Carta al oxígeno (unas palabras para el pilar de nuestra existencia):

Hace más de 2500 años, los griegos hablaban de los 4 elementos como componentes principales de la creación: tierra, fuego, agua, y por supuesto, aire. Palabras que en su momento fueron toda una verdad, suenan bastante burdas hoy, erosionadas por el implacable avance de la ciencia. Sé que mirabas estas cavilaciones, desde cada rincón del mundo, sin comprender el tormento de la lucha por vencer la ignorancia que tienen los humanos. Que para ti hayan sido las cosas muy claras desde el inicio de los tiempos, no significa que lo fueran para nosotros,o para los griegos.

En la tropósfera te alojas, una lujosa morada. A lo largo de sus 10 kms. de altura, habitas como un compañero legendario y generoso, contenido en abundancia. Has visto este mundo desde sus inicios, y permitiste en él el milagro de la vida. ¡Cómo no apreciarte!, ¡cómo no escribirte!.

Hace 3.8 mil millones de años, permanecían en la superficie de este planeta viejos conocidos tuyos: el metano, el amoniaco y las moléculas de vapor de agua, derivados principalmente de la actividad volcánica de nuestra corteza. El sol, eterno compañero de la Tierra, fue puliendo los detalles de la que sería nuestra hermosa casa al desintegrar a dichos elementos, liberándote y permitiendo que tímidamente formaras una capa muy fina en nuestra atmósfera, confiriendo la primera y tenaz protección que tendría este virginal planeta, contra los rayos ultravioleta, flagrante y brusca caricia de nuestro astro rey. El proceso fue sumamente lento, pero fue tu primer paso al frente por la vida. Ahora que he leído tanto sobre ti para poder escribirte, he encontrado en mis días otro motivo para emocionarme; me esperan años hablando de ti a mis estudiantes y a mis hijos.


La atmósfera entonces era riquísima en dióxido de carbono, y contra él luchabas con titánicos esfuerzos, porque en ti estaba nuestra única posibilidad. No te rendiste; fuiste paciente; perseveraste y alcanzaste.

Gracias a la escasa protección contra los rayos ultravioleta que le conferiste a la superficie, proliferaron bacterias que agradecidas, te regresaron el favor, al realizar la fotosíntesis, para lo cual tomaron su cuota de dióxido de carbono, además de luz y agua, para obtener la energía que necesitaban y así continuar viviendo. No tengo que decirte que de ese proceso, el principal beneficio colateral eras tú, el gas más importante para sostener la vida humana: tú, el oxígeno. Pocos trueques en la historia de la humanidad tan rentables como ese: dióxido de carbono para producir oxígeno. Lo compraría mil veces, y con intereses.
Seguiste produciéndote poco a poco, pero si bien una mínima parte escapaba a la atmósfera, una gran cantidad se unía a los minerales de la corteza, minerales compuestos de azufre y hierro, que de manera egoísta te atrapaban, fijándote al suelo, atándote de manos para volar hacia las cumbres, hacia los cielos. Tuviste qué esperar 2,000 millones de años, hasta que llegó aquel día, ese que recuerdas como ningún otro. Ubicado en el tiempo aproximadamente hace 1.8 mil millones de años, esos minerales que te secuestraban colmaron sus manos, y fueron incapaces de seguirte reteniendo. Debieron conformarse con lo que podían cargar de ti y el resto dejarlo ir completamente libre, hacia la atmósfera. Ya nada te detuvo.

El tiempo y los miles de años siguieron su curso, y te estableciste a tus anchas: hoy ocupas el 21% de la atmósfera, y junto con el nitrógeno, que constituye el 78 %, son los gases más abundantes del aire. Ya existes en cantidad suficiente para darle vida a este punto azul del universo. Consumido por el proceso de fotosíntesis y absorbido por el propio suelo, tu viejo rival, el dióxido de carbono, pasó a la historia. En la actualidad, solo compone el 1% de ese aire, junto con unas decenas de gases extra. Se rindió ante la vida.


