lun. Jun 24th, 2019

El béisbol y la enfermedad que lo acompañará para siempre:

La conmovedora historia del “Caballo de Hierro”.

Sucedió una noche de esas de antes del año de 1900, una más de tantas de cansancio y precariedad; de tristeza y desolación, en la lejana Alemania: el marido llegó a su humilde vivienda y apesumbrado por la crítica situación económica en la que constantemente vivían, le planteó a sus esposa la posibilidad de partir de Europa hacia la tierra prometida que era “Norteamérica”, para tener una oportunidad real de vivir mejor. La media vela que quedaba en medio de la mesa, con la llama quieta y tensa, parecía que comprendía lo tirante del momento y también esperó una respuesta.

Christina Fack miró fijamente a Heinrich Gehrig y tras un eterno instante, de sus labios no tan convencidos se escuchó el “Si crees que es lo mejor, vámonos”. Tiempo después y tras una larga travesía cruzaron el atlántico, donde a la postre se establecerían como inmigrantes alemanes en Nueva York, donde en 1903 vería la luz de este mundo su amado hijo Lou Gherig. Sus genes ya tenían escrito su destino.

Y Lou creció:

Muchacho joven y sin vicios, se convirtió en el orgullo de sus padres, a quienes ayudaba todos los días en el comedor de la Casa de la Fraternidad de la Universidad de Columbia, donde su madre era cocinera y su padre mesonero. Antes de irse a clases ayudaba a preparar los desayunos para los chicos de la fraternidad y en la noche a recoger y poner en orden el lugar junto a ellos para mañana volver a empezar. No era lo que él deseaba para ellos, pero sí lo que había. Creció siempre con la esperanza de ayudar a sus padres, esperanza que alguna vez lo llevó a decirle a Christina que quería dejar la escuela para ponerse a trabajar.

Alemana al fin, apegada a la disciplina como pocos y consciente de que su hijo debería tener la oportunidad que ellos no tuvieron, le contestó con un tajante “No. Tú vas a tener una carrera universitaria”. El chico supo que nada podría hacer cambiar de opinión a su madre, el asunto se cerró y Lou acudiría con el tiempo a la Universidad de Columbia, becado. Arquitectura fue su elección, la cual obvio no concluyó. Nada puedes hacer cuando tu vida está destinada a cosas más grandes que los deseos iniciales de tu madre. Caprichoso venía el destino para el que medía 1.80 de estatura y pesaba 95 kgs.

El día en que cambió todo:

Apenas entró a la Universidad, se inscribió en los equipos de fúbol americano y de béisbol. Ya desde preparatoria y secundaria se sabía que Lou era muy buen bateador, ganando en 1920 el Campeonato de Escuelas Superiores, siendo el héroe de dicho partido nuestro joven amigo. El aire de ese día aún se percibe en el Wrigley Field de los Cachorros de Chicago, y nunca lo abandonará.

El mismo fútbol americano sería abandonado por Gehrig y entonces se abrazaría defintivamente el béisbol, cuando en una tarde de juego, sacó un descomunal batazo que lanzó la pelota fuera del parque universitario. La pelota cruzó la calle 116 al mismo tiempo que el caza-talentos de los Yankees de Nueva York Pal Kricheel cruzaba corriendo las gradas del pequeño estadio para alcanzar el teléfono más cercano y pedirle autorización a los directivos del equipo para firmar al Joven Alemán/Norteamericano. El batazo, el viaje de la pelota, el caza-talentos: tantas coincidencias para cambiar una vida.

El “Caballo de Hierro”:

Los Yankees decidirían enviarlo a las ligas menores  para tomar experiencia 2 años, tiempo en el que pagó su cuota de prueba y demostró que podía jugar en las ligas mayores. A partir de 1925 se incorporó al primer equipo y lo que sucedió después es historia: Wally Pipp, el excelente primera base de los mulos, un día de partido se quejó de un fuerte dolor de cabeza y Miller Higgins, directivo, buscó a Lou y con un gesto de enfado le diría: “Wally tiene dolor de cabeza, tú jugarás hoy la primera base”. El día 2 de junio de 1925 empezaría una racha inalcanzable de juegos consecutivos con Gehrig en el campo, misma de la cual se daría cuenta el periodista Dan Daniel varios años más adelante al revisar los números del nacido en Nueva York, con 1,252 juegos hilados hasta ese momento, la cual alcanzaría la estratosférica cifra de 2,130; más de 12 años saltando al terreno a pesar de todo. Pocos apodos en la historia de la humanidad tan bien ganados como el del “Caballo de Hierro”.

