Taller de cuerpos (Médico en el tiempo # 7):

El café, humeante y caliente, respondía a la cita diaria. En la sala de espera afuera de la oficina del Dr. Holmes, Kylan Jefferson esperaba a Jeremy Kenneth, habiéndose tomado unos minutos de anticipación al encuentro para deleitarse con la bebida, tal como Elliot (su abuelo), lo había enseñado: “sorbos cortos y firmes, no hirviendo; no hay necesidad de sufrir”. Cada uno de esos sorbos le hacían pensar que existir estaba más que justificado. Rehusó sentarse.

Le parecía increíble cómo habían sucedido las cosas: súbitamente protagonizaba un papel de anfitrión que no le agradaba, con un huésped intratable. Como fuere, las sensaciones del día anterior habían menguado un poco, lo que hacía el presente más llevadero. Sus pasos lo llevaron a recorrer toda la sala, para culminar el recorrido en el marco de la puerta, saliéndose por un par de pasos de la sala de espera, viendo hacia el fondo del pasillo donde estaban los elevadores y el acceso a las escaleras, por donde 24 horas antes su próximo acompañante había desaparecido. La canción que silbó el inglés aún era un misterio para él.

Los pensamientos continuaron hasta que el timbre del elevador anunciaba su detención. Las puertas se abrieron.

El café fue detenido poco antes de recibir un nuevo sorbo, mientras Kylan abría los ojos más de la cuenta sin creer lo que veía: “¿Qué demonios?” -se dijo así mismo en voz alta.

Kenneth salió del elevador caminando hasta el medio del pasillo mirando hacia el frente y al llegar ahí, se detuvo. Giró su cabeza hacia la izquierda, viendo a Kylan en el fondo y luego giró su torso. Una sonrisa se dibujó en su rostro. Acto seguido miró hacia abajo para cerciorarse de que sus ropas estaban en perfecto orden. Un tirón hacia abajo por adelante y por atrás, un vistazo a ambas mangas y la certeza de un par de bolígrafos en la bolsa de su pecho izquierdo. Todo estaba listo. La bata médica con un blanco impecable y excelso planchado anunciaba por encima de su corazón el nombre del “Dr. Jeremy Kenneth”, que a paso firme, como siempre, se dirigía a Kylan.

Este suspiró, y después dejó sus hombros abajo, rendido por unos instantes ante lo que parecía ser otro encuentro insoportable, con su ridículo huésped.

“¿Qué significa esto, Kenneth?”, le preguntó cuando lo tuvo a 4 metros de distancia. Jeremy contestó aún en movimiento, terminando de hablar justo en el momento en que se detuvo frente a él.

“Gracias, sé que me sienta muy bien el atuendo; si lo hubiera notado antes tal vez habría estudiado también medicina, aunque pensándolo bien mejor no, valoro mucho mi tiempo como para permanecer más de 9 años en una sola cosa”, -dijo Jeremy mientras se aseguraba que el nudo de su corbata estuviera en su sitio, azul por supuesto.

Kylan apuró el café y entrando de nuevo a la sala, dejaba el vaso en la basura mientras se decía con voz neutra: “acabemos con esto”. Luego, salió y tras detenerse frente al millonario, levantó su mano izquierda indicándole a Jeremy que podía empezar a caminar. Ante la pregunta de Kylan sobre cuál área le apetecía más conocer, un “todo aquello que consideres relevante, Jeffersonr; podemos empezar por este piso”.

A pesar del malestar que le generaba toda la situación, Kylan vaciló unos segundos ante tal respuesta; jamás había hecho algún alto en el camino para reflexionar sobre lo que sentía por el lugar al que había llegado hacía tantos años. Remover sus sentimientos no era algo que hiciera muy a menudo, y entonces al analizarlo, encontró esta oportunidad más que interesante. Cambió de planes: dejó la medicina de lado, después de todo, tenía la autorización del director del hospital para estar realizando dicha tarea, y entonces aprovecharía la oportunidad de hacer algo distinto a lo que hacía todos los días. Tomando de nuevo el control de la situación, señaló la ya tan familiar sala de espera para ambos, y con la mirada extraviada, pudo ver al joven Kylan Jefferson con correcto traje y corbata negro y camisa blanca esperando con carpeta en mano y el cabello mucho más corto que en la actualidad, por el llamado de una entonces distinta recepecionista. “Aquí venimos todos los que deseamos ingresar a este hospital para hacer una especialidad; no es sencillo, somos varios aspirantes y es imposible que todos consigan un lugar”, dijo Kylan.

Con una seriedad inesperada, Kenneth preguntó: “¿Te consideras afortunado?. “Si no hubiera sido aquí, habría sido en cualquier otro lado, te lo aseguro”. Un gesto de aceptación con los labios hacia abajo del millonario, asintiendo levemente, dieron por bueno el argumento del joven médico, que sin más agregó: “continuemos”.