Cuando alcanzaste una concentración de “solo” 10 % de la actual, con múltiples moléculas acuñadas en grupos de 3, formaste una hermosa capa de ozono. La protección planetaria se redondeó de gran forma y todo comenzó a fluir mejor. Hace 400 millones de años nuestra atmósfera ya estaba lista, hace 400 años lo habías conseguido. La naturaleza orgullosa, te miraba invadir todo a tu paso. Pusiste la alfombra roja, y los manteles largos. Pusiste en bandeja de plata nuestra posibilidad de existir.

Pero aunque hoy es tan sencillo imaginar y razonarlo todo, la verdad es que no siempre fue así. Permaneciste escondido a nuestros ojos durante miles de años, aunque nos acompañabas a cada paso, en cada respiración.

Es 1667 y la teoría del flogisto aterriza en europa. El proceso de combustión hipnotiza y obsesiona a los amantes de la química. La teoría del flogisto es el preámbulo a nuestro encuentro, querido amigo. El flogisto hacía referencia al material inflamable que tenía cualquier sustancia, que al quemarse, expulsaba aire, lleno o saturado de ese flogisto “quemado”. Lo que se incendiaba rápidamente tenía entonces mucho flogisto y lo que no era incendiable tenía muy poco o estaba “desflogisticado” (es decir, no tenía aire qué liberar en el proceso de la combustión).


Joseph Blake demostraría que existían en el aire pequeñas cantidades de dióxido de carbono, cuando dejó libremente algo de óxido de calcio y este terminó convirténdose en carbonato cálcico. El aire (concluyó) era una mezcla de por lo menos dos sustancias distintas: el aire ordinario y el dióxido de carbono.

Estudió a este gas y pudo ver que una vela no puede arder en en un ambiente plagado de él. La vela encendida en el recipiente cerrado se termina apagando, pero cuando sacas todo el dióxido de carbono del recipiente queda algo de aire ahí. Este aire restante sin dióxido de carbono tampoco puede mantener una llama. ¿Qué provocaba esa extinción?.

Mil cosas le cruzaban por la mente; mil callejones sin salida; tramos cuesta arriba llenos de espinas. Joseph Blake no concibió una solución, se le cruzaron otros asuntos y decidió pasar el problema a uno de sus estudiantes. Tu búsqueda (sin saberlo), continuaba.
Daniel Rutherford (imagen de abajo) entonces entró en escena, y realizó su experimento: metió un ratón en un recipiente cerrado hasta que murió, luego en el aire que quedaba encendió una vela hasta que se apagó y lo mismo hizo con un fósforo, que corrió la misma suerte. Tras esto, sacó todo el dióxido de carbono y se dio cuenta que el aire que quedaba no mantenía una vela encendida ni permitía vivir a ningún ratón. Entonces razonó que lo que había quedado dentro del recipiente había sido un aire lleno, saturado, colmado de flogisto, y lo llamó “aire flogisticado”. Hoy conocemos a ese aire como nitrógeno. ¡Rutherford descubrió a tu eterno compañero de atmósfera, el más abundante de los gases que te acompañan!, pero ciertamente, él no te encontró. No pudo hacerlo.


Henry Cavendish, hombre rico y muy aficionado a la química (imagen de abajo), en 1766 nos daría el hidrógeno. Antes de él este gas ya había sido mencionado, pero en honor a la verdad Cavendish fue quien lo estudió a conciencia, de manera sistemática. Nos entregó al elemento más simple conocido y presente en todos los organismos vivos; el más abundante del universo. Una poesía. Con él, “existían” ya 4 gases en el mundo: aire, dióxido de carbono, hidrógeno y nitrógeno, solo faltabas tú.

