Recuerdos Mortales (Médico en el tiempo # 5):

El encuentro con Cara había dejado pensativo a Kylan: tal vez había ido demasiado lejos. Permaneció en este juicio interno por unos minutos, más pensativo que de costumbre, mirando fijamente el botón del piso señalado en el elevador, saliendo de su trance ante el sutil movimiento de detención y el apagado del tablero electrónico, asociación que le indicaba que había llegado a su destino, como lo hiciera 10 días antes. De nuevo frente al cuarto # 601, donde Vivian Koles seguía luchando titánicamente, tratando de arrancarle a la existencia más que “solo” 72 años. Debido a la edad, su posición estática acostada y los líquidos administrados se había hinchado lo suficiente para que sus venas desaparecieran y fueran rebeldes a ser canalizadas. El acceso de los antibióticos al cuerpo pendía de un hilo. ¿El agua intravenosa?, imposible recibirla; a deshidratación amenazaba con empeorarlo todo. Una mala combinación se cernía sobre ella.


El Dr. Howard Foster, jefe de Kylan, lo llamó para pedirle que acudiera a resolver el problema cuanto antes. Era un hombre perfeccionista, y esquivo de los problemas. No podía tolerar que en un mundo donde las enfermedades causaban los suficientes problemas, todavía hubiera que agregarle otras que podían evitarse siendo lo suficientemente previsivos. Howard era una de las escasas personas para las que Jefferson siempre estaba, por lo que la charla resultó un mero trámite: la promesa de dirigirse a la brevedad hacia el hospital, estaba hecha. Se despidió reiterándole su confianza y agradeciéndole su ayuda. “No hay problema”, fue lo único que Kylan dijo antes de colgar. Se quedó pensativo un momento; después apagó la televisión y tomó algo de ropa. No llevaría bata pues no era su horario. Cara Woodstock lo conocería con una camiseta color negro, y unos jeans azules. Los zapatos casuales color negro encajaban a la perfección.


Pidió un catéter venoso central a la enfermera, quien sorprendida de verle a esa hora en piso, tardó unos segundos en procesar lo que estaba sucediendo. Kylan necesitaba llegar a la vena subclavia derecha de Koles, para poder garantizar que los suministros necesarios a ese cuerpo en decadencia no faltaran. Todas las cosas llegaron en 15 minutos: el catéter; una bata estéril, guantes, anestesia, jeringas, agujas, un equipo de sutura y dos campos estériles para tener todo a salvo de la contaminación bacteriana.

Tras los saludos de cortesía con la nieta de la sra. Koles, con la asistencia de la enfermera, empezó su proceso: colocó metódicamente una toalla enrollada entre los omóplatos de Vivian, para echar cabeza y hombros hacia atrás; midió con su mano izquierda la clavícula derecha y lavó toda la región con isodine; luego ubicó la unión del tercio medio con el tercio interno del hueso y esperó unos minutos, después anestesió. Vivian tenía una mejoría relativa en relación a aquel día en que la conoció, incluso el delirio había desaparecido, pero su esfuerzo respiratorio no era tan bueno. Misterios de la naturaleza: sus exámenes, su medio interno, estaba intacto, sin anormalidades qué corregir, pero su aspecto exterior era lo que mandaba el mensaje claro de que esto no había terminado, y que según la casa de apuestas, iba perdiendo su apuesta, su vida. Muy en el fondo Kylan había generado aprecio por la anciana, pues en el ir y venir de sus días se enteraba de la evolución, de manera discreta. Ante la llamada no dudó en acudir.

