Mente confundida (Médico en el tiempo # 2):

Llegó a los 06:20 hrs., tan puntual como siempre. Una mañana más lluviosa y fría. El reloj irrespetuoso marcaba los 6 grados centígrados, pero como muchas otras cosas, parecía no importarle: queja alguna no salió de sus labios al despertar a las 5:00 am con una simple alarma, en la soledad de su cama en su departamento, ni cuando se despojó de la ropa para darse un baño con agua caliente y posteriormente vestirse, para salir rumbo al Hospital General de Toronto, donde había cursado sus estudios médicos y había recibido una invitación de su jefe de división para quedarse a trabajar una vez terminados estos, debido a sus excelentes habilidades y a su gran sentido de la responsabilidad, que quedaron de manifiesto desde el primer día.

“Vengo a trabajar”, le dijo en su entrevista hacía ya 10 años a su interlocutor, cuando este le preguntó qué era lo que el Hospital General de Toronto podía esperar de él si era elegido.

Kylan resultó electo, y cumplió, día tras día, y cada noche que fue requerido. Nunca se quejó.

Con una ligera inclinación de su cabeza saludó a la recepcionista de turno pero nada más. Kylan seguía siendo el mismo que había llegado hacía 10 años: la mirada inexpresiva con profundos ojos que recordaban a la miel y su gesto adusto, iban enmarcados con una cabellera de normal longitud y alargada en su parte trasera casi hasta medio cuello, que a cada lado al final intentaba hacer una pequeña curvatura para regresar hacia arriba. Bufanda negra, de ninguna marca en especial, sobre un suéter gris con vivos negros que llevaban encima una gabardina negra bastante elegante, que imponía dado lo ancho de sus hombros y su torso; se mantenía en buena condición física. Sus manos culminaban en unos guantes oscuros a prueba de cualquier temperatura. Había heredado de sus padres el gusto por el buen vestir, pero sin pretensiones. Si bien podía ser el sueño de muchas, el mundo, incluyéndolas a ellas, le daba igual. Su vida era un misterio. Amigos, muy pocos, tal vez ninguno. ¿Relación sentimental?, el personal que trabajaba a su alrededor diariamente no se equivocaba: ninguna.

Frente a su casillero abierto, identificado con el número 224, el mismo que siempre había tenido, empezó a despojarse de la indumentaria cotidiana para pasar a la otra, que lo identificaba como médico. Con plena seguridad de sí mismo continuaba en su tarea hasta que escuchó a lo lejos unos pasos apresurados que parecieron detenerse cuando una puerta necesitó ser abierta para después continuar su camino. Kylan seguía en su rutina, lo que fuera, mientras no se cruzara en su camino no le merecía atención alguna…

Pero se cruzó.

Sabedor de que Kylan llegaba bastante antes de su horario de entrada, uno de los médicos residentes de 2do. año del área de cirugía general, llevaba en mano una solicitud urgente para entregarle, requiriendo que una paciente suya en el piso número 6 fuera vista por cualquier médico del área de Kylan, con el gran problema de que no habría a esa hora otro médico que no fuera él, y tendría entonces que hacerle frente al médico que más rumores despertaba en todo el hospital: Un hombre justo, pero que no vacilaba en castigar con severidad alguna indisciplina; aquel que con su sola presencia intimidaba a los estudiantes que acudían diariamente a sus prácticas hospitalarias; aquel que sabía siempre lo que hacía; aquel para quien la impuntualidad no existía, y para quien las excusas eran impensables.

No, no era fácil. Muchos habrían preferido estar frente al diablo mismo, pero no había opciones. Kylan se percató con su visión periférica de la presencia de alguien enfundado en ropa de color azul a su lado derecho que papel en mano lo miraba. Podía oler los nervios en aquel, esos que se dispararon cuando en ese momento paró en seco sus movimientos, levantando los ojos hacia su casillero, sin voltear hacia el otro médico.

Con la adrenalina circulando, el residente, con la voz más tenue que pudo, nerviosamente preguntó:

“¿D-D-Doctor Jefferson?”. Nadie le contestó.

“¿Doctor Jefferson?” -volvió a repetir.

Sin mayores preámbulos y con cierta prisa, Kylan Jefferson contestó con voz clara y autoritaria:

“¿Qué necesitas?”. Acto seguido prosiguió entonces a colocarse su bata blanca encima de su suéter, mientras el estetoscopio y otros aditamentos esperaban su turno. La mirada fija en el fondo de su casillero.

“Perdóneme, sé que no le corresponde aún en este horario que lo importune per…”… -el médico no pudo decir más, al ser interrumpido tan arbitrariamente-:

“¿Qué necesitas?” -Dijo Kylan con un tono de impaciencia ya notorio, pero sin perder la calma. El estetoscopio ya estaba en su lugar, así como su identificación y sus bolígrafos, metidos en la bolsa izquierda de una impecable bata blanca. La mirada permanecía en el mismo lugar.

Armándose de todo el valor posible, el residente le dijo: “Tengo una paciente de 72 años en la cama 601 que operamos hace dos días por apendicitis, pero ayer empezó a hablar incoherencias y desorientarse. No sé qué tenga”.