Llegó al fin Joseph Priestley, gran aficionado a la química, que en los 70’s empezó a estudiar los gases. Sabía que estos eran solubles en agua, y para no perderlos en los experimentos se le ocurrió intentar recogerlos sobre mercurio. ¡Es fascinante como la mente del hombre busca la manera de salir adelante! ¿no te emociona?.

Incansablemente experimentó, y un buen día, en 1770, por azares del destino, se dio cuenta que en la soledad de ese recipiente donde la flama moría y el ratón se asfixiaba, si ponía una planta dentro y lo bañaba con los rayos del sol, el aire restante se renovaba, se refrescaba, la vela continuaba viva y el ratón no moría. Sin saberlo, se había dado cuenta que los vegetales ayudaban a mantener vivos a los animales, al producirte (aunque eso él no lo sabía exactamente). Estabas a un paso de nosotros, y se dio. Pasaron 4 años más, toda una eternidad…

Y entonces llegó aquel inolvidable día: el 1ro. de agosto de 1774. Su recipiente de 12 pulgadas de ancho equipado con lentes reflectoras tenía una cita con la historia. Priestley puso un calcinado de óxido de mercurio en un tubo de ensayo y lo invirtió, colocando el fondo en la parte más alta, calentándolo con los rayos del sol. El calcinado de color rojo ladrillo se transformó en mercurio de nuevo, en color plata brillante, pero la descomposición liberaba un gas que se comportaba extrañamente: Priestley notó que los combustibles ardían en él más intensamente que en el aire, y un carbón encendido se incendiaba al contacto con este misterioso gas.

Lo llamó “aire desflogisticado”, al pensar que como este no tenía flogisto que saturara el aire, por eso era tan bueno para sostener la combustión. Había dado contigo, y reportó sus hallazgos, pero no te dio aún ningún nombre. Un año antes, el sueco Carl Wilhem Scheele había encontrado exactamente lo mismo pero su editor tardó 3 años en publicar sus resultados, quedando el mérito de tu descubrimiento en Priestley, pasando a la historia como aquel que descubrió el ingrediente activo de nuestra atmósfera planetaria: tú, el oxígeno. Una teoría de más de 23 siglos se derrumbó al ser golpeada por el oleaje de la ciencia.

Joseph Priestley concluiría pues, que el aire “no es una sustancia elemental, sino por el contrario, es una composición, una mezcla de gases”. Algo ya tan simple hoy, fue la máxima revelación en ese momento, pero faltaba más.

Frente a Real Academia de Ciencias de Francia, hace ya 245 años, el tiempo, guarda dentro de sí el momento en el que el francés Antoine-Laurent Lavoisier (abajo), presentó los resultados de sus experimentos frente a la Real Academia de Ciencias de Francia, y reclamó ser tu descubridor. Lavoisier llevaba años estudiando ampliamente la combustión, y ya se había dado cuenta de tu vital importancia en ella. Fue entonces cuando Priestley y el mismísimo Scheele le mostraron sus cálculos y se dirigieron a él, no quedándole a Lavoisier otra opción que aceptar que otros se le habían adelantado, y no sin antes darse el lujo de ponerte el nombre por el cual todos te conocemos: “oxígeno”.
Ese nombre que procede de las palabras griegas oxys (ácido) y genos (generación), te fue dado por él ya que él propuso la teoría de que en una sustancia química haces que esta se vuelva ácida, y en aquella época se sabía que todas las sustancias con carácter ácido contenían oxígeno. Aunque no obstante se mostraría después que no siempre es así, qué más da, hay un halo de romanticismo rodeando a la ciencia todo el tiempo.

Hoy, el misterio se ha ido. Te hemos estudiado completamente y ya no solo vives en la atmósfera, sino en las entrañas de todos los hospitales o áreas que brinden una atención de urgencia. Hemos logrado atraparte en tubos y tanques metálicos enormes para ofrecerte como tratamiento, a aquel paciente que te necesita.

