dom. Abr 21st, 2019

Carta del virus de la viruela a toda la humanidad:

Un asesino despiadado que fustigó a la humanidad, y lo pagó muy caro.

Malditos, y mil veces malditos seres humanos:

Cautivo desde 1980, encerrado bajo estrictas medidas de seguridad en una prisión perpetua, permanezco condenado a una muerte segura que se ha pospuesto durante décadas, muy lejos de la plenitud de aquellos días en donde sin piedad, los despedacé.

Pudieran pensar que tras tanto tiempo a solas, derrotado y humillado, debería de haber aceptado mi derrota, pero no es así, simplemente no puedo hacerlo; cuesta; cada día que pasa desde hace 41 años, hiere y abre mis adentros; me sigo desangrando. Arde demasiado recordar cómo los acompañé desde sus inicios en este planeta, y cómo se familiarizaron con mi presencia, y a través de mí conocieron el terror, cuando generación tras generación, acabé con millones, cientos de millones de vidas, afianzándome en el recuerdo y en la historia humana, a través de mi ilimitado poder destructor. Era infalible: muertes por doquier, dolor, indefensión, exterminio; una tercera parte de los infectados irremediablemente me entregaban la vida, y aquellos que sobrevivían, igual me pertenecían: las cicatrices de su rostro y sus ojos inservibles por la ceguera me dieron miles de días de enteras satisfacciones. Una máquina perfecta de desgracia, y muerte. Así fui concebido por la naturaleza, y honré ese don. Fui omnipotente, era intocable, el mundo me pertenecía, pero entonces llegó él.

Sin tecnología de por medio, sin ningún avance incipiente en medicina, sin ni siquiera contar con luz eléctrica, Edward Anthony Jenner me miró a los ojos y sin saberlo, ese primer pensamiento sobre el cómo combatirme acabó dirigiendo la contraofensiva más grande en la historia de la medicina, y yo no estaba listo, no sabía lo que sucedería. Maldito y patético médico británico, ¡no tenía porqué entrometerse!, pero la culpa fue mía, porque no lo maté cuando pude, como a tantos; perdoné su vida y con el tiempo él les enseñó el camino que los llevó a destruirme.

Observó enfermizamente mi obra: incontables desgracias plasmadas en cada cuerpo humano, que más que carne y huesos, en realidad para mí eran lienzos en donde me expresaba de tantas maneras; fui un completo artista, la envidia de mi especie. Aún puedo verlo desvelado, caminando a la luz de una vela por las habitaciones de su casa, pensando, meditando, estudiando los retazos de información que había disponible en su época, retazos que databan desde hacía siglos en donde había reportes anecdóticos de intentos primitivos para ofrecer protección a los que inhalaran cerca del pus de las lesiones. Su cerebro se fue llenando de datos, lagos dispersos de conocimiento que poco a poco fue hilando, hasta que se combinaron con un hallazgo demoledor, cuando observó que los granjeros expuestos a las lesiones ubicadas en las ubres de las vacas que ordeñaban, desarrollaban las mismas lesiones en las manos, pero por alguna razón, la viruela no los afectaba; fue entonces cuando el patético atrevido fue más allá: tomó pus de una de las lesiones de Sarah Nelmes, una granjera, para luego inocularla al niño James Phipps, en uno de sus brazos. Jenner pensaba que algo contenían las lesiones y que ello impediría que yo hiciera mi trabajo, y no se equivocó. El día más negro de mi existencia ocurrió ese día de 1796, cuando vacunó por primera vez. La herida seguirá abierta siempre.

Lo veo en este momento, y también recuerdo cómo desprecié ese rudimentario esfuerzo del inglés. Hoy, en mi memoria, grabada con fuego existe esa escena, y desde entonces, no hay día que no la recuerde en medio del dolor y la nostalgia. 6 semanas después, James fue inyectado de nuevo pero con el pus que habitaba en un enfermo, un pobre diablo condenado a muerte. Pude saborear lo que se avecinaba para Phipps, pude verlo sufrir el castigo reservado para los que me daban la oportunidad de demostrar mi poder; pude verlo morir ante mis ojos, pero no ocurrió. Mis luces de alarma de encendieron, pero no lo suficiente, no alcancé a saber qué había salido mal. Esperé y continué, y me di ánimos pensando que habría sido solo un golpe de suerte.