La miró fijamente, mientras el anestésico local hacía efecto, y cayó en la trampa: una que sin consideraciones golpeó fuertemente el único punto débil de Kylan: sus recuerdos, que sin más, empezaron a fluir. Sus manos, diestras con lo aprendido durante tantos años, continuaban automatizadas realizando la tarea, tomando la jeringa con la aguja lista, cargada con 3 cc de solución salina, para atravesar la piel y llegar a la vena subclavia. Mientras, su mente se fugó hasta llegar a aquella época en su vida donde tenía 7 años, reviviendo la escena de la cochera de la casa de su madre cuando su juego de baloncesto fue suspendido tras el último lanzamiento a la canasta, al ver llegar a su abuelo. El balón tomó una dirección aleatoria… a nadie le importó. Eran las 6 de la tarde.

“Abuelo: ¿dónde está papá?”. -preguntó mirando al viejo, con la inocencia pura del niño que era-.

El hombre, que aparentaba completa serenidad pero llevaba el corazón destrozado, contestó: “Hoy no llegará, hijo, ha sucedido algo muy malo“, mientras desviaba la mirada hacia cualquier lado, luchando por mantener el control.

Kylan lo miraba atento pero sin entender nada; los focos de alerta de su ser se habían encendido, al ver que el hombre tenía los ojos a punto de estallar en lágrimas. El abuelo prosiguió:

“Ha sucedido un accidente. Parece que tu papá…”…

No pudo continuar. El silencio lo invadió todo.

“¿Ha muerto papá?” -interrumpió Kylan preguntando con gran ansiedad a la par que sus manos permanecían atrapadas una con la otra a nivel de su pecho.

El abuelo se arrodilló y lo abrazó fuertemente. La estampa generada en la cochera de los Jefferson era desgarradora. Las lágrimas caían ya por el rostro del padre que había perdido a su hijo de manera abrupta, pero que haciendo un enorme sacrificio sabía que debía ser fuerte para sostener a su nieto, que también lloraba. El hombre se separó de él y quedaron frente a frente. Solo el brazo derecho de él estaba posado en el izquierdo de Kylan. Miradas mutuas, erguidas, llenas de dolor.

“Sí hijo. Ya no está entre nosotros” -le dijo claramente, como si también lo dijera para sí mismo, perdiendo al final de la frase toda su entereza, asintiendo con la cabeza, con la mandíbula temblando, invadido por la desesperación, a sus 57 años. Una nueva avalancha de lágrimas. Kylan seguía atónito.

“¿No volveré a verlo, abuelo?”…

El hombre no tuvo capacidad de respuesta, y apretó a su nieto contra su pecho. No podía contener el dolor de su alma. Había entrado al terreno en donde se dudaba capaz de soportar su tormento. Tratando de mantenerse en pie, lidiaba con todas sus fuerzas y experiencia con el dolor que lo destrozaba, pero no le alcanzaba. En cada último momento, cada vez que llegaba al punto de quiebre más hondo, ese donde sentía que se rendiría, se aferraba a Kylan y al que ya era su objetivo más importante: preservar a su nieto. No permitiría que la vida doblegara ese tierno tallo; no lo permitiría así viviera un infierno por dentro. El niño no; el niño era intocable.
“Algún día, mi niño, lo volverás a encontrar, y yo… nunca te abandonaré, te lo prometo”.

La promesa forjada en medio de la tragedia y el dolor alcanzó la incandescencia y el lazo tan fuerte que los unía se volvió indestructible. Inevitablemente, los servicios funerarios se llevaron a cabo, y más allá de su madre, el hombre estuvo a su lado cuando Kylan se despidió para siempre de su padre, viéndolo por última vez a través del frío cristal del ataúd que sería su última morada. Lloraron juntos, aunque ya menos el abuelo. Tomados de la mano, se dijeron todo con un apretón cuando el sarcófago descendía. En el otro extremo, la madre de Kylan con la mirada fija en su esposo, recibía el abrazo y las lágrimas de una de sus hermanas. El hombre permaneció entero, había tomado la determinación de hacer fuerte a su nieto, y su palabra era una ley suprema. Lo llevaría a cabo siempre.

Las manos continuaban haciendo su trabajo, y la mente se daba el espacio para recordar porqué estaban realizando el procedimiento, un escape momentáneo del dolor del pasado. Kylan había hecho el procedimiento innumerables veces. Era un experto. Los tiempos en donde encontraba dificultades con ello eran historia.

