¿Porqué no volvería a estudiar medicina?:

Los años transcurren, y he tenido la fortuna (y el cuidado), de permanecer sano. Avanzo en edad y a través del tiempo, haciendo una reflexión retrospectiva, soy consciente de cómo evoluciona mi manera de pensar. Una primera de ella parte se mantiene en constante cambio, aprendiendo e incorporando nuevas ideas que reemplazan a antiguas, adaptándome a las nuevas circunstancias que surgen con cada día, con el venir de los años; mecanismo único el de adaptación que me permite seguir siendo la especie dominante de mi propio espacio.

Junto a la primera, habita otra parte, que es menos tajante, se mantiene flexible y permite la existencia de otras ideas con las que la primera parte que mencioné, no está de acuerdo del todo, pero a pesar de eso, entre ambas reina la armonía, porque la segunda no tiene siempre la razón, pero es hábil en su contenido y tampoco podría decirse que está equivocada, es el acotamiento sobre el cual descansas en las largas y desgastantes jornadas diarias que involucran estudio y trabajo. Pequeños lapsos que rompen la rigidez con la que nos conducimos en el mundo adulto, y que nos hacen volver a sentirnos más libres: cierta ropa, comida ocasional (o no tan ocasional), un teléfono que quizás no necesitamos tan sofisticado, y otras más. Aquí la razón aún existe, arroja cierta culpa por esas decisiones, pero sabe que no estamos en peligro, y permite, nos permite una cita con nosotros mismos.

Y por último, hay una tercera parte que desquicia a las 2 primeras, la hermana menor insolente y rebelde, esa que no se rige por las reglas. Es una coraza bajo la cual guardamos todo lo que construimos desde niños, placeres y vivencias que se arraigaron en nosotros tan fuertemente que nos acompañan todo el tiempo, aunque no nos demos cuenta de ello. Esta parte entiende que las primeras dos nos conducen, y cede el control a ellas casi siempre, pero súbitamente surge cuando algo en nuestro entorno toca fibras sensibles, y enciende la hoguera en el pecho que no te dejará hasta que la satisfagas, aunque la razón diga que no es correcto, que lo que haces, dices o cómo te comportas no va de acuerdo a lo que hoy representas. Es un instante, una rápida decisión, y casi siempre gana el impulso, no la razón, y vas contra todo.

“¿Volvería yo a estudiar medicina?”; desde hace tiempo esta pregunta está rondando mi cabeza, debido a la lucha constante entre las 3 partes que he definido. No solo estudié medicina, llevo en ella 23 años y forma una parte importantísima de mi vida, es mi trabajo, lo que hago a diario, y la he degustado ampliamente, conozco la dulzura del éxito al salvarle la vida a un paciente, y la amargura de la hiel por la ingratitud del mismo, a pesar de mis esfuerzos; conocí las agotadoras jornadas de trabajo en donde fui formado desde que dejé la universidad, y lo difícil que es abrirse camino en una carrera para la cual mi país no está diseñado, y donde la ignorancia en cuanto a salud abunda en la gente, ignorancia que abarca la ausencia de conocimiento sobre consecuencias y la creencia en terapias alternativas que no sirven para nada. La medicina ha sido compañera de más de dos décadas, la conozco muy bien.

La medicina en su más pura esencia, sigue siendo la misma; el binomio que formamos con ella permanece inalterable, cosa que no ha sucedido en otros frentes laborales, con otras actividades. Los avances tecnológicos siguen siendo un complemento de nuestro cerebro y nuestras manos, y no un sustituto, lo que demuestra que La medicina se mantiene noble y generosa, repartiendo la misma satisfacción de éxito a quien realiza un trasplante orgánico que a quien cambia vidas en un consultorio.

Nuestra actividad es única; más allá del dicho trillado y romántico de que trabajamos con vidas humanas, la medicina me ha enseñado a percibir el cuerpo humano a otro nivel. Sus procesos bioquímicos y las maravillas en complejidad que desprende a cada paso, me acompañan todos los días. Soy consciente más que cualquiera del milagro de la vida, a la par que vivo en la desesperación porque la mayor parte de la gente lo ignora, y se dirige con sus hábitos hacia la muerte.

La medicina me enseñó a pensar críticamente, me hizo alcanzar mi madurez mental, me enseñó a discernir, me dio seguridad de pensamiento y me volvió ávido de conocimiento, pero no solo de ella, sino de muchas otras cosas más. Hoy me interesa más que nunca la historia, las matemáticas, la física, el cine, la tecnología, y todo lo que desprenda conocimiento. Mi habilidad para aprender ha evolucionado, y lo que antes era imposición escolar ahora es una prioritaria necesidad a satisfacer, y eso se lo debo en buena parte a la medicina.