Pero ustedes, odiosos necios, no observaron; fieles a su ridícula costumbre de investigarlo todo, siguieron adelante. No puedo evitar escribir estas líneas sin sentir que me hierve la sangre de ver que totalmente derrotados, tuvieron el orgullo para rebelarse a mi dominio. En 1800, Richard Dunning, amigo de Jenner, nombró al procedimiento vacunación, misma que continuó realizándose aún cuando ya no hubiera casos de viruela en las vacas y entonces tuvieran que usar pus extraída de las lesiones desarrolladas en los caballos. El caso era seguirme irritando. El nombre del procedimiento que sobrevive hasta nuestros días afianzó la tarea, le dio sentido a los trabajos, no pude evitarlo.

Pero tras esta conmoción inicial, tuve una esperanza: seguía habiendo escepticismo, críticas feroces y condenas hacia lo que Jenner estaba haciendo. Mareas enteras de dudas y burlas se dirigieron hacia él con la fuerza de un tsunami, pero su voluntad era de acero; cada uno de esos ataques murió estrellado contra su férrea voluntad; terco y persistente, presintió que tenía algo frente a él, liberó sus instintos, los siguió y continuó, arrastró con su ejemplo a varios, y decidió mi destino.

El arma letal humana partió en el año 1800 a varios rincones del mundo: Austria fue el primero, París y España siguieron después; Malta, Gibraltar, Italia, y en ese mismo año, Benjamín Waterhouse la recibió en Boston. Rusia la acogió en 1801. Fui testigo de cómo se implantaron los cimientos en donde se apoyó mi derrota, y aún así, sabiendo lo que ocurriría, seguí mi camino.

Sin aviones ni la rapidez del mundo moderno, barcos llenos de esperanza cruzaron los océanos con hombres y mujeres llevando en sus brazos, bajo su piel la pus, la vacuna; no me queda duda de que tal vez pocas veces en la historia, tantas esperanzas se depositaron en un puñado de personas. Portugal hizo lo propio con sus esclavos: hombres negros, también inoculados, condenados a un desafortunado destino lejos de sus familias, obligados por las circunstancias sumaron a la causa humana, y entregaron en Brasil la vacuna, en 1804. La pus era extraída y tras ello iniciaba la infección sistemática en animales. Pero no pararon ahí: en ese mismo año Venezuela aprendió a luchar contra mí, esparciéndose la vacuna por toda Latinoamérica hasta que México se incorporó en 1810, a la promesa de un mundo sin viruela.

Seguí mi camino de muerte en los lugares vírgenes a la vacunación, sometí y destruí, pero en Inglaterra y otros lugares del mundo mis fuerzas empezaron a fallar; por primera vez en mi vida, degusté el sabor del fracaso. Miré con desánimo y desilusión que muchas víctimas que elegía me dejaban entrar en sus cuerpos pero ya era incapaz de hacerles daño. Empecé a ver que pasaba inadvertido; vi los límites de mi reino hacerse más pequeños, y aunque no quería, nada podía hacer, pues la naturaleza que tanto poder me otorgó, también incluyó en mí un talón de Aquiles: solamente puedo habitar en el ser humano. No tenía refugio ni escapatoria, ningún animal a donde pudiera ir. Visioné el futuro, y por primera vez sentí el miedo.

La primera campaña de vacunación en el mundo contra la viruela, se llevó a cabo entre 1803 y 1813, con rudimentarias aplicaciones y sin el rigor del conocimiento médico que ahora poseen, sin embargo, les alcanzó para empezar a contenerme.

10 años después, en 1823, murió Edward, lo cual puedo decirles que me dejó sensaciones encontradas, porque por una parte, la muerte era lo menos que merecía por atreverse a desafiarme, pero al mismo tiempo aprendí con los años a reconocer que fue un gran rival, un hombre adelantado a su época, el único con el talante necesario para salvar a la humanidad de su inevitable destino. El que hoy es reconocido por todos ustedes como el padre de la inmunología, merece ese honor. Desde mi lado, lo vi partir con la satisfacción de haberme pagado su afrenta, pero también con rabia y con temor, porque con su muerte no solucionaba nada: había dejado tras de sí lo necesario para destruirme. Sus discípulos incansables, ya no se detuvieron. Él les puso las alas, volar para ellos era cuestión de tiempo.

