dom. Abr 21st, 2019

La misteriosa enfermedad japonesa:

La rara enfermedad “Arteritis de Takayasu”, como jamás te la habían contado.

Eran las 16:00 horas cuando comenzó. Lo sabía con certeza porque cuando miró el reloj empezó el dolor de cabeza, ese que se iría repitiendo con los días, al que se le agregarían dolores en los huesos (artralgias) y fiebre. Pasarían los días y los síntomas se experimentarían todos juntos, a veces dos de ellos, otras solo uno. Incluso había días en que no aparecía molestia alguna y Lucía sonreía y suspiraba aliviada pensando que a pesar de no saber qué le había ocurrido, seguramente ya había pasado. Erro.Este círculo de malestares-bienestar-esperanza se lo permitió solo 3 veces. Sabía que seguiría llegando una y otra vez. La 4ta. ocasión ya lo esperaba.

Nació en ella una preocupación genuina. Su cuerpo, que la acompañaba hacía 43 años, se estaba comportando diferente.

Siempre contaba que de las pocas veces que había acudido al médico en la vida, le habían dicho que sus brazos manejaban diferentes cifras de presión arterial. Las cifras, imposibles de recordar. Un dato que quedó atrapado en el tiempo y que casi nunca salía a la luz. Lucía era sana. Sus visitas al médico solo para llevar a alguno de sus hijos, y nada más.

“Qué raro”. Murmuró la enfermera aquel día. Lucía tenía 20 años.

Todo prosiguió en ese mismo tenor, hasta que cansada, acudió con un médico. Dado los síntomas, el estrés, y la ansiedad fueron los primeros culpables. El tratamiento falló. Ya tras dos meses de esta historia, y un par de médicos más cesó en su empeño de buscar ayuda.Empezó a notar que bajaba de peso, aunque con relativa poca importancia pues eran solo 5 Kgs y como siempre había deseado eso, podríamos decir que le dio hasta gusto.

Hasta este punto,todo era demasiado vago:la fiebre,el dolor de cabeza y el dolor articular no llevaban a ningún lado. Además,los exámenes que se realizaron de parte los médicos resultaron normales. En medio de ninguna parte. Ahí estaba parada. Los datos eran poco claros para quienes la habían revisado. Se necesitaba pensar más allá, tal vez otros síntomas.

En ausencia de un nuevo pensador, su cuerpo decide ir más allá: cuesta caminar porque un dolor en la pantorrilla derecha que se le clava y no cesa hasta que se queda en reposo. Dura 6 semanas más con eso. Las preocupaciones aumentan, e incluso se extienden en serio a su esposo. Los hijos, inocentes, desconocen qué sucede. Todo es normal para ellos. Lucía ya no es la misma. “Antes era sana”, dice su esposo a su mejor amigo en su trabajo.

Programan cita con otro médico, uno muy bueno, que les recomendó alguien tras triangular la información con un contacto lejano que nada tenía que ver con Lucía. Faltan 5 días para la cita, y alistan todo para no faltar ese día, tal vez ya uno de los más importantes de su vida. Es la esperanza de de volver a recuperar su vida.

Ahora la tiene qué recuperar completa. Lo poco que aún le quedaba se fue cuando a las afueras de la escuela de los niños, mientras los esperaba, cuentan otros padres de familia que la vieron desviar la mirada, caer al suelo y convulsionar. No habrá consulta con el renombrado médico: la próxima parada es el hospital. Ya no hay más.

A su llegada, desde urgencias se realizan estudios: exámenes de sangre nuevamente normales y por las convulsiones una tomografía de cráneo que también es normal. Indicaciones de rutina, y finalmente, los cambios de turno que se sucedían mientras se hacía cada vez más evidente que a la paciente de la cama 5 seguía experimentando convulsiones pero no se sabía porqué.

