Mi primer maratón (6 de noviembre 2016):

Es domingo, caluroso y soleado como suelen serlo casi todos, y en Guadalajara, esa ciudad establecida en el llamado valle de Atemajac, se libra una batalla singular. La segunda metrópoli más poblada de México, con más de 1 millón 495 mil habitantes, ubicada a 1,566 metros sobre el nivel del mar, es el escenario en el cual más de 1500 corredores buscan la inmortalidad.

Es el kilómetro 39, en pleno puente atirantado (“el Matute”, como aquí se le conoce). Hace 4 horas que me vio pasar, otorgándome el km. 13, el cual recibí pleno, confiado, feliz de ver cómo mi cuerpo respondía al desafío e iban disminuyendo los kms que me separaban de la meta; contento de ir comprobando que tantas y variadas sesiones de entrenamiento que costaron desvelos y restaron tiempo precioso a muchas otras actividades, estaban dando resultado. Minutos, muchos, han pasado, uno sustituye al siguiente, y nunca es igual al otro;  se amontonan sin parar y se forman las horas. Ese corredor monumento a la condición física y una maravilla ambulante ya no existe, se fue hace 25 minutos, toma su lugar una versión de mí que no conocía, aquel que está fusionándose con la extenuación más acentuada. 

Estoy agotado, no puedo más; cada pierna me pesa una tonelada, mi zancada es más corta, ya no deseo beber ni comer nada, y el sol implacable brilla con firmeza desgastándome. Abro mi teléfono y veo un mensaje de mi amiga Sandra que está siguiendo mi carrera en vivo desde Mazatlán, Sinaloa diciendo que “falta poco” y “tenga ánimo”. Respiro hondo y sigo; gracias a ella obtengo algo más de fuerza. Me doy ánimos, sonrío y por momentos, sigo sin tener la certeza de lo que está pasando, de realmente haber sido capaz de recorrer lo que hasta este momento llevo, de la hazaña que estoy gestando.

Muchas lecturas previas, comentarios…todo es verdad, lo he vivido en carne propia. Es tan dual, tan difícil pero tan gratificante a la vez. Siento que debí haberlo experimentado mucho antes, pero finalmente aquí estoy y…

Estoy agotado, muchísimo, pero muy orgulloso; a la par que me hundo en el cansancio algo más va creciendo dentro de mí. Brota como un torrente de emociones que me toman desprevenido, y me rompo: empiezo a hacer pucheros, y desde lo más profundo, surgen las primeras lágrimas, que puras, ruedan por mis mejillas por breves segundos, pues el final está cerca y lo mejor es que ya nada me detendrá. El choque emocional dura poco, y me da vida para afrontar los 2 kms que quedan.

Dicen que los momentos que marcan una vida son contados: yo estoy en uno de esos.

Las últimas tres semanas antes de la carrera han sido de mucha ansiedad, pues los entrenamientos son menos intensos, priorizando el descanso, haciéndome dudar sobre si mantendré la condición para el día de la carrera. Me da tranquilidad ver que quizás no debí preocuparme tanto, todo está a punto, me doy cuenta mientras corro, mis piernas responden ¡puedo hacerlo!. Km. a km. mantienen el ritmo, sólidos 5:38 por cada uno.

Una noche antes solo puedo dormir cuatro horas, es inútil intentar más, pues la adrenalina corre a gran velocidad dentro de mí, con las sensaciones de un condenado a muerte, reprochándome a cada momento el no haber podido cumplir mi entrenamiento al cien ciento. Preparo mis cosas, pero no es igual a como ha sido para otras carreras: mi camiseta naranja, utilizada aquel ya distante 21 de febrero en el medio maratón de esta ciudad donde me di cuenta de lo que podía lograr por primera vez, y mi short verde que estuvo conmigo en aquella primera vez que en un lunes por la mañana alcancé los 33 kms. El par de tenis listos, calcetas no nuevas, curitas para mis pectorales, el número ya colocado y mi lista musical en orden. Se me agotan las excusas que me distraigan del día de mañana. Es casi la 1:00 am, debo dormir.

Amanece, son las 5:00 am. Un baño, un desayuno, cambio de ropa, listo. Mientras hago todo esto, viene a mi mente todo lo que significa esta carrera: la hazaña narrada desde hace siglos, sobre un griego que recorrió los 42 kms que separan el lugar llamado Maratón, de la ciudad de Atenas, para anunciar la victoria del ejército ateniense sobre los persas, y advertir debían prepararse pues estos vendrían por mar a invadir y arrasar la ciudad. Un griego, una leyenda; no hay datos exactos sobre su vida, pero en su honor, se corre siempre, el famoso maratón. Me dejo invadir por el sentimentalismo y obtengo motivación. Audaz movimiento, la necesitaba.