La aguja penetró cuidadosamente la carne de Vivian Koles buscando la sangre roja oscura de la vena, dirigiéndose tras chocar con la clavícula, un poco hacia abajo y luego hacia adelante, hacia el área supraesternal, a la par que Kylan succionaba, buscando la primera pista hacia el éxito, que no tardó mucho. El agua salina se convirtió en sangre, y por un momento, Jefferson sonrió, retirando la jeringa, dejando la aguja goteando lentamente. La vena estaba lista. Con pulso milimétrico tomó la guía metálica y la introdujo por ese orificio, hasta que más de 20 cms. después, se detuvo antes de que los últimos desaparecieran de su vista. La aguja salió, la guía metálica se quedó.

Su mente viajó de nuevo, ahora hasta sus 16 años, hacia una tarde en la que fuera recogido de la escuela por su abuelo. Ya no había heridas, solo cicatrices.

“¿Qué tal tu día, hijo?” -lo abordó su abuelo.

“Mal. No me aceptaron en el equipo de fútbol de la escuela. Dijeron que no tenía el físico necesario” -dijo Kylan con tono enfadado.

“No sabía nada sobre que a ti te gustaba el fútbol; ¿qué es lo que no me estás contando?” -dijo el abuelo con toda la calma del mundo, siempre sonriendo. No había detalle que se le escapara nunca. Kylan enrojeció.

El niño perdió su vista a través del cristal de la ventanilla y el hombre le dijo: “¿Es una chica verdad?; querías entrar al equipo para impresionarla, ¿no es así?; pues bien, déjame decirte que hace muchísimo tiempo intenté hacer algo parecido”, dijo el abuelo, y una sonrisa con una negativa constante de cabeza que reflejaban todo el amor que alguien puede tener por una tontería de juventud surcó su rostro. Un suspiro completó el cuadro.

Kylan miró al hombre sorprendido y con los ojos bien abiertos le preguntó: “¿Y resultó?”.

Elliot Jefferson no vaciló en responder, cambiando el tono de su voz hacia algo despreocupado y jovial: “bueno, en realidad sí, aunque no como lo imaginas. A mí tampoco me aceptaron en el equipo y tampoco logré impresionar a nadie, pero a cambio unos días después conseguí un trabajo de medio tiempo en una compañía de bienes raíces que ya nunca dejé, y que a la larga me convirtió en dueño de mi propia empresa”.

“Unos años después conocí a tu abuela y el resto ya lo sabes: Tu padre llegó y con más años de por medio, tú también lo hiciste. Si algo me enseñó la vida es que todo sucede por una razón siempre, así que no te preocupes tanto por el momento, pasará lo que tenga que pasar cuando tenga que suceder, ¿de acuerdo?” – dijo Elliot antes de arrancar la camioneta rumbo a casa de su nuera.

“Sí, abuelo, de acuerdo” -dijo el niño ya con su vida resuelta, de la manera en que solo Elliot lo podía conseguir. Kylan lo amaba.

La propuesta de Elliot lo tomó por sorpresa:

“Tengo un viaje la próxima semana a Nueva York y pensaba que si tu mamá te daba permiso podríamos irnos a recorrer la 5ta. avenida y darnos una vuelta por el estadio de los Yankees, pasear por Central Park, entre otras travesuras, mi querido nieto. Me sobra un boleto de avión, ¿te gustaría venir?” -dijo el abuelo como si todo hubiera sido producto de la casualidad, aunque por supuesto no era así.

“Pero, ¿y la escuela?”, -replicó Kylan un poco desconcertado-.