Pasó a piso. Las crisis habían disminuido lo suficiente (estaba con tratamiento anticonvulsivo). El médico residente que le recibió trató de hacer una historia lo suficientemente exhaustiva para no obviar detalle alguno pero no encontraba nada. Esa desesperación que los médicos sentimos cuando tenemos un paciente que no sabemos qué tiene empezó a aparecer también. Nada encajaba. Solo quedaban de revisar las piernas, y entonces…

Lucía se dio cuenta de la insistencia del joven médico en buscar los pulsos de sus piernas. Repetía en algunos sitios la palpación, en otros rápidamente los pasaba de largo. Después volvió a revisar los pulsos de los brazos, y luego volvió minuciosamente a las piernas. Buscó una y otra vez los pulsos poplíteos (detrás de la rodilla, en esa zona que se dobla), los pediales (en el dorso del cada pie o empeine), y los tibiales posteriores (en la parte de atrás del hueso calcáneo, ese que le llamas “tobillo”). Eran las 3 de la mañana, y el médico se fue. Pocas palabras cruza con Lucía. Ella y su marido se quedan en penumbras, y más allá de las de la noche, las internas.

Tal vez transcurrieron 10 minutos, y el médico llegó con un par más a su lado. Parecían con más experiencia, de mayor grado de estudios y ambos certificaron que algo no andaba bien con el pulso poplíteo izquierdo y con los pediales y tibiales posteriores de ambos pies. Así quedó todo. Al día siguiente debaten los médicos, y mencionan las alteraciones que tenía Lucía hasta antes de llegar a urgencias. Todos naufragan en lo mismo. Hay quien menciona cáncer; epilepsia; ansiedad; depresión; expisición a químicos, etc. Una vez que se agota la discusión, los médicos tratantes de piso concuerdan en continuar escuchando. Sigue la revisión física de Lucía.Una carnicería académica se está llevando a cabo en donde los médicos debaten. Lucía, en compañía de su madre porque su esposo fue a llevar a los niños a la escuela y después tuvo que ir a trabajar, presenta otra crisis convulsivas. El tiempo apremia.

De nuevo en la sala de médicos, alguien pregunta si no existe algún dato extra en la historia de la paciente, por mínimo que sea, y entonces, vuelve de nuevo a salir a la luz aquel día de hace 23 años. La misma escena, la misma escena y el mismo comentario: diferentes cifras de presión arterial en ambos brazos. Se envía al médico interno a evaluar esas presiones y regresa con los detalles: 150/80 en el derecho y 130/70 en el izquierdo. El silencio se hace grande. Se manejan las posibilidades. Hay una idea, una posibilidad, y sobre todo, ¡es posible buscarla!. El riñón se mantiene normal y podría permitirse manejar una cantidad de medio de contraste para dibujar, pintar y definir la arteria aorta (el estudio se llama angiografía) y ver si se cumple un criterio fundamental que se una a los que ya tiene la paciente para desenmascarar al enemigo.

Todos están de acuerdo. Las revisiones rápidas que hacen todos en los diez minutos que se otorgan a tal fin, son unánimes. Puede haber algunas posibililidades más pero una se lleva el primer lugar. Hay que buscarla. Lucía baja al departamento de Radiología. El material de contraste desciende por sus venas, y desaparece de nuestro mundo, para introducirse en el suyo. Radiólogo atento, escudriña cada imagen obtenida y redacta e imprime su reporte. Un sobre cerrado viaja con Lucía hacia el piso # 3 del hospital, hacia la cama 322 que le ha correspondido. La enfermera toma el sobre, y se desplaza al área de médicos para avisar que ya está el reporte del estudio de la paciente.Manos ávidas lo toman. Más ávidamente lo abren. Una lectura brutalmente rápida y una segunda y una tercera cada vez más lenta.

Un médico residente que se dirige a la oficina de su médico en jefe.

Un papel releído nuevamente y luego es dejado en la mesa.

Un teléfono que se descuelga. Una llamada que se realiza.

Lucía no lo sabe aún, pero ha llegado el momento de presentar batalla. Ya tenemos las armas.

El enemigo ha sido descubierto.

Es Takayasu…

Arteritis de Takayasu.

Dr. Luis Enrique Zamora Angulo.

Tu Médico internista.

(Esta historia continuará)…

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