No quiero manejar. Abordo el taxi, platico con el chofer, con la mente en otro lado. Me cuenta sus intentos como corredor en donde alguna vez llegó a 10 kms. Al saber la distancia que haré, no puede creerlo, dice que jamás podría cumplirla. Ya somos dos, el único problema es que yo ya voy a dicha cita. Más preocupación.

Llego. Con 8 metros de altura y asentada en un lugar de 86 metros de diámetro, la obra del escultor Agustín Yáñez me recibe inmutable. Su construcción duró 6 años. La Minerva, testigo de mis duros entrenamientos dominicales, también lo será en este reto que tengo hoy con la historia. Hay menos gente que en otras carreras. Son las 6:25 hrs., algunos calientan, otros platican, yo muero. A lo lejos observo las medallas colgadas que esperan a los valientes que lleguen a la meta; Quisiera pensar que seré uno de ellos ¡quiero una!, pero no sé que sucederá. No puedo sonreír siquiera. Diosa griega: dame suerte.

Compro unas barras de granola para la carrera y a calentar.  Se acerca el momento, y juran los que han superado la prueba, que al cruzar la meta la vida cambia totalmente. Deseo vivirlo, deseo tener la gran historia qué contar, deseo saber si merezco la gloria. Las emociones me juegan una mala pasada: transmito en vivo y me quiebro unos instantes. Me formo en mi cajón de salida, y vuelvo a transmitir, la gente se mueve hacia adelante, el animador grita, empiezo a trotar con la multitud. En esos segundos programo mi música y mi aplicación deportiva y cruzo la línea. Es matar o morir, todo o nada, una oportunidad única que esperó 17 años, en donde busco darle a aquel joven soñador carente de disciplina y desorganizado, uno de sus más grandes sueños. Hoy tengo la constancia y la experiencia junto a mí, van conmigo, una a cada lado. De nuevo me repito que es mi primera vez pero no soy ningún improvisado. Merezco estar aquí. Me iergo desafiante y me concentro: haré mi parte, lo dejaré todo en estas calles. Al final no tendré nada que reprocharme, pase lo que pase.

3 kms. me siento muy cómodo mientras escucho “Learn to fly”. Tal cual estuviera entrenando. Veo un acalambrado. En silencio le deseo suerte, y continúo. “Sweet child O’mine” llega moviendo cimientos en el km 8, dándome un gran impulso. Me olvido de la opresión que de repente se ha apoderado de mi vejiga. En el 15 voy por Mariano Otero. La gente increíble, con gran apoyo de las porras oficiales y de los diferentes equipos de corredores presentes. Nos motivan y atienden a todos. Son impagables. Mis sensaciones son buenas y por poco tiempo me pregunto si en realidad es tan terrible el maratón. El tiempo me tiene preparada la respuesta, solo espera con paciencia el kilómetro exacto para dármela. No me confío.

Km 18, arcos del milenio, puente. De regreso vienen ya los tres primeros lugares. Vuelan, pero observo en sus rostros dolor, cansancio, estrés. No había visto eso en ninguna otra carrera tan claro. Me concentro de nuevo. En el km 20 hay una gasolinera y rápido al fin resuelvo el malestar vesical que tenía. Estoy listo ya para lo que venga.

Bebo todo lo que puedo. Consumo cada mitad de naranja que me ofrecen. Consumo calorías, el invierno está cerca.

Km 23, entro a avenida federalismo a ritmo de “Old time rock & roll”; esta calle a la que terminaré apodando y para siempre, “el purgatorio”, durante su circuito de seis kilómetros me hace experimentar la transición de plenitud física hacia el cansancio, ya es el km 26. Veo una mujer joven de menos de 42 años con la mirada perdida, trastabilla, no está bien. Su compañero de carrera la auxilia, y la sienta en la banqueta. Siento un respeto por esta carrera a estas  alturas como jamás por ninguna otra. Un km después, (27), un hombre de menos de 45 años acuclillado en la orilla de la calle. Sus lentes oscuros me impiden saber qué siente. Se levanta y sigue. Igual yo.

Nos alientan, nos gritan. Nos hacen sentir héroes. Me grabo esas sensaciones, las necesitaré después.

