dom. Abr 21st, 2019

La noticia corrió como reguero de pólvora. Más allá de la guerra, de las pérdidas obligadas en el campo de batalla, más allá del dolor, los Estados Unidos de Norteamérica habían recibido un golpe brutal aquella tarde del 12 de abril de 1945: su aún presidente, Franklin D. Roosevelt, yacía en una habitación de hospital, en las postrimerías de su vida, que inevitablemente, tendría el más cruel y más trágico final. Los médicos a cargo se miraban entre sí sin esperanza alguna; seres a quienes caprichosamente la vida había elegido para sostener la de un hombre al que el estrés de la guerra y su tremenda adicción al cigarro estaban a punto de matar; la hipertensión arterial sistémica era su pasaje hacia la muerte.

¿Qué puedes hacer cuando tienes la voluntad y el dinero suficiente pero careces del conocimiento? Nada. En la mente de los médicos se dibujaba una gran batalla, pero la realidad era que lanzaban piedras a la luna. Eran niños que chocaban contra el muro adulto de la realidad, de la desnudez científica que la humanidad poseía. Simplemente, no existían los medicamentos adecuados para poder luchar. No había medios, y sin medios, no puedes engendrar esperanza.

La nación que emergería como la más poderosa del mundo al terminar la segunda guerra mundial, y que en esos momentos se encontraba luchando encarnizadamente en tierras francesas contra los alemanes y contra Japón en el Pacífico, era incapaz de hacer algo por su presidente. Su vida tendría que terminar. Algunos hombres se quedaban, revisando de manera masoquista y frecuente los signos vitales del cuerpo moribundo. Otros salían de la habitación, enfrentándose a la vorágine de reporteros que ansiosos y de manera depredadora, buscaban la nota del año, en el caos que era la calle.

La familia de Roosevelt estaba devastada, minutos antes lo tenían, despierto, lleno de emociones, a su alcance, pero el hombre recibió uno de los golpes más mortales de la vida, porque pocas cosas hay en ella que provoquen un horror tan grande como el partir sin poder despedirte de aquellos que amas, y así le pasó a él.

Hijos y nietos eran incapaces de comprender el cómo se gestó tan desgarradora tragedia, aquella despiadada que no se tocó el corazón para destruir la vida del único hombre en ganar 4 elecciones presidenciales en los Estados Unidos. Inconsciente, el final era cuestión de tiempo, mientras como compañera danzante de ese doloroso final, se desarrollaba una tormentosa locura en el mundo de los vivos.

Ella se detuvo en la entrada, y ajena a lo que sucedía afuera, miró curiosamente hacia adentro. Desde el quicio de la puerta observó a médicos y enfermeras flexionados sobre Franklin, que inerte, aceptaba todos los ya casi inútiles cuidados. La dama, que ya no recordaba si alguna vez fue sensible al dolor, con un ligero gesto de cabeza posó sus ojos en Roosevelt, asintiendo levemente con la cabeza, y entró a la habitación, con paso suave y lento. Pasó por detrás de dos hombres envueltos en bata blanca, cuyos rostros mostraban la más grande desesperación.

El encaje final de su elegante vestido negro se movía sutilmente, pareciendo que danzaba elegantemente entre los cuerpos ansiosos y preocupados que intentaban luchar contra ella, y arrancarle de las manos al indefenso paciente. Pero no podría ser en esta ocasión tampoco; la muerte se llevaría lo poco que quedaba del hombre que dirigía las riendas de Norteamérica en esa guerra que tras más de 4 años, se acercaba a su final. Coincidió con la salida de casi todos; ella se quedó al lado de la cama y se sentó en el sillón individual al lado derecho de Roosevelt. como durante miles de noches lo había hecho con tantos otros, incluyendo a protagonistas de acontecimientos históricos de importancia tan vital o más como la del norteamericano. Echó un vistazo rápido a la habitación, comparándola con la última en la que había estado, tal vez en un tiempo no muy lejano a este momentáneo presente. La rodeaba el máximo lujo posible, en un ambiente cargado de la importancia que correspondía al hombre que irremediablemente moría.

La habitación se quedó vacía, y lentamente, los ojos sin brillo de la pálida dama se posaron en él, y tras un suspiro que reflejaba cierto cansancio y hasta resignación por su parte, extendió súbitamente las palmas de sus manos hacia arriba mientras con tono melancólico dijo:

“Espero que haya valido la pena, Franklin, de corazón te lo deseo, porque ya no habrá más”. Su voz carente de emociones, plana y monótona, inundaba el espacio, aunque nadie podía oírle.

“Es tan relativo el tiempo. Apenas hace 2 meses estabas en la Unión Soviética, en aquella conferencia de Yalta, en la República de Crimea, ¿recuerdas? 7 días en interminables reuniones con Churchill y Stalin, tratando de llegar a un acuerdo para determinar cómo lidiarían con los revoltosos japoneses. Fuiste protagonista del nacimiento de un nuevo mundo, y mírate ahora, a punto de dejarlo para siempre. De verdad, espero que haya valido la pena”.