Hemos estudiado tanto de ti que prácticamente no guardas secretos. Has atravesado las fronteras del conocimiento, adaptándote a tus entornos, pero sigues siendo el mismo.

Fuiste la última esperanza de aquellos que, afectados por la gran pandemia de influenza, se aferraron a la vida a través de ti, y aunque no pudiste evitar la tragedia, junto a la aspirina lo intentaste. No eras ni eres la solución a muchos problemas; que a una persona le cueste respirar no significa que eres el remedio; hay un punto en la pelea contra las enfermedades en donde estás destinado a fracasar, un round en donde serás vapuleado sin piedad y estarás a punto de rendirte, y entonces nosotros los médicos colocaremos un tubo a través de la boca y la garganta del enfermo, y te daremos otra oportunidad, (una gran oportunidad), para que vuelvas a llenar esos pulmones y los mantengas con vida, de la mano de la tecnología y respiradores computarizados, que a altas concentraciones te harán entrar en ese ser humano al borde de la muerte, permitiéndole sobrellevar la tormenta mientras resolvemos los problemas desencadenantes y déjame decirte, que muchas veces tendremos éxito.

Compañeros permanentes y atemporales, luchas contra el dióxido de carbono cuando este inunda la sangre de una persona, pudiendo provocarle la muerte. Con solo abrir una válvula dispensadora, fluyes hacia los pulmones de él o ella, sacando de la sangre a tan mortífero gas, revirtiendo los síntomas. Luchas con todas tus fuerzas, defiendes tu territorio diciendo: “una vez me superaste, hace millones de años, pero ya no más”, condenándolo a ocupar nuevamente su sitio atmosfético, su “mísero” 1 %. Con todo, se saludan en cada respiración, en el alvéolo, cuando se ven pasar uno al otro en sentido contrario. Tú entras, y él sale, siempre.
Eres insustituible para los fumadores que dañaron irreversiblemente sus pulmones. Les has dado años de vida. Rostros azulados recuperan vigor y color, y el cerebro vuelve a coordinar ideas. Es como magia.

Tu ausencia es tragedia; es la muerte. Tu presencia en nuestro cuerpo va ligado extensamente a las moléculas de hemoglobina, tu transporte en nuestra sangre, danzando a cada segundo en ese torrente, desde hace miles de años.

El camino hacia ti fue tan arduo, que lo menos que puedo hacer ya en este momento es sonreír cuando me topo contigo en un pasillo, en una cama, o en un tanque.

Habitante insustituible de la atmósfera, hay ocasiones en donde las palabras no alcanzan, y esta es una de ellas. Solo te aseguro que nunca te irás de nosotros, porque si aún sin conocerte nos mantuviste vivos, hoy que nuestra relación es tan estrecha, ya somos inseparables.

Viste cada piedra de este planeta desde sus inicios, y ello despierta tanta fascinación en mí, que me encantaría poder hablar contigo, y preguntarte, y hablarte y volverte a preguntar; tanto, que ojalá respondas alguna vez, esta carta.

Te estaré esperando.

Dr. Luis E. Zamora.

Médico internista.

Asimov, Isaac: Breve historia de la química; Alianza editorial 2008.

John Cartwright: Del flogisto al oxígeno.

Herradón, Bernardo: Lavoisier y el oxígeno (1776); Los avances de la química.

¿Cómo se formó nuestra atmósfera?; Muy interesante (preguntas y respuestas) 2016.

Portillo, Germán: 5 capas de la atmósfera; Meteorología en red 2017.

Imágenes: Google.

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Médico Internista, expositor, conferencista, docente y ¡blogger!. Ejerzo desde el 2007. A través de este blog te enseñaré cuan maravillosa es la medicina, y cómo con ella cambiaron y seguirán cambiando nuestras vidas. Las historias que te contaré te acompañarán siempre. ¡Acompáñame en este viaje!.

Autor entrada: Doctor Humano

Doctor Humano
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