Lamentos de un médico en el día mundial de la diabetes:

Primero fue en mi internado, luego mi servicio social, luego la residencia de medicina interna, y después, en mi consultorio particular, sin poder faltar en mi presencia de todos los días en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Siempre, a lo largo de todos estos años, ha estado cerca de mí, la diabetes; a través de aquellos que la tienen, de aquellos cuyos páncreas han fracasado en entregar las cantidades requeridas de insulina para mantener dentro de niveles normales a la subestimada glucosa; aquellos que llamamos “pacientes”.

El tiempo transcurrido desde aquellos primeros momentos hasta la fecha es mucho, y tiempo consumido trae madurez profesional y diferentes maneras de ver un mismo problema. Incluso en medicina una vez egresado se atraviesa una infancia, una adolescencia y una etapa adulta, y como en la vida, en cada una de ellas razonas distinto.

Cuando era médico interno pensaba que todo se resumía a la cifra de glucosa. Veía en consulta de medicina interna como se hacían ajustes a la cantidad de tabletas de glibenclamida o metformina, o a las unidades de insulina, y también cómo se recomendaba que en caso de síntomas de hipoglucemia (descenso de la glucosa en sangre), se tuviera a la mano un chocolate para ser consumido. Las citas eran cada 3 meses y todo se resumía a la glucosa. Después, en el servicio social, la práctica no distaba de lo que había visto que se hacía en el internado, y ya sin supervisión, en proceso de aprender más cosas sobre la diabetes, seguía siendo la glucosa, la protagonista. Para mí y los médicos de aquellos años, estoy seguro que a eso se limitaba la diabetes.

Después de eso, llegó la residencia, mi especialidad médica: medicina interna. En ella, la variedad de médicos con los que conviví y trabajé, me permitieron precisamente ver a la diabetes desde diferentes ángulos: unos continuaban con lo mismo, es decir, la glucosa y poco más. Otro mencionaba estudios que justificaban este u otro tratamiento; aquel hacía énfasis en que la diabetes aumentaba el riesgo de eventos cardiovasculares; otro que destrozaba los riñones terminando los pacientes en diálisis, y por supuesto, sin poder dejar de mencionar las tantas y tantas reflexiones sobre quienes por la enfermedad, o la combinación de esta con el cigarro, perdieron una pierna o finalmente la dos, por el daño irreversible a su circulación arterial; o aquellos que ya se han sumido en la oscuridad eterna, con sus ojos destruidos por la diabetes. Como puedes ver, se ve de todo en la especialidad.

Esa etapa de mi vida pasó, y de pronto, me vi solo y completamente a cargo de la salud de algunas personas al principio (como siempre ocurre), para luego ser más aquellos que en mí depositaron su confianza. Cursos se acumularon de los cuales aprendí, y luego apliqué lo aprendido, para luego comparar mi pensamiento actual con el que tenía previamente sobre la diabetes, descubriendo que ya había un abismo de diferencia entre ambos médicos, el que era, y el que soy. La evolución tiende a ser la regla.

Llega un momento en que te detienes en la cima de tu camino, como autoridad en salud, y miras hacia atrás. Ya llevas mucho tiempo corriendo, andando, y no te das cuenta cómo va quedando tras de ti el mundo que va pasando, hasta que habiendo reparado en ello, te detienes, giras, y observas la más brutal de las realidades, y esa es que nuestros pacientes con diabetes NO son parte de la misma evolución.

Como médico, la lucha es difícil y decepcionante, porque sabes en dónde terminará la historia que tienes ante tus ojos: Ceguera, amputaciones, insuficiencia renal, infarto cardiaco o cerebral, o neuropatía, pero el paciente no cambia, no puede, o no quiere.

El primer obstáculo es que no consuma homeopatía o alguna otra superchería que solo terminará con su dinero, sin beneficio (como por ejemplo, las hipófisis de cerdo o las células madre).

Después, te conviertes en abogado defensor de la insulina, injustamente despreciada. El más potente y seguro de los fármacos contra la diabetes encuentra una resistencia feroz por parte del enfermo. Con suerte y adecuada labor de convencimiento, este segundo obstáculo podría ser superado.

Pero vendrá lo peor: un tratamiento que se queda a medio camino porque se aceptan medicamentos para controlar la glucosa, pero no se hace dieta ni ejercicio. No hay cultura para acudir al licenciado en nutrición ni voluntad para llegar al peso ideal, dejando en el camino todos los kilos que estorban en la tan ansiada calidad de vida.

Nuestra gente no está preparada para “sufrir” voluntariamente, y observan el tiempo pasar, convertidos en diabéticos medianamente controlados, sedentarios, obesos, y apáticos al cambio.

Las consecuencias hacia su propia persona no les asustan, o no son debidamente comprendidas para entonces tomar una decisión que podría cambiar sus vidas.

Y entonces lo intentas: te juegas todo a una última carta representada en un hijo, en sus propias familias. Aludes a que los pequeños podrían tener diabetes algún día; intentas romper el anquilosamiento de años suplicando que sean ejemplo a seguir para los descendientes, de cómo ser un gran paciente diabético. Se les pide cargar esa responsabilidad. Nada funciona.

Nuestra gente no está lista para comprender que la mitad del camino son las medicinas, y la otra mitad, cambiar diametralmente de vida, y que eso al principio, es cuesta arriba. Dejan su vida y sus órganos al azar, a merced de una enfermedad que cuenta sus víctimas por millones, y que de la mano de la obesidad, serán cada vez más las vidas destruidas, aún sin provocar la muerte.

Un mundo paradójico en donde a la medicina se le exige la cura de la diabetes, “porque la ciencia ha avanzado mucho”, pero en donde existen seres humanos que siguen pensando y actuando respecto a su salud, como si vivieran en el año de 1900.

Porque la medicina le cumplió a la humanidad al lograr arrancar de las garras de la muerte a los pacientes con diabetes, generando después el conocimiento suficiente para combatirla, para que hoy, la ignorancia, la terquedad y la apatía de ellos (y nuestra), impidan que exista la calidad de vida necesaria para ellos.

Hay insulina, metformina, glibenclamida, y muchos otros, pero en tabletas, no existe la voluntad.

Y mientras, seguiremos teniendo, cada vez, más casos en diabetes.

Feliz día internacional de la diabetes.

Dr. Luis Enrique Zamora.
“Dr. Humano”.

Digiprove sealCopyright secured by Digiprove © 2018 Luis Zamora Angulo

¡Si te gustó comparte!

Médico Internista, expositor, conferencista, docente y ¡blogger!. Ejerzo desde el 2007. A través de este blog te enseñaré cuan maravillosa es la medicina, y cómo con ella cambiaron y seguirán cambiando nuestras vidas. Las historias que te contaré te acompañarán siempre. ¡Acompáñame en este viaje!.

Autor entrada: Doctor Humano

Doctor Humano
Médico Internista, expositor, conferencista, docente y ¡blogger!. Ejerzo desde el 2007. A través de este blog te enseñaré cuan maravillosa es la medicina, y cómo con ella cambiaron y seguirán cambiando nuestras vidas. Las historias que te contaré te acompañarán siempre. ¡Acompáñame en este viaje!.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *