella acudieron al núcleo médico donde está mi consultorio.

Recuerdo su cara cuando le dije que lo que le había sucedido era debido a un cuadro de depresión severa y ansiedad, por lo cual habría necesidad de dejarle antidepresivos y una dosis de “medicina controlada” (alprazolam para ser exactos). Se puso a llorar mientras su hija trataba de convencerla de intentar el tratamiento, cosa que consiguió.

Pasaron los meses, reajustes por aquí y por allá; aumento de esto y aquello; combinación de este nuevo medicamento, etc. Los episodios de malestares fueron disminuyendo hasta que en palabras de Rosa, se sentía en una calificación de 9/10. Todo eso recapitulamos el viernes pasado en mi consultorio. Iba con ella la misma hija que siempre la acompaña. Al ahondar sobre el porqué se negaba a aceptar el diagnóstico y el tratamiento, su respuesta fue contundente: para ella, era aceptar que “era débil y estaba loca”, además de que no deseaba ser adicta a ningún medicamento. Tal cual me lo dijo.

Para su fortuna, se sentía tan mal que no hubo otra opción, y hoy también, es otra. Las sesiones con su terapeuta junto con el tratamiento médico hicieron lo suyo y hoy continúa yendo a su terapia (los medicamentos quedaron en dosis mínimas). Las barreras mentales que uno puede llegar a ponerse combinado con los estigmas de la sociedad en la que vive pueden llegar a ser un impedimento muy grande para tomar una decisión correcta.

Si a mí me preguntas, si tuviera la opción de sentirme mucho mejor a través de un tratamiento y aligerar la carga sobre mis hombros y poder vivir mi vida normal a través de una tableta, siempre lo haría. La vida es demasiado corta como para gastar mi tiempo en sentirme mal. No hay justificación: el uso de medicamentos controlados (alprazolam en este caso, clonazepam u otros más en otras situaciones), en las dosis correctas tienen un mínimo riesgo de que eso suceda, (¡realmente mínimo e insignificante!).

Y como le dije a otra paciente de 80 años que me preguntó sobre la adicción si empezaba a tomarlos: “si a los 80 años mi vida se va a resolver tomando diario en la noche una dosis de medicina -controlada- aunque nunca pudiera dejarla no me importaría. Cargar a mis nietos, reír con mis hijos y dormir por las noches no tiene precio”.

La tranquilidad al final de nuestra vida es lo menos que nos merecemos. No tengas miedo si alguna vez estás en esa encrucijada. En el peor de los casos nadie tiene qué saber que estás bajo tratamiento. Si acudes a consulta y ese diagnóstico surge, pregunta, aclara tus dudas y déjate llevar, podrías estar a punto de cambiar tu vida. Y vaya que cambia…

Dr. Luis Enrique Zamora.

Tu médico internista.

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