Guiñando un ojo, Elliot le dijo: “Ya se nos ocurrirá algo, como siempre. Nada que el alumno más sobresaliente de la clase no pueda resolver esta vez, ¿o no?”. La sonrisa del viejo fue correspondida también con cierta malicia en los ojos del niño. Su madre era estricta, y lo adoraba; le inculcó el amor a su padre y a través de sus palabras el recuerdo permaneció vivo, enaltecido, llenando de orgullo y a la vez de lamentos el corazón del niño, anhelando haberlo tenido toda la vida consigo. Por momentos los recuerdos permitían sonreír. Desde la primera noche que se quedaron solos, antes de dormirse le dedicaba unas palabras a su fotografía, esa que mostraba a un hombre sonriente con su hijo en sus hombros, que también sonreía.

El dilatador de plástico duro y flexible entró deslizándose por el camino que la guía le mostraba, quedando profundamente insertado hasta donde la piel le impidió, para luego ser retirado y por ese sendero completamente abierto el catéter venoso se deslizó sin mirar atrás. “Eras un travieso, Seldinger” -pensó Kylan recordando al hombre que en algún momento del tiempo inventó la técnica que él estaba haciendo. Una vez puesto el catéter el enfermero le proprocionó el litro de solución salina conectado al equipo de venoclisis para llevar a cabo la prueba del retorno venoso, la cual fue positiva. Segundo paso hacia el éxito. El nuevo requisito que Vivian Koles debía cumplir para seguir viviendo estaba hecho. Era la 01:00 hrs. de la madrugada del sábado, y la mente viajó por última vez, mientras se retiraba los guantes y la bata estéril a la par que le decía a los familiares de Koles que todo había salido bien.

La madre de Kylan, quien siempre había sentido por su suegro un profundo respeto, y vivía eternamente agradecida por el apoyo que siempre les otorgó desde el primer día, no pudo negarse a ceder a la petición que Elliot le hizo por su hijo. Sabía que el lazo entre ambos era irrompible y que más allá de ella, no había nadie más que pudiera cuidar tan bien a Kylan.

El juego de béisbol lo disfrutaron enormemente, aunque los Yankees perdieran: Hot-dogs, gorras, bebidas, gritos. Caminaron por la 5ta. Avenida de Nueva York por la noche, tal como Elliot lo había ofrecido, maravillándose el joven por la cantidad y la diversidad de gente que la transitaba. Subieron al Empire State, y en el ferri pasearon hacia la estatua de la libertad. Cada sitio lo complementaba el abuelo con su inagotable experiencia y sabiduría. Durante años viajaron a diferentes partes del mundo, debido a sus negocios. Elliot era sumamente feliz. A través de su nieto sentía que su hijo estaba vivo, y cada momento lo gozaba por partida doble. El chico había resultado ser el mejor compañero de viaje posible, y también lo amaba. Era su motivo de existencia. Kylan lo ancló a esta vida con la fuerza gravitatoria de mil galaxias.

Las semanas, los meses y los años transcurrían, llenando de color un paisaje que unos años atrás había estado al borde de la extinción.

La relación entre el abuelo y el nieto era perfecta, maravillosa, única, increíble…

La vida les había dado la oportunidad de coincidir en una misma época y trascender en el corazón de cada uno, dándose la fuerza para salir adelante juntos cada día en este mundo. Afortunados, así lo entendieron, y se fusionaron. Estaba todo listo, solo había qué vivir…

Pero el destino tenía otros planes…

(Continuará)…

Dr. Luis Enrique Zamora.

Médico Internista.

Juan de Dios Díaz-Rosales: Procedimientos en cirugía. Colocación de catéter subclavio. Abordaje infraclavicular; rev.fac.med. vol.56 no.4 Bogotá Oct./Dec. 2008.

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Médico Internista, expositor, conferencista, docente y ¡blogger!. Ejerzo desde el 2007. A través de este blog te enseñaré cuan maravillosa es la medicina, y cómo con ella cambiaron y seguirán cambiando nuestras vidas. Las historias que te contaré te acompañarán siempre. ¡Acompáñame en este viaje!.

Autor entrada: Doctor Humano

Doctor Humano
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