Sin más la respuesta del Dr. Jefferson fue tajante:

“Pídele exámenes sanguíneos. Subo en una hora. La lista de medicamentos y expediente deberán estar listos para cuando llegue” -dijo mientras cerraba el casillero.

El residente desapareció, seguramente con toda una historia para contar en el almuerzo a sus compañeros de estudio: había sobrevivido a ese encuentro casi extraterrestre.

Tras consumir su desayuno en el comedor del hospital, se dirigió en el elevador al 6to. piso. Algún intento de charla hecho por una mujer acerca de los peligros de estar en un cubo de acero suspendido por cables del mismo material a más de 100 metros del suelo, quedó en la nada: Kylan solo asintió con la cabeza. Sin duda ella también tendría una historia qué contar.

Lista de medicamentos y expediente, así como exámenes sanguíneos, estaban esperándolo. Si esto le produjo algún grado de satisfacción, al ver que su orden había sido cumplida, nadie lo notó. El silencio hecho por los demás residentes durante un instante y la posterior disminución en la intensidad de sus voces ante su presencia le fue más que evidente, pero también intrascendente.

Tras estudiar los exámenes y otros datos del expediente, checó los signos vitales reportados por enfermería de la Sra. Vivian Koles, efectivamente de 72 años, y eran normales, salvo una taquicardia de 105 latidos por minuto.

Pudo darse cuenta al caminar por el pasillo hacia la habitación que el hospital ya había cobrado vida. Reflexionó un instante sobre eso, miró hacia arriba para confirmar el número de cuarto, y entró.

Un breve pasillo en penumbras de menos de 4 metros que culminaba a los pies de una cama donde había un hombre y una mujer de pie, ambos jóvenes, (calculó rápido que no más de 35 años cada uno), con las huellas implacables de una noche de desvelo en su rostro y su cabello, mirando con angustia hacia donde debería estar la cabecera pero que él no podía ver pues la pared aún lo impedía.

Suspiró un instante y acto seguido devoró los 4 metros y entonces vio a Vivian Koles luchando activamente por soltarse de las amarras que tenía en ambas muñecas, a su vez sujetas al barandal, a cada lado de la cama, mientras maldecía y le gritaba hacia unas arañas y otros animales que estaban en la pared a su lado izquierdo, que se alejaran de ella. Kylan y los otros dos solo veían la pared, no había rastro de animal alguno.

Tras el intercambio de saludos esperado la que era nieta de Vivian comentó que su abuela llevaba así poco más de 12 horas, y que por más medicamentos que le habían administrado no había mejorado. Externó su preocupación acerca de que la anciana no había dormido en toda la noche. Había llegado por dolor abdominal al hospital, diagnosticándose en el departamento de urgencias apendicitis, por lo que fue necesario para ella pasar a cirugía inmediatamente, y para después ser trasladada a dicha cama, donde según el cirujano, todo iba bien, hasta hacía poco menos de 24 horas, cuando quien estaba con ella notó que empezaba a decir algunas incoherencias: “le decía a mi tío que le pasara la leche de la mesa cuando ahí no había nada”, dijo la nieta.

“Después preguntó por mi bisabuela Mildred (su mamá), que si ya iba a llegar a verla. No necesito decirle que ella ya no vive, Dr.”. “Nos confiamos cuando a lo largo del día tuvo cierta mejoría, al permanecer por más de 3 horas tan cuerda como siempre y bien orientada, hasta que cayó la noche y esto se volvió un infierno”.
No paró de hablar, de gritar, de maldecir y buscar a gente que está ya muerta o ausente. No sabemos qué más hacer, está desde hace 3 horas luchando por bajarse de la cama y queriendo arrancarse todas las agujas que tiene en sus brazos”.

Tras escucharla, Kylan se dirigió a la puerta y de ahí buscó a una enfermera. Posterior a esto regresó a la habitación y le explicó pausadamente a la joven mujer:

“Tu abuela tiene algo que se llama delirio. Es sumamente frecuente en las personas mayores de 65 años de edad que están en un hospital”.

“¿Y porqué le dio eso?”, -preguntó ansiosa la nieta-.

“No hay una explicación completamente satisfactoria, ni hay manera de prevenirlo completamente. Existen diferentes factores que predisponen a una persona a desarrollarlo, tales como una cirugía; un descenso de potasio en la sangre; estar deshidratado; estar bajo varios medicamentos; tener una hemorragia; tener estreñimiento o tener colocada una sonda para orinar, pero principalmente lo causa una infección, una neumonía” (esto último salió de su boca en un tono más quedo y apretando los dientes).

La enfermera había entrado al cuarto y llevaba una jeringa con un medicamento preparado, cuando Kylan le dijo: “solo un mg. por favor, intravenoso”. Ella asintió ligeramente, buscó el plástico del equipo de venoclisis y luego administró la dosis. Kylan estaba terminando de revisar a Vivian. Acto seguido se lavó las manos y dio por terminado el encuentro con ella.