Haciendo un gesto de hartazgo, se puso inesperadamente de pie, empezando a caminar en forma de herradura alrededor de la cama, muy lentamente, con la mirada en el piso y altamente dubitativa, pero sin detenerse, el tiempo se agotaba.

“Tras tantos días y años, escogiste el instante más poético para despedirte de la vida: mientras posabas para tu retrato, ese que quedará incompleto y que pasará a la historia por ser los últimos minutos que te vieron con vida; luego, suspendiste el trabajo para llevarte la mano a la frente y mencionaste algo sobre el terrible dolor de cabeza que sentías. Tu desplome posterior a la frase jamás será olvidado.

La tragedia nacional inició a la 1:00 pm. El doctor Howard G. Bruenn (cardiólogo de cabecera de Roosevelt) no podía creerlo: 300/195 mmHg de presión arterial destrozaban al mandatario, en el punto más álgido de evolución de una enfermedad para la cual no existía tratamiento. La prensa posteriormente tendría acceso a la información médica, con los siguientes registros:

1932: 140/100 mmHg.

1937: 162/98 mmHg.

1941: 188/105 mmHg.

1944: 230/126 mmHg.

1945: 260/150 mmHg.

Los 300/195 milímetros de mercurio eran el punto final para una vida arrebatada en las circunstancias más crueles posibles; horroroso destino cuya duda no estribaba en si llegaría o no, sino cuando.

La familia de Roosevelt entró de nuevo a la habitación, y una enfermera se acercó a la cama para checar nuevamente los signos vitales del todavía presidente, que sin variación alguna consumían más segundos de vida. Todo era tan irónico: Los soldados en el frente luchaban por expulsar a los alemanes de Francia, mientras su jefe supremo, tendido en una cama, inconsciente, también lo hacía, pero por su vida. La diferencia era que él ya no tenía ninguna oportunidad. La muerte continuó hablando desde la puerta, dándole la espalda a la escena.

“El médico de Churchill, Lord Moran, tenía razón en Yalta, cuando hace 2 meses, le dijo al oído que no te veías nada bien, que te quedaba poco tiempo de vida, y aquí estamos. Eres un hombre realmente fuerte, -dijo mientras miraba hacia arriba, indiferente a los esfuerzos y las preocupaciones de los que estaban a unos metros de ella, sin darse cuenta de eso- soportaste mucho. Tu hipertensión destrozó tu corazón, desarrollaste todas las complicaciones posibles: infartos cerebrales, insuficiencia cardiaca, y daño a tus riñones. ¿Qué te quedaba?, fumabas como un loco, y esa fue tu perdición. Más de 20 cigarrillos al día fue el último clavo de tu sepulcro. Qué lamentable”.

“Recuerdo el inicio de tu vida, en aquel pueblo llamado Hyde Park, en Nueva York. Tu infancia, tus alegrías. No tenías ni idea de que morirías a los 63 años. No sé porqué siempre me pasa que reflexiono lo mismo: el inicio de la vida, y su inevitable final”.

En eso, Harry Truman, (quien tomaría el lugar de Roosevelt como presidente de los Estados Unidos), entró en la habitación siendo seguido de cerca por la muerte con la mirada. Tras presentar sus condolencias y reflexionar al observar al enfermo, minutos después salió, acompañado de Howard Bruenn, el cardiólogo de Roosevelt. Esa charla en las afueras de la habitación sería la chispa que la humanidad necesitaba para encender la hoguera de la ciencia, que con los años, las décadas, permitiría fundir los eslabones de la ignorancia, uno a uno, en materia de la enfermedad que hoy mataba a Roosevelt. Minutos más tarde, se despidió del médico y partió, una guerra lo esperaba.

“Truman. No se esperaba esto, estoy segura, pero no puede hacer nada, debe acudir a su cita con la historia. Lo siento por Stalin, encontrará un digno contendiente” -dijo la muerte volviéndose hacia el presidente-.

“Pues bien, mi querido Franklin, ha llegado el momento de despedirnos. Tuviste 3 horas de agonía, pero ya el sangrado occipital que posees no te permitirá más. Debes partir. Si de algo te sirve: serás recordado eternamente”.

“Adiós, querido presidente, el único electo 4 veces -le dijo ella con un gesto casi de burla, como dejando en claro lo inútil de las designaciones humanas ante el destino; ha llegado el momento en que seas igual que los demás”.

Sin prestar atención a nadie, lanzó un delicado beso hacia el enfermo; los signos vitales se deterioraron, y en unos instantes, murió.

3 años después, Truman firmaría la National Heart Act, en 1948, ordenando la investigación sistemática en las enfermedades cardiovasculares, de la cual nacería el legendario estudio Framingham. Los indomables seres humanos empezarían con la búsqueda de armas para luchar contra el asesino de Roosevelt, llegando los primeros antihipertensivos en la década de los 50’s. Propanolol, Captopril, Hidralazina, Enalapril, Nifedipino, llegarían con el tiempo, ocupando un lugar ya inamovible en la historia.

Hoy, los hipertensos tienen una oportunidad, gracias a la muerte de un presidente.

Gracias, Roosevelt.

Dr. Luis Enrique Zamora (El Doctor Humano).

Bibliografía:

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