Más allá de esa templanza, era un prodigio con el bate. A partir de 1927 los Yankees se convertirían en una aplanadora implacable cuyo corazón lo conformaba la dupla Babe Ruth y Lou Gehrig, dueto de jugadores que juntos sembraron el terror entre los lanzadores rivales durante años. Nadie quería enfrentar a “la ruleta de la muerte”. La relación entre ambos acabó en la distancia por chismes nunca aclarados, pero su labor destructiva siguió siendo mortal. Lo ganaron todo.

El declive:

Dicen que lo bueno no dura para siempre y poco a poco Lou fue notando que la fuerza en sus piernas había disminuído después de cumplir 30 años. Sus movimientos en el campo no eran tan finos como antes y sus números empezaron a descender. Era difícil correr las bases. Sus compañeros se miraban entre ellos sin poder explicarse porqué el prodigio estaba pasándola tan mal. Con todo, Lou seguía manteniendo aún un aceptable nivel y productividad, pero ya no era el mismo: lo que al principio se pensaba que era un bache, jamás fue superado, el mismo Gehrig lo sabía, y por ello, el 2 de mayo de 1939, le pidió al manager del equipo que no lo incluyera más en el roster; era imposible seguir, y ese día, el récord de más partidos consecutivos en la historia de las ligas mayores de béisbol quedaría registrado con 2,130 partidos. Una monstruosidad.

Su esposa Eleanor Grace Twitdell Gehring, a quien conoció en uno de sus juegos, allá en Chicago, lo acompañó todo el tiempo, nunca tuvieron hijos y estuvo a su lado cuando los médicos le diagnosticaron Esclerosis Lateral Amiotrófica, escena que sucedió en la hoy prestigiosa Clínica Mayo, un 19 de junio de 1939.

El diagnóstico de una enfermedad incurable, caracterizada por la pérdida de las neuronas que ordenan a los músculos a moverse, quedó establecido. Lou llevaba años jugando con calambres y molestias generales, que nunca  se explicó plenamente. Aún hoy no tenemos cura para la misma, y han pasado más de 75 años desde entonces. No hemos podido conseguir que las neuronas del cerebro y la médula espinal no degeneren al grado de impedir el movimiento. Le dieron un pronóstico de vida de 3 años, pero no alcanzó a cumplirlo.

Homenaje y final:

El 4 de julio de 1939, los Yankees de Nueva York le rindieron un homenaje donde estuvieron presentes sus compañeros de aquel equipo de 1927.  Su eterno número 4 era retirado. Nadie jamás lo portaría de nuevo.

La esclerosis lateral amiotrófica lo tenía condenado pero jamás afectaría ni su cerebro ni su corazón, permitiendo que cuando nadie se lo esperaba Lou tomara el micrófono para decirles a todos que se consideraba “el hombre más feliz de la tierra”. Ese discurso es hoy por hoy uno de los momentos más emotivos en lla historia del deporte. El círculo se cerraría días después al ser inmortalizado en el salón de la fama de Béisbol en Cooperstown, en Nueva York, el máximo reconocimiento que puede alcanzar un pelotero.

Alejado de los escándalos y siempre con un bajo perfil, fue un personaje ejemplar y admirado por todos los fanáticos al béisbol.

Murió en paz en su casa, al lado de Eleanor, incapaz de cumplir los 3 años de vida que le habían pronosticado los médicos, irónicamente, un 2 de junio de 1941, el mismo día que años atrás había empezado su racha de juegos consecutivos. Ella jamás se volvería a casar, emprendiendo el viaje hacia su marido en 1984.

Tal fue el impacto de la esclerosis lateral amiotrófica a través del béisbol que hoy se le conoce como “La enfermedad de Lou Gehrig”, y así permanecerá siempre.

Fue la vida y el final de un hombre que solo una enfermedad incurable pudo separar de un campo de béisbol, y que hoy es el estandarte sobre el que reposa la Esclerosis Lateral Amiotrófica. Una de las historias más conmovedoras que encierra la medicina y el deporte. El prematuro adiós del “Caballo de Hierro”.

Aquel que a solas debió llorar lágrimas de sangre y lamentarse para aceptar su destino y después, en el día de su homenaje, proclamarse “el hombre más feliz de la tierra”.

Dr. Luis Enrique Zamora.

Tu médico internista.

Pd.- 56 años después, Cal Ripken Jr., de los Orioles de Baltimore, en 1995, rompería el récord de Gehrig y dejaría la nueva cifra en 2632 juegos consecutivos. Dudo mucho que alguien pueda volver a asomarse siquiera, a cualquiera de los dos récords.

Fuentes:

Wikipedia: Lou Gehrig.

El día que el “Caballo de Hierro” no jugó. RunRun.es 2017.

“El Caballo de Hierro” (por Jesús Rubio); Junio 2017.

Lou Gehrig, Yankees, “El caballo de hierro”. (Por Edwin Kako Vázquez).

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