Km 30, “ha llegado el momento de despedirnos, querida federalismo”. Me quedan 12 kms por delante, pero está hecho: salgo tocado, minado; fuerte pero en la parte inicial del final de mis fuerzas. “Te quedaste con lo mejor que tenía físicamente; me consumiste, me exprimiste. No pude evitar que lo hicieras, lo soporté lo mejor posible”. En esas estoy cuando “Won’t get fooled again” retumba con sus sintetizadores y su guitarra, mi canción favorita de las que están conmigo, mi bandera. Mentalmente me recargo. Sí, se llevó mucho de mí, pero de mi voluntad absolutamente nada. Ahora lo entiendo todo, a esto se referían tantos con “correr con la mente”.

Km 33.5, es el fin. Mis piernas ya no responden, siguen adelante por inercia, pero pesan demasiado. Es la glorieta Niños Héroes. Voy hablando conmigo mismo: me azuzo, me insulto y me doy la orden de que voy a terminar esta carrera. La gente se da cuenta, me gritan, me hacen sentir especial, y sigo. Paso por la porra oficial y en mi desesperación en esta última transición miro hacia ellos y les grito: “vamos porra”. El estallido es ensordecedor. Lo necesitaba, levanto mis brazos con los puños cerrados y me alejo. “The seeker” aparece, me entrego. Sé que voy ahora sí a enfrentar mi destino.

Km 35, aparece un dolor a un lado de mi rodilla izquierda: es la cintilla iliotibial. O modifico algunas cosas, o me obligará a parar. No me puedo dar lujos y modifico. El cansancio ya está matando mis tendones, pero sigo férreo. Abandonar nunca pasa por mi mente. Si hubo un muro no lo sentí. Ya no soy dueño de mi pierna izquierda. El paso es más lento. Toda la gente nos dice que ya falta menos, que ya llegamos. Estoy en un terreno donde la métrica no tiene lógica: son los kilómetros más largos de mi vida. Ya quiero que acabe. No me doy cuenta qué canciones escucho.

Nos alientan, nos gritan. Nos hacen sentir héroes. Me grabo esas sensaciones, las necesitaré después.

Km 30, “ha llegado el momento de despedirnos, querida federalismo”. Me quedan 12 kms por delante, pero está hecho: salgo tocado, minado; fuerte pero en la parte inicial del final de mis fuerzas. “Te quedaste con lo mejor que tenía físicamente; me consumiste, me exprimiste. No pude evitar que lo hicieras, lo soporté lo mejor posible”. En esas estoy cuando “Won’t get fooled again” retumba con sus sintetizadores y su guitarra, mi canción favorita de las que están conmigo, mi bandera. Mentalmente me recargo. Sí, se llevó mucho de mí, pero de mi voluntad absolutamente nada. Ahora lo entiendo todo, a esto se referían tantos con “correr con la mente”.

Km 33.5, es el fin. Mis piernas ya no responden, siguen adelante por inercia, pero pesan demasiado. Es la glorieta Niños Héroes. Voy hablando conmigo mismo: me azuzo, me insulto y me doy la orden de que voy a terminar esta carrera. La gente se da cuenta, me gritan, me hacen sentir especial, y sigo. Paso por la porra oficial y en mi desesperación en esta última transición miro hacia ellos y les grito: “vamos porra”. El estallido es ensordecedor. Lo necesitaba, levanto mis brazos con los puños cerrados y me alejo. “The seeker” aparece, me entrego. Sé que voy ahora sí a enfrentar mi destino.

Km 35, aparece un dolor a un lado de mi rodilla izquierda: es la cintilla iliotibial. O modifico algunas cosas, o me obligará a parar. No me puedo dar lujos y modifico. El cansancio ya está matando mis tendones, pero sigo férreo. Abandonar nunca pasa por mi mente. Si hubo un muro no lo sentí. Ya no soy dueño de mi pierna izquierda. El paso es más lento. Toda la gente nos dice que ya falta menos, que ya llegamos. Estoy en un terreno donde la métrica no tiene lógica: son los kilómetros más largos de mi vida. Ya quiero que acabe. No me doy cuenta qué canciones escucho.

Green Team en el km 38. Voy tan lento que se alcanza a leer mi nombre y alguien me grita: “vamos Luis”. Nunca fallan. Gracias eternas.

Y así, llego a recorrer los 2 últimos kms. La música ha sido suspendida. Deseo grabar en mi mente todos los detalles finales de esta increíble experiencia; los auriculares se guardan en mi bolsa.