Pasaron por el auditorio, vacío a esas horas. El lugar en donde los diferentes médicos ya a cargo de pacientes y los estudiantes de especialidad y otros más jóvenes, confluían diariamente para contribuir al proceso formativo de todos. Entraron en él, dominando la vista los plegados asientos levemente acolchados en color verde, que le daban cabida aproximadamente a 200 personas cuando estaba a tope; un gran auditorio. Con la arrogancia del más sabio del mundo, Jeremy caminó a paso lento escudriñando cada centímetro y asiento del recinto, hasta llegar a pararse al frente, exactamente en la mitad, haciendo algunos comentarios médicos sin sentido alguno, como si estuviera disertando a los alumnos. “Y así es como se realiza un trasplante de cerebro, ¡aplausos!”, dijo, haciendo inmediatamente una reverencia con una sonrisa burlona, mientras él mismo se obsequiaba múltiples palmas. Kylan llevó los ojos hacia arriba para después mantener la cabeza mirando hacia su lado derecho, como si cruzara miradas con alguna otra persona que pensara lo mismo que él: que Jeremy estaba loco.

Posteriormente, Kylan lo llevó al área de urgencias, en el mismo piso. Para Jeremy no pasaría inadvertida la manera en que los estudiantes y resto del personal miraban al médico: respeto, temor o incluso admiración desprendían los múltiples seres humanos que pasaban a ambos lados de ellos. “¿Tienes tu historia en este lugar, no Jefferson?”, susurró con el más incisivo acento británico posible, y Kylan se puso a la defensiva al instante, sin decir nada. Nuevamente el millonario lo estudiaba más allá del físico, abstrayéndose unos segundos, para luego salir de él al encontrarse con sus pies dentro del área más crítica del hospital. Sus ojos se abrieron, y nada pudo impedir que fuese notoria la excitación y la curiosidad que lo embargaban, sorprendiendo incluso a Kylan.

El ruido de un par de ambulancias que llegaban, provocó que un médico diera la orden a su equipo para prepararse ya que venía una persona politraumatizada. Dos camas a la derecha una enfermera tomando una muestra de sangre, y más allá un par de médicos jóvenes tomando los datos de ingreso de otro paciente, cumpliendo con la revisión de rutina. Se notaba la celeridad del sitio. Camuflado con su impecable bata y su arrogante actitud, Jeremy recorrió las diferentes camas una a una, mirando rápidamente a los ojos a quienes estaban ya uniformados como pacientes, con sus respectivas batas, así como a los médicos y el resto de personal. Nunca tocó nada. En el medio del lugar, apoyado en el mostrador de el núcleo central de enfermería, Jefferson lo miraba, preguntándose qué era lo que pasaba por su mente. De manera inesperada, un grito anunciando un paro cardiaco en la cama 2, enfermeros y carro rojo corriendo en dicha dirección, viendo Jeremy como de manera rápida se aprestaba uno de los estudiantes de especialidad a intubar al infortunado paciente para después ordenarle a otro iniciar las compresiones torácicas que combinarían con adrenalina y otros medicamentos tratando de devolverle la vida a quien estaba por perderla. El millonario miró a Jefferson y este solamente negó con la cabeza, haciendo evidente que el paciente no lo conseguiría, a la par que le indicaba con otro gesto cefálico que lo siguiera.

“Tiene cáncer terminal Kenneth; está atado a este mundo con alfileres a través de múltiples medidas médicas. Le llegó su hora y creo que ha sido lo mejor”. Jeremy guardó silencio, mirando fijamente al suelo, con los brazos cruzados. Kylan le explicaba que el área de urgencias permanecía siempre abierta, trabajando cada vez con menos recursos desde la gran recesión internacional que no había dejado a Canadá libre de daños, hacía 5 años. “Debe ser muy difícil tener la vida de una persona en tus manos”, le dijo Jeremy. “Sí y no, porque finalmente nos entrenamos para esto. Nadie sabemos qué pasará por esa puerta. Viene diario mucha gente y no podemos saber con certeza cuál historia saldrá mal, de tantas que registramos. Es un hecho que no todos sobreviven”, dijo Kylan tan pensativo como su invitado, parecía que el mundo había dejado de existir para ambos.

El británico rompió el silencio: “¿Y no puedes predecirlo?”, dijo con auténtica curiosidad.

“No precisamente. Con lo que hasta hoy sabemos tenemos escalas, clasificaciones que nos orientan a determinar la gravedad de cada caso, y en general son bastante confiables, pero siempre hay alguien que nos sorprende, es casi una ley”, contestó Kylan honestamente.

Subieron un piso, y pasaron por los quirófanos, a donde Jeremy decidió no entrar, aludiendo una enorme pereza para cambiarse de ropa. Decisión que incluso agradó al médico. Si bien no entraron al quirófano, Kenneth abordó al médico con diferentes preguntas y aseveraciones, incluyendo aquella que popularmente se sabía era parte del día a día de la población civil: “Debe de ser increíble abrir un cuerpo, extirpar la enfermedad, cerrar y luego ver como esa persona consigue volver a casa caminando”.