Tanto volaron que dejaron de utilizar a seres humanos para transportar la vacuna, y se dedicaron a inocular terneros. Los animales eran más prácticos, y proveían condiciones más estables para mantener el arma en condiciones. En 1870, 47 años después de la muerte de Edward, Boston abrió la primera granja privada de animales destinados a la vacunación en Estados Unidos, y para finales de 1970, el New York City Board of Health fue la primera dependencia de gobierno en producir la vacuna; poco me quedaba por hacer.

Siempre mantuve la esperanza, dentro de mí, viva, ardiendo, de que sus planes fallarían al final; de que todo podría perderse por la soberbia y estupidez que los caracteriza como especie, pero no, olieron el triunfo, vislumbraron en el horizonte el éxito, confiados en lo que habían aprendido en casi 200 años, y a finales de los 60’s y la década de los 70’s, llevaron a cabo algo impensable para mí: la campaña de vacunación más grande y desquiciada de todos los tiempos, en todo el mundo. Cansados de sus caóticos esfuerzos, se reunieron, dejaron de lado las diferencias y establecieron el compromiso de destruirme para siempre. Sabían de sobra que persona vacunada era ya inmune, y decidieron atacarme con todo lo que tenían antes de que yo desarrollara más casos de viruela. Mi extinción era su meta. Lo que siguió fue una historia llena de heroísmo y dificultades que protagonizaron miles de personas, que recorrieron cientos, miles de kilómetros para salvar a su especie. Los reconozco, pero los odio, qué más me queda.

El cerco se fue cerrando, hasta que, resignado a mi destino, vi en Rahima Bamu Begun mi última oportunidad, y la tomé. Bangladesh vio como el último caso de viruela naturalmente adquirida quedaría registrado en su territorio, pasando a la historia humana y de la medicina. Vivió, pero por el contrario, Janet Parker, una fotógrafa de Reino Unido, no tuvo tanta suerte: moriría en 1978, un 11 de septiembre, tras un mes de lucha; fue mi última víctima.

Las dos últimas representantes humanas de mi paso por la vida, nombres que repito en voz alta todos los días, encerrado en mi soledad.

Finalmente, tras un par de años de vigilancia, la World Health Assembly proclamó en 1980 que la viruela había sido erradicada de la faz de la tierra. Fui derrotado completamente, y mi historia llegó casi a su fin.

Y digo casi, porque tras esto, su Organización Mundial de la Salud exigió que todas las muestras virales fueran destruidas o retornadas a sus instalaciones, cumpliendo el mundo a cabalidad esta orden, excepto 2 lugares: El Centers for Disease Control and Prevention en Atlanta Georgia, y el State Research Center for Virology, en Novosibirk, Rusia, quienes desde entonces, en aquel lejano 1980 y hasta la fecha, han sostenido un intenso debate contra la organización mundial de la salud eludiendo la petición del organismo para destruirme en esa tumba final que para mí será el autoclave.

Mientras lo siguen dudando, esperaré el más mínimo error de su parte, ese que permita que sus instalaciones de alta seguridad fallen para salir de nuevo al mundo, y revivir mis viejas glorias entre los casi 4000 millones de personas que carecen de la protección necesaria contra mi contenido poder.

Tal es la historia de aquel que dominó con puño de hierro a otra especie, y le mostró a los virus y a las bacterias el camino para doblegar a los humanos, pero que también les enseñó a no subestimarlos; seres capaces de encontrar en lo más profundo de su desgracia la fuerza y el coraje necesarios para luchar y destruir al más mortal enemigo, y ese siempre seré yo: EL VIRUS DE LA VIRUELA.

Pudieron derrotarme y humillarme, podrán destruirme, pero nunca me olvidarán, y al menos con eso, viviré hasta el último de mis días.

Adiós, malditos.

El virus de la viruela.

Dr. Luis Enrique Zamora (El Doctor Humano).

Bibliografía:

https://www.cdc.gov/smallpox/index.html

El artículo fue publicado por The Lancet, en 2017.
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