dom. Abr 21st, 2019

“Señora no tome café, le hace daño” (ay, el doctor):

Cuando la medicina apoyó a todos los amantes del café…

El Café es una de las bebidas más consumidas en el mundo todos y cada uno de los días en los que esta humanidad descarriada y pecadora abre los ojos. Instintivamente a cada amanecer, diariamente millones de personas en este tercer planeta (dirían los Thundercats), se disponen a degustar tan amado líquido, como si de ello dependiera la vida misma.

La más especial de las bebidas, compañero de aventuras, de viajes, de trabajo, de noches, de chisme, pretexto inicial de ligue, y ni qué decir de su papel de cómplice por la mañana, cuando tantos y tantas antes que darle los buenos días a su pareja o a Dios arrancan presurosos desde su cama mortalmente despeinados y provistos de su pijama (o intento de la misma), directamente hasta la cocina (ignorando la opresión pélvica por la orina cumulada durante la noche y que la vejiga exige sea desalojada), en donde pondrán unos a calentar agua en estufa, otros en microoondas y otros más tecnológicos o de primer mundo encenderán su cafetera; los rituales son variados, pero el objetivo es el mismo: obtener uno de los más grandes placeres documentados en la historia, uno tan genuino y arraigado que sobra quien diga que su día no arranca sin una taza de café.

La escena se dibuja viva y colorida: los ojos cerrados, una taza sujeta a dos manos a la altura de la nariz, mientras se lleva a cabo una inspiración profunda que recoge un aroma que ha deleitado y enamorado al ser humano por siglos. Es este un romance eterno que, está escrito, no conocerá el fin. Quienes se han entregado a él, lo defienden a muerte, lo siguen ciegamente, contra toda crítica y contra toda insinuación de que hay que suspenderlo.

Porque eso sí: tiene que ser normalito. Ninguno de sus habituales y leales consumidores desea escuchar la palabra descafeinado, que suena a sus oídos peor que la peste o una nueva devaluación del dólar. Pocas cosas dibujan semejante sensación de desencanto, de desilusión, cuando se les plantea la posibilidad de que sea un descafeinado aquello que se lleven a la boca. No, no puede ser, porque el descafeinado adolece de aquello que su palabra define: cafeína, la droga psicoactiva más consumida en el mundo, la cual nunca falla en entregar felicidad; es una experta en toda la extensión de la palabra en tal tarea. Una droga legal que quita el sueño, aviva los sentidos y en cada sorbo, impregna la papilas gustativas y entrega regocijo, placer, memorias, la vida. Ya no es solo el café, sino que tiene que contener cafeína. Sería más fácil encontrar vida en la luna a que el descafeinado sea aceptado por los fieles y creyentes degustadores, en lugar del original. Nunca pasará.

Pero la vida es caprichosa, y evoluciona. El organismo joven, impetuoso, envejece cada día, acumulando años en el camino, que poco a poco traerán enfermedades, (justamente o no), adquiridas, merced a malos hábitos de vida que se han acumulado a pesar de la insistencia del personal de salud que advierte sobre los beneficios de cuidarse, pero que pocos lo hacen. LLega la diabetes, la hipertensión arterial, la angina de pecho o la infarto, o simplemente la edad, y el romance eterno empieza a sufrir los embates externos e injustos, de aquellos que se empecinan en destruirlo. Uno de esos oscuros e indeseables personajes de esta ópera es el médico. 

Porque se sabe que la cafeína estimula, aumenta la frecuencia cardíaca, eleva la presión arterial, hace que los riñones trabajen de más, y tal vez, según la lógica, eso podría provocar en un cuerpo cuyos mejores años han pasado, un infarto. La tendencia natural del verdugo de bata blanca y estetoscopio colgado al cuello es atentar contra el más puro e incondicional amor, cuando le preguntan qué debe de hacer con el café el paciente en turno. Esta pregunta surge de una mujer joven, que acompaña a su madre a consulta, y la lanza arteramente, ante la suplicante e incierta mirada de la progenitora, que ruega a todos los santos para que el doctor entregue una respuesta que le permita seguir haciendo el ritual matutino, cualquiera que este sea: cafetera, estufa, microondas, da igual.

