Corazón de acero (gracias, Tommy):

El mundo entero ha caído sobre sus espaldas, sobre sus piernas; la frescura y entereza que había en el hace más de 3 horas se ha ido. Cada extremidad de su cuerpo desafía lo humanamente conocido y pesa al menos una tonelada. El cansancio es artero, ruin y despiadado, lo invita a renunciar, a dejarlo todo a cambio de terminar con la tortura que está viviendo, recompensa raquítica que a él le sabe a nada. De la parte delantera de su visera se desprenden las últimas gotas de sudor y el agua que refrescó sus cabellos segundos antes, y sus pasos continúan aún con ritmo, pero con la amenaza latente de un calambre que podría terminar con el sueño, pero…

Faltan 2 kms., y el final se acerca. Su voluntad inquebrantable lo llevará a terminar la proeza y hacerse acreedor a una hazaña que contará para siempre, es consciente de eso, y llora; el alma se parte, y llora. Las lágrimas ruedan por su cara sin control. El rostro se descompone continuamente por las gesticulaciones que provocan las emociones desbordadas, empujadas por el incondicional aliento de la gente, aquellos que tal vez admiran a los valientes que buscaron probarse a sí mismos, aquellos que tal vez piensan que son incapaces de tan titánica demostración de voluntad, pero él no; él,  mucho antes ya, se convenció de que podía hacerlo, TENÍA QUÉ HACERLO, y lo hizo. Los lentes oscuros deportivos le dan algo de privacidad, pero las lágrimas son públicas. Como autómata, repetidamente se toca el pecho  y da gracias a Tommy por ese día, por todo. Con todo el respeto y el cariño de aquel que se dirige hacia quien considera intocable, sagrado, lo arenga por un último esfuerzo para conquistar la cima, y Tommy responde. Juntos, visualizan la tierra prometida en color rojo, la meta; ya han entrado a los últimos 200 metros adornados con la inconfundible valla de seguridad; nadie puede invadir el el espacio de los más puros guerreros, aquellos que desafiaron la locura de la maratón. El griterío es ensordecedor. Ya no hay cansancio ni dolor, solo orgullo, satisfacción, y un lazo de acero que se adentra en las llamas de una entrega que se traducirá en un momento que será eterno. El acero entonces se forja con el calor, y dos destinos se sellan, Tommy le regresó la vida, y él cumplió su promesa, el sueño más grande que Tommy había imaginado: correr esa carrera.

3 horas y cuarenta y cinco minutos después, él cruza la meta, y la tormenta de emociones lo obliga a ocultar sus ojos con sus manos y negar con la cabeza rabiosamente; luego se toca el pecho mientras el movimiento de sus labios deja leer un “gracias”, que repite interminablemente. Ya no puede, se apoya en la valla de metal. Sigue llorando, no es un hombre, es un niño.

El ser que estaba desahuciado 2 años antes por una cardiopatía dilatada e insuficiencia cardiaca terminal lo había logrado, había conquistado los 42 kms. y 195 metros de la reina de las pruebas: el maratón, con sus decididas piernas y el indomable corazón de Tommy.

Pero no puede haber palabras entre ambos, porque Tommy no está: la muerte lo abrazó en aquel fatal accidente nocturno en la carretera, hace dos años, donde bastó un instante para cambiar la vida de dos familias para siempre.

Dentro de su billetera, los paramédicos encontraron una tarjeta firmada por él que confirmaba que era donante de órganos; la familia de Tommy, dentro de su inmenso dolor, cumplió con la voluntad del chico. El excelente equipo médico para esos desafortunados casos realizó a la perfección su trabajo y la ciencia y la cirugía hicieron el resto: esta se llevó a cabo de manera inmediata, y el corazón del joven dejó un cuerpo inerte para rescatar de la muerte a otro, que a través de la familia del chico supo del sueño de Tommy, y que por capricho del destino, le fue negado cumplir.

La rehabilitación cardiaca fue un éxito, no hubo rechazo de órgano. Tommy se resistió a caer de nuevo bajo la adversidad, y latió vigorosamente abrigado bajo un tórax que no era el suyo. Se jugó todo por un extraño, y ganó.

Las fuerzas llegaron con las semanas y los ejercicios, y tras meses de un camino guiado por los médicos, el día del alta preguntó si algún día el podría correr un maratón. la respuesta de que podía hacer su vida normal de nuevo fue acompañada de lágrimas de felicidad, y de una promesa que iba a ser cumplida, a cualquier costo.

El maratonista recibió el abrazo de su esposa y de sus hijos, el llanto continuaba. Una reportera y un camarógrafo se acercaban; la hazaña daría para mucho más.

La entrevista fue emotiva, cortada por el llanto en múltiples ocasiones, pero su voz sonó fuerte y clara cuando dijo:

“Tengo un ángel conmigo, su nombre es Tommy, y es mi hermano. Esto es para él”.

El ángel Tommy, un valiente y decidido donador de órganos, a quien también le cumplieron una sagrada promesa.

Una gran historia…

No dejes que lo que posees de Tommy dentro de ti se esfume.

Cuando llegue el momento, dona tus órganos.

Dr. Luis Enrique Zamora.

“El Doctor Humano”.

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Médico Internista, expositor, conferencista, docente y ¡blogger!. Ejerzo desde el 2007. A través de este blog te enseñaré cuan maravillosa es la medicina, y cómo con ella cambiaron y seguirán cambiando nuestras vidas. Las historias que te contaré te acompañarán siempre. ¡Acompáñame en este viaje!.

Autor entrada: Doctor Humano

Doctor Humano
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2 comentarios sobre “Corazón de acero (gracias, Tommy):

    gabriela

    (16 octubre, 2018 -02:38)

    Son tantas las personas que esperan un órgano…sea pulmones, corazón o riñones…que ojalá esta historia tocara más corazones…

      Dr. Luis E. Zamora

      Dr. Luis E. Zamora

      (17 octubre, 2018 -07:44)

      Nada me daría más gusto. Ojalá. Ahora vamos a preparar el artículo para cáncer de mama de esta semana.

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