También, la medicina me ha permitido conocer a gente increíble en el camino, personas que llegaron en alguna etapa de mi vida, desapareciendo el contacto con ellas, posteriormente; otros que regresan ocasionalmente y otros que están siempre. Todas, personas que en días difíciles ayudan a sonreír a través del recuerdo o en viva presencia, y que te llevan a reflexionar que gracias a esa carrera que en esos momentos te tunde sin piedad, los conociste. Eso alegra los días.

La medicina me enseñó que las personas son agradecidas pero también traicionan, aunque les hayas salvado la vida. La percepción romántica de mi ciencia se ha modificado con el tiempo y las desilusiones que se desprenden del trato con la gente. Los agradecimientos siempre son bienvenidos y los aprecio, pero los golpes bajos ya no me toman por sorpresa, porque con el tiempo te das cuenta que nuestros enfermos no son buenas o malas personas, sino solamente seres humanos, que encierran en sus adentros el dulce don de la más grande gratitud, y la hiel más amarga de las traiciones. La entrega desmedida es una opción peligrosa que pocas veces, paga bien. Ten cuidado.

La medicina me permite enorgullecerme todos los días de mis logros, cuando veo que la vida de alguien ha cambiado gracias a mi trabajo, a mis manos y a mi mente que en su momento fueron inexpertas, adolescentes, estudiantiles, y que los años de experiencia y horas incontables de estudio y práctica, moldearon y entrenaron, alcanzando su cenit todos los días, en ese breve momento en el que venzo a la muerte.

La medicina me lo ha dado todo.

Pero también es celosa, demandante, y agotadora…

No puedo contar ya los días especiales, los cumpleaños, navidad, año nuevo, y día de las madres que continuaron a pesar de mi ausencia. Días que aún siguen doliendo, menos, pero que en específicos momentos y circunstancias recrudecen ese dolor, al ver a través de fotografías que el tiempo transcurre con las huellas físicas que son evidentes en todos los que amas. Tiempo en el que no has estado, cerca de tus padres. Sería injusto decir que la medicina me los ha quitado, porque yo decidí entregarme a ella, nadie me obligó, y entre la ilusión y la inexperiencia del joven impetuoso, ante un paso tan trascendental en la vida, uno no lee las letras pequeñas, del contrato que firmas. Lo vives, te adaptas, lo aceptas, y sigues adelante, porque tienes que seguir adelante. A medio camino todos nos vamos a preguntar si vale la pena tanto esfuerzo y dolor para ser médicos.

El estudio no respeta horarios fuera del trabajo; la medicina exige que sigas buscando soluciones para un paciente que no sabe cuánto te esfuerzas y que al final se terminará quejando, acusando como mala, una atención que juzga en base a la carencia de insumos y retraso en citas, aunque hagas bien lo que debes. A pesar de todo el esfuerzo, más de una vez serás definido como un mal médico, en un análisis mal enfocado y visceral, lo cual no es justo.

Es tan complejo atender a un enfermo, que los años que se tienen que invertir para ser médico son justificados. Estos años traerán muchas noches de desvelo, cansancio, agotamiento, para que al final de un muy largo camino, puedas llegar a ganarte la vida a través de ello. La relación tiempo invertido/sueldo, la mayor parte de las veces no será una buena inversión. Debes encontrar múltiples caminos para que florezca la satisfacción.

Habiendo llegado a la cúspide (dentro de mis metas personales), puedo decir que la medicina me ha dado mucho, todo lo que tengo en esta etapa profesional, y me ha abierto las puertas para disfrutar a través de la tecnología de un mundo de posibilidades que antes eran impensables. Ha sido generosa; sin ella, mi mundo sería aburrido. Hoy no solo leo y aprendo, también intento acercar a la gente a esta ciencia maravillosa, y eso me hace muy feliz. La presencia en mi vida de la medicina, es una gran victoria.

Pero como en todas las victorias, antes de alcanzarlas se libran guerras, con batallas más sangrientas unas que otras, con soldados caídos y sacrificios, para poder alcanzar el objetivo. Muchos de estos sacrificios cobran buena parte de tu ser, sin posibilidad de reembolso, porque el tiempo es invaluable.

La medicina me ha dado mucho, en la misma medida en que yo he correspondido. Sería injusto decir que me ha quitado, porque nadie me obligó a acercarme a ella, más bien, diría yo, que estamos a mano, y estando a mano, estamos en paz.

Continúo agradecido en este viaje único en la vida al lado de ella; un viaje difícil, duro, y no apto para cualquiera, y que por eso, solo le acepto a la medicina, el boleto de ida…

No volvería a estudiarla de nuevo.

Dr. Luis Enrique Zamora Angulo.

El Doctor Humano.

 

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Médico Internista, expositor, conferencista, docente y ¡blogger!. Ejerzo desde el 2007. A través de este blog te enseñaré cuan maravillosa es la medicina, y cómo con ella cambiaron y seguirán cambiando nuestras vidas. Las historias que te contaré te acompañarán siempre. ¡Acompáñame en este viaje!.

Autor entrada: Doctor Humano

Doctor Humano
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