Pero los verdugos son implacables, y ordenan que el café se suspenda; alguno más consciente que otro, recomendará algo peor: que se use el descafeinado, y dando el tiro de gracia, en poca cantidad. El rostro de la paciente mostrará las huellas de la más profunda decepción, aquella que ni siquiera su equipo de fútbol favorito, ese que no gana nunca nada, le ha dado. Tímidamente preguntará: ¿Ni squiera una tacita, doctor?

Tristes historias que se repiten constantemente en el consultorio, porque se puede dejar de comer, pero no de tomar café. Pareciese que los médicos siempre luchamos por estar en la terna a villano del año en los premios otorgados por la medicina. Nos basamos en recomendaciones que aprendimos desde que estábamos en las etapas iniciales de nuestra formación, y las seguimos perpetuando ya en la etapa adulta, convirtiéndonos a ojos de los pacientes, en cómplices de las hijas o hijos que encuentran un cierto extraño placer cuando el doctor le prohíbe el elixir de la vida a quien más lo desea y lo ven retorcerse desesperadamente, luchando una batalla perdida. Pérfidos humanos que gozan de hacer sufrir al indefenso, les llegó su momento…

Dicen que cuando más oscuro está es porque ya va a amanecer, y algo así sucedió hace ya más de un año a través de la revista British Medical Journal (BMJ), que publicó en noviembre del 2017, este estudio:

Un enorme metaanálisis sobre el impacto que tiene consumir el café, sobre diferentes enfermedades y por supuesto, la posibilidad de muerte. Más de un millón de personas analizadas, entregaron unos más que interesantes resultados. La lápida definitiva para todos los cafetaleros o una renovada esperanza de vida para continuar el romance, en fin. Fueron recopilados los datos de más de 201 estudios, evaluando lo efectos de la bebida en 69 diferentes enfermedades o variables. El resultado arrojaría una luz sobre si beber café era benéfico, neutral o dañino sobre la salud de sus radicales seguidores. Moneda en el aire, millones en vidas en juego. Ni una copa mundial de fútbol es capaz de mantener en vilo tantas almas.

Para un médico como yo, acostumbrado a desconfiar de los anuncios milagrosos que prometen que una bebida curará todas las enfermedades del mundo y logrará cosas que ni los medicamentos consiguen, lo mostrado en el estudio del equipo de Umbrella (aclaro que no tiene nada que ver con la Umbrella de Resident Evil), fue poco menos que impresionante. 

De manera general, la investigación habla de que las personas que consumen café:

Tienen un 10 % menos de probabilidad de muerte.

Tienen una disminución del 30 % en la posibilidad de sufrir una embolia (evento vascular cerebral).

Tienen un 19 % menos de posibilidad de sufrir un infarto cardiaco.

Tienen un riesgo 29 % menor para desarrollar cirrosis hepática.

Disminuyen el riesgo de desarrollar cáncer de próstata, gástrico, hepático, vejiga y melanoma, entre otros.

Disminuyen el riesgo de padecer diabetes mellitus y piedras en la vesícula (litiasis vesicular), además de tener menor inicidencia de enfermedad de Parkinson y Alzheimer.

Esto solo por mencionar algunas de las múltiples enfermedades en donde el estudio detectó que el café tiene un potencial benéfico y protector contra ellas.

La hija acompañante de la dulce madre seguramente no daría crédito a lo que escucha, y jugándose el resto que le queda, doy por hecho que nos dirá que además es portadora de hipertensión, abogando porque se le suspenda tan maravillosa bebida a su paciente.

Peor aún para ella, el estudio del BMJ tras revisar tantísimos artículos niega cualquier empeoramiento en las cifras de presión arterial o alguna consecuencia. Lo que es lo mismo, el café puede ser consumido por sus fieles, esos que irían de rodillas hasta el fin del mundo por una taza. Lo mismo aplica para quien tiene cardiopatía isquémica, traducida en angina de pecho o con un infarto previo: es seguro, no hay impacto por la ingesta de café, aún cuando sea con cafeína. 