“¿Qué le están poniendo a mi abuela?”, -cuestionó el segundo cuidador a cargo, con cierto tono de estrés en su voz.
“Es haloperidol, un antipsicótico. Veremos cómo va. Es lo mejor que le podemos ofrecer para intentar ayudarla en este momento. No se ha dormido con lo que le han puesto porque en todo este tiempo solo ha estado recibiendo clonazepam. Típico”. No había ninguna expresión en su rostro, si bien desprendía una tranquilidad que contagiaba a los familiares de la paciente.

Sin mayor demora, la nieta, ansiosa de saber más sobre lo que sucedía, preguntó si el delirio era grave, si sería transitorio o sería permanente.

“No hay manera de saberlo”, dijo Kylan. “Hay una muy alta posibilidad de que sea transitorio y ceda en esta misma hospitalización; en otras personas dura unas semanas y existen aquellos en los que esto se torna permanente y deben estar medicados. Más allá de eso, debo decir que lo realmente preocupante del delirio es que cuando se presenta la muerte está cerca. Espero que sea transitorio, nada más”.

“Creo que está iniciando una neumonía”, -terminó de decir-.

Más preocupada que nunca, ella continuaba: “¿Podemos hacer algo más por ella?”. Mientras asaltaba nuevamente a Kylan este había ido de nuevo a la puerta para pedirle una nueva dosis a la enfermera, que más rápidamente que antes ya estaba administrando.
“A partir de este momento quiero luz encendida toda la noche, y ventanas abiertas completamente durante el día para que la luz del sol también haga lo propio. Quiero televisión encendida durante la noche y en un reproductor la música que le agrade. Necesito visitas familiares constantes que le hagan recordar continuamente. Quiero un reloj entre sus cosas y fotografías de la familia. No deben de darle descanso. Yo dejaré la hidratación y los antibióticos correspondientes, así como el haloperidol con horario. Espero esté mejor”. terminó Kylan.

“Pero eso no me lo permitirán”, -dijo ella-.

“Lo harán”, terminó Kylan, extendiéndole un permiso firmado por su parte. “¿Tienes algo más que preguntarme?”.

“Tengo miedo de que no vuelva a recuperarse, a reconocerme, a hablarme” -dijo ella con la mirada extraviada-.

“Al menos ustedes tendrán una nueva oportunidad” -remató muy suavemente Kylan, como si lo dijera para sí mismo-.

Cuando la nieta alcanzó a musitar “¿cómo?”, y volver en sí, él se había ido. Solo supo de viva voz de la enfermera de piso que ya estaban indicados los nuevos medicamentos y una autorización para trasladar a otro nivel a la abuela, a cargo de los médicos que deberían erradicar la neumonía, y nada más, sorprendida de la rapidez conque se había terminado ese tempranero y benévolo encuentro.

“No te asombres, querida”, -le dijo la enfermera-, “El Dr. Jefferson es así: parece que rehuye cualquier contacto con la gente”.

Lo que la enfermera ni nadie pudo ver, fue la escena que se suscitó en la noche, en la soledad del área de vestidores, cuando Kylan Jefferson se encontraba desprendiéndose y enviando su bata y sus herramientas de trabajo hacia los adentros de su casillero, obteniendo a cambio su bufanda y su gabardina, para dejar de ser (al menos a la vista), el médico que todos conocían. A la par del vaivén de las ropas, Algo en el fondo pareció moverse, quedando al descubierto.

Kylan quedó paralizado, en trance, y segundos después su rostro liberaba una lágrima al mismo tiempo que decía nuevamente las últimas palabras que le había dicho a la nieta de Vivian Koles esa mañana: “Al menos ellos tendrán una segunda oportunidad”.

Las lágrimas empañaron ambos ojos.

Un casillero se cerró de manera apresurada y de mala gana, más por el conocimiento de la situación del mismo que por lo que los ojos mostraban.

Un hombre con los puños cerrados apoyado a cada lado de la portezuela y con la cabeza agachada, pudiendo ver como sus lágrimas caían hasta el suelo. Dolor incuantificable.

Una voz llena de rencor y resentimiento que salió a través de los dientes apretados, casi gritando y repitiendo: “¡Al menos ellos tendrán una segunda oportunidad!”.

Un puñetazo desesperado a la puerta del casillero, y después unos pasos apresurados y furibundos alejándose hacia cualquier parte.

Vivian Koles pasó al área de medicina interna, mejor en cuanto al delirio, lista para luchar por su vida.

Le trajeron todo lo que el Dr. Jefferson solicitó…

Nadie le impidió nada.

(Continuará)…

Dr. Luis E. Zamora.

Médico Internista.

Bibliografía:

J. Gómez, E. García-Camba: Revisión del diagnóstico y actualización en el manejo del delirium; Psicosomática y psiquiatría, 2017;(1)2:42-52.

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Médico Internista, expositor, conferencista, docente y ¡blogger!. Ejerzo desde el 2007. A través de este blog te enseñaré cuan maravillosa es la medicina, y cómo con ella cambiaron y seguirán cambiando nuestras vidas. Las historias que te contaré te acompañarán siempre. ¡Acompáñame en este viaje!.

Autor entrada: Doctor Humano

Doctor Humano
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