Kylan lo miró mientras escuchaba, y devolvió después la vista hacia el anuncio arriba de las puertas que plasmaban la palabra “Quirófano”; meditó un momento y con una voz agotada y desgastada, como si frecuentemente diera respuesta a ello, dijo a su invitado: “Es una hazaña para la medicina y para la ciencia que la respalda poder abrir un cuerpo, retirar o reparar aquello que está mal en unas horas y luego sacar del quirófano al paciente casi siempre despierto, para enviarlo de regreso a su cuarto; esto es impactante para la gente y ha distorsionado la imagen de este trabajo para muchos, ya que piensan que la verdadera medicina es esa, menospreciando la que ocurre fuera del quirófano, en un consultorio o frente a la cama del paciente. Igual desprecian la acción de unas tabletas o una inyección. Todos los días, con los tratamientos administrados, se libran batallas incomparables, desesperadas y heroicas dentro del mismo cuerpo que se opera. El quirófano es un complemento muy complejo, de un todo llamado medicina, nada más”.

Jeremy al principio no lo miraba, pero a medida que la respuesta fue avanzando entendió la profundidad de la inesperada reflexión de Kylan. Cuando este terminó, rápidamente miró de nuevo en dirección de los quirófanos asintiendo levemente, para después romper el silencio con un “Tienes tus momentos, Dr. Kylan”. El médico se sorprendió de la ausencia de sarcasmo en la respuesta del millonario, y siguieron caminando. “Ven, te mostraré a que me refiero”, dijo con un tono más cercano a Jeremy del que había manejado antes. Parecía que se generaba una confianza.

Kylan continuó pensativo y Jeremy mirando curiosamente todo a su alrededor. Ya no le importaba la bata blanca que poseía, estaba realmente encantado con la oportunidad que estaba teniendo de recorrer las entrañas del hospital. Cruzaron una mediana sala de espera llena de gente que aguardaba por las noticias de sus familiares que eran operados en ese momento. Algunos a solas y otros en mutua compañía con las más diversas rutinas para matar el tiempo: Smartphones, periódicos, crucigramas, o simplemente mirando a su alrededor. La máquina expendedora de golosinas y refrescos era visitada de cuando en cuando, entregando lo que se le requería sin fallo alguno; a pesar de los recortes presupuestales, seguía siendo Canadá. La pantalla con los datos de cada paciente y el estatus actualizado de su atención, ya fuera “en cirugía o en recuperación”, cambiaba ocasionalmente, despertando reacciones de alivio en aquellos afuera del quirófano.

Tal como sus pasos lo habían llevado desde la calle hasta la oficina del Doctor Holmes el día anterior, ahora los pasos de Jeremy Kenneth se detuvieron antes de que él pensara que debían detenerse. Por un instante se sorprendió, sobre todo al darse cuenta que Kylan y él estaban bajo el letrero que generaba un respeto inmediato: “Terapia Intensiva”. Jeremy miró a su guía, y durante unos segundos no hubo necesidad de más palabras. Kylan rompió el momento y tomando un par de batas estériles de la repisa junto a la entrada, le dio una a su acompañante mientras le decía:

“Esta es la última oportunidad para muchos. El terreno tortuoso y espinoso donde nos atrincheramos con todo lo que sabemos para tratar de arrancar de las garras de la muerte a nuestros pacientes. Obstaculizamos todo lo que podemos el inminente momento mientras al mismo tiempo intentamos pasar a la ofensiva y revertir las alteraciones que los traen aquí. Es el límite de la ciencia médica: aquí confluyen los avances tecnológicos y la medicina moderna. No hay más”.

El inglés estaba nervioso, ya no quedaba sarcasmo ni burla. Mucho menos sonreía. Una vez dichas aquellas palabras, Kylan, que muy diestramente se había colocado la bata, ya había desaparecido por la puerta, adentrándose en el más desafiante lugar del que disponía la medicina para pelear contra la muerte.

La mirada de Jeremy cayó hacia la bata de tela azul que habitaba en su mano derecha, y finalmente, se la colocó, para seguirlo.

Sus pasos entonces lo llevaron hacia esa transitoria y enigmática morada de la muerte, que seguramente caminaba entre las 20 camas disponibles de la Terapia Intensiva, del Hospital General de Toronto, aunque seguramente en ese momento, no tendría interés alguno en ocuparse de él.

(Continuará)…

Dr. Luis Enrique Zamora.

Médico Internista.

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Médico Internista, expositor, conferencista, docente y ¡blogger!. Ejerzo desde el 2007. A través de este blog te enseñaré cuan maravillosa es la medicina, y cómo con ella cambiaron y seguirán cambiando nuestras vidas. Las historias que te contaré te acompañarán siempre. ¡Acompáñame en este viaje!.

Autor entrada: Doctor Humano

Doctor Humano
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