Puedo ver la sonrisa de la anciana dibujarse en su rostro: victoria. Estertores de agonía de desprenden de la hija, que aduce a un posible daño al riñón por consumir el tan defendido cafecito, y la respuesta es la misma que con la hipertensión: no hay impacto, es como agua, el café no provoca daño renal, fin de la discusión.

Para acabar pronto, tan tremendo metaanálisis nos enseña solo un escenario dañino comprobado, y otro que merece la pena investigar, pero que hoy se mantiene oscuro, no concluyente.

El primero es el embarazo, en donde no se pueden consumir más de 2 tazas al día. Exceder esta cantidad aumenta el riesgo de aborto y parto prematuro, si bien hay que aclarar que no hay evidencia que indique que el café provoca anormalidades congénitas. 2 tazas, no más; el estudio nos indica que es un error decir que la gestación es igual al cese de la ingesta. El hábito puede sobrevivir, limitado, pero puede.

El siguiente escenario es la mujer en menopausia, en donde Umbrella nos muestra que se ha encontrado una mayor probabilidad de fractura de cadera, pero la conclusión no es muy clara, puesto que los estudios no están bien diseñados en cuanto al peso que deben de tener otros factores de riesgo como el alcohol, el tabaquismo, la ingesta de calcio y vitamina D, y por supuesto, el peso corporal. No hay pruebas suficientes para culpar cabalmente al manjar de manjares; el juicio se tendrá que aplazar hasta que haya más investigaciones.

Fuera de ello, dentro de la dosis permitida, el café es inocente, y no importa si es descafeinado o con cafeína, el aparente beneficio es igual. El análisis concluye que deberían de ser 3 tazas las que diariamente se consuman, para recibir todo lo que se promete, que suena a fantasía.

La hija arremete contra nosotros, al enterarse de que se pierde la batalla, y su madre se saldrá con la suya: “¿Es el café la solución a tantas enfermedades, en base a los resultados de este estudio?”, y la respuesta es no. De hecho, es importante mencionar que los hallazgos obtenidos en este metaanálisis proceden de lo que llamamos estudios observacionales, que encontraron algo que denominamos asociación, es decir, por alguna razón no clara, las  personas que tomaban café disminuían la posibilidad de muerte, de cáncer, etcétera, o sea, se estableció una asociación entre consumir el café y estos beneficios, pero esto NO alcanza a demostrar causalidad, o sea, no podemos decir que beberlo sea responsable de tan bondadosos resultados, pero esto nos alcanza para no despreciar los hallazgos y justifica continuar realizando otros estudios que confirmen lo impresionantemente reportado, o los descarten, porque los estudios observacionales recopilados para este metaanálisis, no son de lo mejor en cuanto a nivel de evidencia, aún cuando la mayoría de ellos fueron estudios de cohortes que tienden a arrojar buenos resultados si se realizan adecuadamente.

Pero si bien el estudio no nos comprueba que el café nos hará vivir eternamente, si deja en claro ahora, algo que para los adictos a él es oro puro: el café es seguro, bastante, para todos, a razón de 3 a 4 tazas al día. Solo el embarazo si se exceden las 2 tazas permitidas, entraña riesgo de efectos secundarios, potencialmente graves.

No hay justificación alguna entonces para recomendar que se suspenda el café, si no hay embarazo, en ninguna persona que lo tolere adecuadamente.

Porque en medicina tal vez un estudio no alcance a comprobar que una intervención (el café en este caso) sea tan benéfica como parece serlo, pero puede alcanzar a mostrarnos, que esta intervención es segura, (como el café, también).

Dirían los grandes filósofos de los Rolling Stones: “No siempre obtienes lo que quieres, pero con suerte, sí lo que necesitas”.

Y los pacientes no necesitan que les comprobemos que el café los hará eternos; conque les digamos que no les hace daño les es suficiente, porque así pueden seguirlo bebiendo.

No somos señoras, somos médicos…

Empecemos a dar recomendaciones médicas entonces, y dejemos que la gente sea feliz.

Que disfrutes tu café…

Dr. Luis Enrique Zamora Angulo.

El Doctor Humano.

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