No puedo más, pero voy feliz, corriendo a toda velocidad rebasando gente, despertando la admiración de todos, me esperan en la meta y…

No es cierto, sigo dando tumbos. Paso por la cámara de comercio donde dos días antes recogí mi paquete y sonrío. Estoy en calma tensa. Subo el puente de gran plaza, y el esfuerzo es titánico. “¿Quieres todo de mí?”, “¡aquí lo tienes!”. Lo último de bravuconería que me quedaba habitará ese puente para siempre. Me impulsa. Bajo y falta un kilómetro, y es en descenso. El trabajo está hecho. Aún no descifro mis sentimientos.

Mi pierna no está para más; la cuido. Se estrecha la calle, gritos por diferentes lados. Mucha gente me rebasa en este último kilómetro, y ya no me importa. Con la mirada hacia adelante voy bordeando la Minerva mientras sonrío al verla. “Aquí estoy, ya llegué”, pienso cuando al fin sucede:

Está ahí, donde la dejé 4 hrs y veinte minutos antes, en un hermoso color azul con blanco, la meta. ¡Últimos 50 metros!. No puedo creerlo y entonces mis manos se van al rostro cubriendo todo excepto los ojos. Una mandíbula tiembla incontrolable y unos labios musitan “No puede ser, no puede ser, no puede ser, no puede ser”, mientras en el corazón se sella con fuego la huella de esta aventura inolvidable. Mientras viva, siempre la recordaré, y cuando muera, estará aquí plasmada, será eterna. Extiendo mis brazos a cada lado, cruzo la meta y lanzo en un grito todo lo que el alma ha acumulado. Me siento mejor.

Un hombre de más de 50 se me acerca, me felicita, nos abrazamos. Sigue su camino y sin más, mientras camino, nuevamente empiezo a llorar mientras me dan agua, sueros, fruta. Me miran a los ojos, me ven llorando. Unos sonríen, otros no saben qué hacer. No me da vergüenza, lo necesito.

Una mano toma mi brazo. “Amigo”, me dice Moisés, médico efectivamente amigo mío que apoyó como Boy Scout el maratón. Tardo en darme cuenta que es él, pues no lo esperaba. Nos damos la mano pero lo abrazo y lloro en su hombro abiertamente. Un llanto de esos que alivian el corazón, que dura unos segundos. No entiendo aún qué me sucede. Estoy muy sensible. Mientras lloro, alguien me coloca MI medalla, esa que había contemplado desde lejos y ahora yacía en mi pecho. El círculo se cierra.

Me disculpo con Moisés y me acompaña al área de masaje y rehabilitación donde mis piernas reciben hielo, agua helada, y descanso más que merecido. Me he despedido de mi amigo. No puedo caminar. Tomo mis tenis y a como puedo me siento en una parte a colocarlos. Me tomo un respiro. Miro a mi alrededor, siguen llegando corredores, vuelvo a vivirlo todo y vaya, de nuevo llorando, lo que se hace perpetuo al escuchar la voz de mi esposa Esmeralda y de Sophia mi hija a través del teléfono, felicitándome llenas de emoción. Alcanzo a explicar un poco las cosas, más no puedo. Los detalles deberán esperar, pues demasiado emocionado estoy. Me hacen sentir el ser más especial del mundo.

Cuelgo y me dirijo a estirarme unos minutos. Termino, doy de nuevo un vistazo a mi alrededor y a Minerva, y me voy. He cumplido mi misión. Nada le debo a la Perla de Occidente.

La vida me regaló todo en unas horas: saldé una deuda conmigo mismo; me enseñó que puedo lograr cualquier cosa que me proponga con voluntad y disciplina y que hay mucha gente que me quiere bastante y me acompañó en este camino que terminó de tan mágica manera.


También que mis temores previos a la carrera eran erróneos, pues estaba ya listo pero no lo sabía; un mundo nuevo de experiencia llegó a mí al cruzar la meta. Ya nada me asusta, incluso esta aventura. Nunca sabrás de lo que eres capaz hasta que te pongas a prueba más allá de tus límites. Arde en mí ya un fuego inextinguible.

En un mundo donde la capacidad de soñar al crecer está tan comprometida, recorrí 42 kilómetros con 195 metros, por un sueño…

Un griego…

Filípides se llamaba…

Soy maratonista.

 

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Médico Internista, expositor, conferencista, docente y ¡blogger!. Ejerzo desde el 2007. A través de este blog te enseñaré cuan maravillosa es la medicina, y cómo con ella cambiaron y seguirán cambiando nuestras vidas. Las historias que te contaré te acompañarán siempre. ¡Acompáñame en este viaje!.

Autor entrada: Doctor Humano

Doctor Humano
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